![]()
Esta columna es un espacio dedicado a la búsqueda del sentido de las palabras. Un ejercicio arqueológico, etimológico y, si se puede decir, biográfico. Cada entrega nos permitirá conocer la historia, el significado, el uso y el sentido de una palabra.
Mauricio Montoya y Fernando Montoya
Las declaraciones y acciones recientes del gobierno de los Estados Unidos, presidido por Donald Trump, en relación con Venezuela, Groenlandia, México, Panamá, Colombia e Irán, son una afrenta contra el Derecho Internacional y un aliciente doblemente peligroso, ya que aviva la megalomanía de un individuo y da patente de corso a otros, igual de peligrosos.
El tema no es nuevo y puede decirse que en el siglo XIX, los grandes imperios buscaron expandir las influencias territoriales ya fuera por medio de las guerras o de tratados, leoninos, como el de la conferencia de Berlín, celebrada en 1885, en la que los europeos se repartieron el continente africano. Del mismo modo, en la primera mitad del siglo XX, Adolf Hitler se anexó Austria y reclamó los sudetes checoslovacos, abogando, según él, por el bienestar de la población alemana que habitaba allí y estaba separada de las raíces germanas a las que pertenecía. En ambos casos, la “diplomacia” cedió, hipócritamente, avalando otra vez la figura de la patente de corso.
En el Diccionario panhispánico del español jurídico se define al corso como una “operación de guerra marítima llevada a cabo por particulares por su cuenta y riesgo, pero bajo la autorización, el control y la responsabilidad de un Estado beligerante…”. Por otra parte, en la etimología se asocia al corsario con un término del francés (corsaire), que llega al latín como “cursus”, significando “carrera” y que, con el tiempo, terminó refiriéndose a una expedición o incursión permitida por un poder superior.
En la contemporaneidad, los ejemplos de una patente de corso implícita, consecuencia de la retórica bélica norteamericana, son varios, entre ellos: la justificación político religiosa de Israel para controlar Gaza; el argumento histórico y demográfico de los rusos para anexarse Crimea y el Donbás; la sustentación de China para recuperar, militarmente, a Taiwán; la represión contra los manifestantes en Irán; las violencias ejercidas hacia los migrantes en el mundo; o el uso de armas nucleares por parte de India o Pakistán, ante una posible agresión a sus territorios.
Retomando la definición del diccionario jurídico, la figura del corsario se retrotrae hasta la época de la conquista y colonización del nuevo mundo, siendo el Océano Atlántico el campo de batalla entre barcos reales –cargados de oro, plata y otros productos–, y personajes, muchos de ellos británicos (Sir Walter Raleigh, Sir Henry Morgan o Sir Francis Drake), que alentados por el permiso (patente de corso) de sus monarcas, asaltaban los tesoros explotados por los españoles en América, obteniendo un porcentaje de ganancia para ellos y otro, mayor, para sus mentores. No en vano, Eduardo Galeano, escritor uruguayo de “Las venas abiertas de América Latina”, popularizó una frase, en su libro, que retrataba la escena: “España tenía la vaca, pero otros se tomaban la leche”.
Pero algunos corsarios pensaron que sus réditos no eran suficientes, por lo que decidieron romper las reglas y atacar por su cuenta a las flotas navales, amigas y enemigas, transformándose en piratas, una palabra original del griego (peiratēs) y que se refería a un aventurero que se arriesga en busca de fortuna. Otras formas para referirse a ellos fueron los conceptos de bucanero (ladrón y contrabandista de carne) y filibustero. En nuestros tiempos es común escuchar la denominación de piratas para señalar a individuos que asolan los mares con objetivos delincuenciales.
La patente de corso fue prohibida oficialmente en 1856 por la declaración de París, la cual reglamentó el uso de los mares y el desarrollo del comercio marítimo en tiempos de guerra. Desde entonces, los piratas pasaron a ser leyendas y sus historias de tesoros, loros que hablan, islas encantadas y monstruos marinos nutren nuestro imaginario colectivo sobre ellos.
Hoy los piratas no dirigen sus navíos y tampoco tienen espada, parche en un ojo o una pata de palo; en la actualidad, estos nuevos piratas del mundo visten armani, no respetan códigos, anuncian –sin sonrojarse– el tipo de territorios o recursos de los que quieren apropiarse, calculan las maniobras de sus enemigos, para luego replicarlas o valerse de ellas como excusa, y juegan, irresponsablemente, al Risk con armas de destrucción masiva.












Comentar