Madrugar no es virtud: es mala planificación

Mientras el Congreso debate la conveniencia de permitir el ingreso a los colegios después de las 7 de la mañana, no puedo sino percibir esta medida como un parche insuficiente para una herida profunda. La discusión, aunque bienintencionada, se queda en la superficie. La verdadera pregunta de fondo es: ¿por qué insistimos en una cultura del madrugón que, lejos de ser sinónimo de productividad, genera agotamiento e ineficiencia? Obligar a niños y jóvenes a comenzar su jornada con sueño, con la mente aún nublada, es condenar el proceso de aprendizaje a una carrera cuesta arriba desde el amanecer.

Esta “madrugadera colombiana” no es un emblema de virtud; es, a menudo, la máscara de una planificación urbana deficiente. Queremos hacerlo todo temprano, pero a medias; empezar la jornada apresurados, pero sin un rumbo claro. El resultado es un colapso sistémico en el que todo ocurre al mismo tiempo.

Esta problemática no es nueva, y en el pasado hemos atisbado soluciones más visionarias. Recuerdo una conversación, en su momento, con el entonces Alcalde Mayor de Bogotá, Samuel Moreno, quien esbozaba una idea que me pareció de una pertinencia contundente: la implementación de horarios diferenciados según la actividad económica. Su visión era transformar a Bogotá en una ciudad de 24 horas, o lo más cercano a ello, no mediante un esfuerzo sobrehumano; más bien, a través de una distribución inteligente de los horarios.

La lógica es tan simple como poderosa: ¿cómo no vamos a tener trancones monumentales si la totalidad de la ciudadanía —estudiantes, empleados, industriales— se moviliza en el mismo estrecho margen de una o dos horas? La evidencia es palpable durante las semanas de receso escolar, cuando el tráfico en la capital se aligera de manera notable, demostrando el enorme impacto que tiene el sistema educativo en la movilidad.

La historia económica nos ofrece lecciones valiosas. La Revolución Industrial, con su rígida sincronización de turnos, nos enseñó a medir el tiempo en función de la producción en masa. Sin embargo, las sociedades posindustriales del siglo XXI, basadas en el conocimiento y los servicios, requieren una flexibilidad horaria que se adapte a la naturaleza diversa de sus actividades. Ciudades como Tokio o Nueva York funcionan como organismos de ritmos escalonados, donde los turnos se superponen con precisión para mantener la vitalidad económica sin colapsar la infraestructura.

Imaginemos, entonces, una Bogotá —y, por extensión, una Colombia— con una estrategia horaria consciente. Las fábricas, con su necesidad de procesos continuos, podrían iniciar a las 3 o 4 de la mañana. La banca y los servicios financieros —en la medida en que aún operen de forma presencial— a las 9:00 a. m. Los centros de formación, prioritarios para el futuro del país, deberían iniciar sus labores no antes de las 8:30 o 9:00 a. m., respetando los ciclos circadianos de los jóvenes. Los centros comerciales y el comercio podrían abrir sus puertas a las 10:00 a. m., mientras que la administración pública, incluyendo las oficinas distritales y estatales, podría operar en una franja posterior a esa hora.

A partir de este principio, incluso podríamos pensar en una zonificación horaria dentro de la capital, donde distintas localidades tuvieran horarios de ingreso escolar escalonados.

Se trata, en esencia, de dejar de ver el problema como una simple cuestión de “a qué hora suena el despertador” y empezar a abordarlo como un desafío de ingeniería social y logística urbana. La propuesta en el Congreso es un primer paso; uno tímido. Necesitamos el coraje para pensar en grande, para diseñar una ciudad que no luche contra el tiempo, sino que lo administre con inteligencia. No se trata de madrugar más, sino de organizarnos mejor. El futuro de nuestra productividad, nuestra salud y nuestro bienestar mental en las ciudades depende de ello.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Julián Ramírez

Asesor en Relaciones Internacionales y Geopolítica. Politólogo e Internacionalista por la Universidad Sergio Arboleda, con formación de posgrado en Estrategia y Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra. Founder Member de El Insubordinado.

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