Cultura

Mao, Cohetes y Propaganda

Un museo escondido en un sótano en Shanghái revela un aspecto inusual del gobierno de Mao: la propaganda espacial. ¿Qué se le podría aprender?

En lo que fue la Concesión Francesa de Shanghái, un barrio de casas europeizadas bajo la sombra de túneles de árboles verdes sembrados a ambos lados de la calle, como un pequeño refugio al caos de esta agitada ciudad china, se encuentra, escondido en el sótano de un edificio poco pintoresco, el “Propaganda Poster Art Center”, un museo dedicado a los posters propagandísticos difundidos en China durante el periodo Maoísta del gobierno comunista de este país.

Una vez pasada la sensación de estar perdido, luego de haberse topado con un edifico con prácticamente ningún distintivo y haber bajado por unas escaleras más parecidas a las de un centro comercial olvidado que a las de un museo, se llega a dos salones de modesto tamaño, repletos de posters encuadrados en todas sus paredes, donde predomina el color rojo en el ambiente.

Cada poster exhibido tiene una pequeña anotación, la mayoría presentadas muy rudimentariamente, donde se específica la fecha de su creación y se da una breve descripción de lo que se presenta en el cuadro. La exhibición se ordena de forma cronológica, permitiendo a los visitantes hacer un recorrido donde se evidencie la evolución en el estilo y contenido de la propaganda que se difundía de acuerdo al momento histórico de su creación.

La mayoría de los posters son de una gran belleza estética, evidencia de la calidad de los artistas que estuvieron empleados en esta labor. Algunos llegan a tener un carácter cómico, como el de unos niños militares espantando a unos “cerdos imperialistas americanos”, y otros llegan a ser fuertemente angustiantes, como el de una nube de hongo nuclear que es a su vez una mano empuñada de color rojo, mostrando los pocos escrúpulos que mostraba Mao hacia la posibilidad de una guerra nuclear.

Pero entre todo el variado contenido, un poster resalta por su tamaño y por su privilegiada posición cercana a la entrada. En este se muestra una ciudad con infraestructura marcadamente futurista, como sacada de la portada de un libro de ciencia ficción de los setentas: edificios grandes y modernos, un barco gigante, camiones, tractores y otros vehículos coexistiendo en una infraestructura novedosa, trenes de alta velocidad en rieles colgantes, carros voladores y, un poco menos notorio, un cohete a punto de despegar y otro ya en su camino a órbita, acompañado de dos satélites que se ven al fondo en el cielo. La única diferencia entre la ciudad de este poster y la ilustración de un libro de Arthur C. Clarke o Asimov es el escudo del partido comunista chino en toda la mitad del retrato, ocupando casi la mitad del espacio, sugiriendo indiscretamente que esa sería la utopía a la que llegarían las políticas de Mao.

Alrededor de este gran retrato se ubican otros posters con temáticas parecidas: uno de unos niños en un cohete visitando un templo en el cielo y otro nuevamente con un ambiente futurista, donde se ve otro cohete a punto de despegar, acompañado de un trío de naves espaciales volando en el fondo del panorama.

¿En verdad soñaba Mao con cohetes?

La carrera espacial durante la Guerra Fría provocó que los temas relacionados con el desarrollo de infraestructura que permitiera la exploración espacial fueran un asunto de interés nacional. Tiene sentido que un gobierno autoritario como el de Mao se interesara en promover el desarrollo de esta industria, siendo un componente importante de este plan motivar a sus ciudadanos respecto al tema, aunque en la práctica muchas de las medidas tomadas por el gobierno, como la persecución de intelectuales durante la Revolución Cultural, fueran en contra de estos mismos intereses.

Pero estos posters tenían algo distinto al resto, que en general buscaban forzar la inculcación de una simple ideología u opinión en las personas hacia quienes estaba dirigido, como el favor hacia los líderes del partido o el odio hacia ciertos países occidentales. La abstracción de los temas que trataban, en el ambicioso intento de mezclar la cultura rural china con el racionalismo que hay detrás de la cientificidad de la exploración espacial, acompañado de su distintivo diseño, pudo haber impactado a más de una persona, sobre todo si se tiene en cuenta el contraste entre la calidad de vida atrasada que tenían y el futurismo utópico que pintaban estos posters. La belleza y singularidad de estos pudieron haber tenido la capacidad de ilusionar a su público respecto a temáticas cuyas características iban en contra de los objetivos del partido: cuestionarse frente a las creencias básicas sobre la naturaleza del mundo en que vivían, pensar mucho más allá de su rol en una sociedad planificada.

A pesar de que los chinos pudieron lanzar exitosamente su primer satélite en 1970 y pudieron enviar su primera misión tripulada al espacio en 2003, la propaganda espacial que difundieron no parece haber engendrado a ningún Wernher von Braun o Robert Goddard, ni han tenido la relevancia (hasta ahora) en este ámbito que han llegado a tener los Estados Unidos o la USSR en su tiempo. Sin embargo, el hecho que un gobierno de características opresivas como el de Mao se hayaa tomado la molestia de intentar cultivar una idea que iba en contra de su construcción ideológica es un hecho que no debería quedar en el olvido.

Con el fin de la Guerra Fría y de la carrera espacial la innovación en esta área no ha vuelto a tener el impulso ni la acogida que tuvo en los 60s y 70s. Las iniciativas privadas de empresas como Space X, Blue Origin y Virgin Galactic están poniendo nuevamente el tema sobre la mesa, pero no han logrado generar el entusiasmo ni la difusión que las primeras misiones a la luna: no hay ningún Cosmos ni ningún Carl Sagan en televisión que sea recibido popularmente, las novelas de ciencia ficción no causan el mismo alborozo que en su edad dorada, no hay un David Bowie sonando en la radio cantando sobre hombres en el espacio y, aunque ha habido buenos intentos recientemente en Interstellar o Arrival, no ha habido películas como 2001: Una Odisea Espacial, que en su aniversario 50 ha demostrado envejecer notoriamente bien, que exploren sin escrúpulos preguntas de fondo sobre los misterios que expone el espacio exterior.

De pronto deberíamos aprenderle algo a Mao, con la esperanza de que se le vuelva a dar impulso al tema de la exploración espacial: a ver si regresan discusiones por fuera de ámbitos meramente académicos sobre si el mensaje del Voyager fue el correcto a mandar para que abandonara el sistema solar o si buscar vida con radiotelescopios podría ser un tema de seguridad nacional, y también a ver si aparecen nuevas, como por qué no hemos encontrado ninguna sonda Von Neumann o si deberíamos recibir con optimismo la posibilidad de que haya formas primitivas de vida en nuestro sistema solar. No es necesario recurrir a un programa estatal propagandístico con metas moralmente dudosas como el que aplicó Mao para llegar a este objetivo, pero sí, al igual que probablemente sin quererlo lo hizo él, buscar la manera de difundir un mensaje que esté por fuera de lo convencional, sin importar los intereses con los que pueda chocar.