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Esta columna es un espacio dedicado a la búsqueda del sentido de las palabras. Un ejercicio arqueológico, etimológico y, si se puede decir, biográfico. Cada entrega nos permitirá conocer la historia, el significado, el uso y el sentido de una palabra.
Mauricio Montoya y Fernando Montoya
“El encanto enigmático de la Historia reside en el hecho de que, de época en época, nada cambia y aun así todo es completamente diferente”.
Aldous Huxley
En estos tiempos de medios masivos de comunicación y de acciones que se replican, en las redes, centenares de veces por minuto, suele ser común encontrar términos subvalorados a los que se les desconoce su potencial oculto. Conceptos que han hecho carrera en la historia, incluso en la historiografía y la filosofía, transformando sus significados y dando sentido a sistemas de pensamiento o a ciertos acontecimientos del presente y el pasado.
Un ejemplo que demuestra esto es el de la palabra época. Etimológicamente del griego clásico ἐποχή (epokhḗ), se refería, en el espectro astronómico, a un punto fijo o de referencia en el cielo; en el campo cronológico, a un punto de inicio de un periodo histórico; o ya en un lenguaje más filosófico, a una suspensión o pausa en el juicio, con el objetivo de evitar los errores al momento de definir o buscar la esencia de algo.
Pero antes de adentrarnos en cada una de las acepciones del concepto época, es pertinente pensar su sinonimia con términos como era o periodo. En este caso, podríamos remitirnos hasta el mundo romano en donde aes, en singular, y aera, en plural, sirvieron para denominar metales como el cobre y el bronce. Además, en el contexto de festividades solemnes, los romanos solían utilizar la frase “Clavus annalis” (el clavo anual), que remitía a un ritual en el que cada año político o religioso, celebrado regularmente el idus de septiembre (día 15), los cónsules o el dictador clavaban, en el altar de Júpiter, un clavo para señalar el cierre de un año y el comienzo de uno nuevo. Con el pasar de los años, el argot popular empezó a llamar aes o aera, teniendo en cuenta el material del que estaba hecho el clavo, a la fecha de inicio de un periodo de tiempo o de sucesos importantes. Todo aquel que quisiera saber cuántos años habían pasado desde la conmemoración de uno o varios hechos relevantes en la memoria de la república, solo tenía que ir hasta el altar y contar la cantidad de clavos.
No podemos olvidar que en su libro “Origen y meta de la historia”, el filósofo alemán Karl Jaspers introdujo el concepto de “Era Axial”, para referirse a un ciclo transcurrido entre los años 800 a. C. y 200 d. C. en el que, según este pensador, se establecieron, de manera simultanea e independiente, los cimientos morales, espirituales, sociales y filosóficos de la humanidad; esto en sociedades tan diferentes como China, India, Persia, Judea y Grecia.
Retornando a nuestra discusión original, relacionada con la noción de época, vale la pena ahondar en los sentidos que desde diferentes disciplinas o ciencias se le han dado al término.
En Astronomía, se asocia con las coordenadas celestes calculadas para las estrellas. Permitiendo esto la construcción de atlas estelares que desde antaño han diseñado los astrónomos. Curiosidades, en este sentido, fueron aquellas como la de la estrella de David que guió a los reyes magos, o el relato del Antiguo Testamento (Josué 10, 12 – 13) en el que Josué pide a Dios que el sol se detenga para poder tener más tiempo y derrotar a los amorreos.
En cuanto a la historiografía, una época se entiende como una etapa caracterizada por rasgos distintivos o marcada por ciertos acontecimientos. Tal vez, quien mejor lo haya explicado fuera el historiador Fernand Braudel, uno de los representantes de la escuela de los Annales, al proponer los estudios históricos bajo estructuras como la larga duración (fenómenos extensos en el tiempo), la coyuntura (ciclos intempestivos) o la corta duración (hechos puntuales).
En la rama de la filosofía la categoría época, reseñada como epojé, se encontraba ya en la corriente de los filósofos escépticos, para quienes era considerada como una actitud de suspender el juicio frente a los fenómenos de los que no se puede afirmar o negar, tajantemente, algo. Por su parte, el filósofo Edmund Husserl, ideólogo de la fenomenología, adoptó la epojé como una herramienta metodológica, de la que se valió el existencialismo, y que consistía en poner “entre paréntesis” la realidad del mundo natural, para concentrarse en responder a cuestiones, tales como: la esencia de las cosas o la forma en la que estas se presentan a la conciencia.
En conclusión, no está de más practicar el ejercicio de leer epocalmente nuestras historias del antes y el ahora, cuidándonos de los anacronismos, apartando nuestros prejuicios y permitiéndonos asimilar que somos hijos de una época en desarrollo.













Muy oportuno en tiempos que, gracias a la hiper comunicación, se interpretan con categorías apocalípticas, la columna es un llamado a la sindéridis.