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Como pueden comprobar en los anexos estadísticos, los indicadores se mantienen y crecen gracias al esfuerzo de académicos e investigadores, de intelectuales y profesionales. Incluso nuestras universidades colombianas contra todo pronóstico, con poca investigación aplicada, sin suficientes startups y spin-offs, con pocas patentes, entre otros. Además, sin premios Nobel, sin Pritzker, en fin, aún así, algunas aparecen como destacadas en el ranking de Scimago recientemente publicado. Pero la infraestructura envejece, la tecnología entra en obsolescencia, la demanda aumenta pero no el número de profesores ni su salario y sobre todo, nos rodea una realidad tanto educativa como social cada vez más compleja e incierta.
En medio de la reconfiguración del orden mundial, el debate sobre soberanía, libertades, autoritarismos y guerras, la academia, desde mi borrosa mirada vislumbro tres opciones:
La primera es, mantener la infraestructura segura y funcional; actualizar la tecnología, conservar el orden administrativo, y arropar iniciativas estimulantes. Estar, no es poco. – y menos hoy que se puede estar sin estar –
La segunda incluye lo anterior y mantener el espíritu innovador. Supera el modelo por competencias, por el centrado en el aprendizaje y caer en cuenta que el enfoque hoy, es el humano. Yo no sé si creer a la UNESCO o cualquier organización de la ONU y también a la OCDE y al BID, sea lo que sea que digan, tantos datos se tienen que humanizar.
La tercera, a propósito de datos, es vivir en el desasosiego. Comprobar que la vida de nuestros estudiantes no es un sueño.
74% crecieron en casas donde había gritos, 56% insultos y 26%, golpes entre los adultos que los criaron. 1 de cada 10 recibieron empujones, bofetadas, puñetazos o patadas.
Hoy, el 68% ya trabaja para subsistir, y 30% además asume responsabilidades de cuidados y trabajo doméstico.
Para llegar a la universidad deben “poner el cuerpo” en trayectos que van de 40 minutos a 3 horas en un transporte que, mejoras incluidas, continúa saturado, acosador y peligroso.
Para las mujeres es todavía peor. 9 de 10 vive violencia de género en cualquier lugar y una de 2 la padece en la escuela. Casi ninguna denuncia porque tiene miedo, vergüenza o cree que es inútil.
En lo que va de este año, cuatro estudiantes intentaron suicidarse.
Es de terror cuando nos enteramos de las extorsiones y vemos las fotografías de chicas y chicos tomadas por los delincuentes para exigir sus rescates. Siempre será insuficiente la ayuda que podamos brindar en todo lo que excede propiamente a lo educativo. Es un acto de desobediencia civil ser profesional hoy, seguir un proceso de formación intelectual. Eso no es instagrameable, no es cool, no es reposteable, no está de moda.
El que decide hoy recorrer este calvario, es porque está poseído de una avidez irrefrenable por el trabajo, que se divierte, sufre, padece, se indigna y disfruta con lo que hace. Le toca caminar mucho, comer poco, casi no dormir y además batallar con las mil patologías de algunos docentes y formadores que hasta se quejan porque los jóvenes emprendedores ya ganan más que ellos, porque en sus tiempos no era así, porque eran hijos de padres muy estrictos, “no como hoy” y que se llenan de resentimiento y evidencian sus inseguridades al ver que sus estudiantes saben más de muchas cosas.
Mientras tanto, las oficinas que expiden certificados, hoy en tiempos de la automatización y los trámites en línea, siguen contando en interminables días hábiles la vida y sus oficios parecieran que se bordaban a mano en jefaturas de los departamentos jurídicos y administrativos.
Además de todo eso, en las Universidades , también brindamos clases. Pero para conseguirlas, los estudiantes padecen y mucho. Lograr un cupo en las materias que necesitan, con los profesores que quisieran, en los horarios que les convienen, es una pesadilla. Porque además este galimatías de hacer ciencia en Colombia desde una institución universitaria privada, es de no creer; las gravan con impuestos absurdos, les exigen que produzcan nuevo conocimiento , que reciban a los estudiantes que las universidades públicas no adoptan, que los mantengan a todo precio para evitar la deserción y que no les cobren nada. Es un panorama complejo y casi que discriminador, buscar formarse en este país hoy en día.
El profesor Rodríguez Lapuente decía: “Si la mentira es peor que la verdad, mejor di la verdad”. Así que de manera elegante, digámosla. La innovación enfrenta retos tradicionales. No puedes cursar Matemáticas II si reprobaste Matemáticas I y la reprueban el 36% de los estudiantes. Inútil refugiarse en el “alumno desobligado y el maestro malo”.
Para hablar de esto vamos a mirar a nuestro referente en educación superior, nuestro hermano mayor en América Latina y el Caribe
En México se incubó una catástrofe silenciosa y se demostró cuando las evaluaciones de PISA y Enlace arrojaron que 7 de cada 10 niños salen de la primaria sin saber leer y escribir y sin poder hacer ni usar las operaciones matemáticas básicas. La más reciente medición de MEJOREDU elevó la cifra a 8 de cada 10.
Esto significa que la inmensa mayoría de los jóvenes mexicanos no pueden identificar la idea principal en un texto de extensión moderada, encontrar información con criterios explícitos ni reflexionar acerca del propósito y la forma de los textos. Y que no pueden interpretar o representar matemáticamente una situación simple como la distancia total entre dos rutas alternas o convertir precios a una moneda diferente. El College Board de secundaria, muestra que 9 de cada 10 estudiantes de Jalisco tienen niveles bajos o muy bajos. 1 de cada 2 reprueba inglés, 1 de cada 3 Matemáticas I y, 1 de cada 4 Tecnologías de la Información y Universidad y Siglo XXI. Inexplicable. Y están mejor que nosotros.
Faltas de ortografía, correcta puntuación y redacción coherente, incluso en semestres avanzados, deficiencias en la capacidad argumentativa, desconocimiento de conceptos cívicos elementales, como la diferencia entre poder ejecutivo, legislativo y judicial. El desinterés en la investigación nos ha llevado a menos del 1 por ciento de titulación por tesis. Ya son especialistas y Magister que no hacen tesis de grado, no saben otro idioma y no asisten al menos a la mitad de las clases. ¿De dónde van a salir los relevos de los pensadores destacados colombianos? Si el que logra un reconocimiento académico es minimizado y el discurso light, desconcatenado, ilógico y pronunciado en menos de 1 minuto 30 segundos para ser reproducido en 2X, es aplaudido.
No sirve para nada mirar sobre el hombro a nuestros colegas de los niveles precedentes o lanzar la diatriba a las reformas educativas, no sirve de mucho decir que es lo que hay que hacer si no se hace nada, no sirve dar cátedra de experto cuando en la mayoría de los temas somos ignorantes.
Aquí corresponde parafrasear a Habermas: “Las mejores sociedades no se construyen gritando más fuerte sino dialogando mejor”. Dialoguemos de las grandes transformaciones del mundo de las profesiones, del peso cada vez menor de los títulos universitarios frente a los cursos cortos certificados y del crecimiento exponencial de la cobertura de las grandes plataformas como medio formativo. No nos metamos en el tema de la inteligencia artificial todavía.
Entonces ¿por dónde empezamos?, ¿cómo conseguimos que los estudiantes adquieran competencias para obtener un empleo mejor que en un call center, o en la Gig Economy, que en español significa “una chambita” de Uber, Rappi o repartidor de Amazon?
Estamos muy atrasados en enseñar las tecnologías emergentes, y en integrar en nuestras labores sus inigualables posibilidades. Estamos tarde en la valoración de si es inevitable o indispensable competir en el mercado de los cursos cortos certificados o diplomados o insignias para presumir en las redes y de si somos capaces de desarrollarlas mejor desde lo público.
Pero una universidad es además, mucho más que eso. Tenemos que “demostrarle al mundo (otra vez) que somos más que capacitadores y rescatar el valor civilizatorio de formar seres humanos”; que nos proponemos que los estudiantes aprendan a ser y pensar antes que solo hacer; que las máquinas hacen tareas, pero “las personas deben entender, juzgar y dar sentido”.
Sí, es necesario regresar al Trivium de las artes liberales, las cultivadas por las personas libres: la gramática, dialéctica y retórica, cuya versión actualizada, es la comprensión profunda y lectura crítica; el pensamiento analítico, y ético; la ciudadanía y el diálogo público.
Coincido e insisto en proponer una medida para hacer realidad esa desiderata: para ser universitario hay que contar con un paquete básico matemático, lógico, histórico, filosófico y de expresión oral y escrita. Para hacer inferencias válidas, argumentaciones responsables, resolver problemas complejos y tener responsabilidad social. En otras palabras, para conseguir el siempre perseguido pensamiento crítico. Estas habilidades no caducan, y en última instancia son indispensables para aprovechar los aportes de la revolución tecnológica.
Ante la complejidad de todos esos escenarios combinados, lo relevante, lo importante, lo esencial, es hacernos cargo de la necesidad de construir un proceso de enseñanza-aprendizaje que propicie que los estudiantes aprendan a razonar, explicar, justificar, evaluar supuestos y tomar decisiones informadas. Es decir, a pensar.
La cultura no como adorno, sino como herramienta pedagógica de alto impacto. La práctica teatral, por ejemplo, puede ayudar a fortalecer la expresión oral, la claridad argumentativa y la capacidad de estructurar ideas complejas, habilidades fundamentales para explicar un modelo económico, defender un proyecto de inversión o presentar un análisis financiero.
Ensayar una escena, una canción, dibujar y pintar, danzar, todo lo que sea crear, implica enfrentar errores, ajustar estrategias y persistir, lo que desarrolla tolerancia a la frustración y voluntad para resolver problemas. Las artes son un entrenamiento para la vida profesional y, al mismo tiempo, para las relaciones humanas. En pocas palabras, la cultura crea ciudadanía.
Es la educación y aún más la cultura lo que identifica a una comunidad universitaria y tenemos que luchar para reivindicarla como función sustantiva y la tenemos que seguir defendiendo pero sobre todo, ejerciendo. El reto es pedagógico.
Es urgente cambiar la cultura desde la universidad porque de tanto mirar hacia otro lado cuando desaparecen legiones de jóvenes, incluidos universitarios, cuando sabemos que a los empresarios de todos los tamaños les cobran derecho de piso, cuando aceptamos escoltas armadas en plazas comerciales, restaurantes y hasta hospitales, cuando solo fuimos capaces de obedecer la orden de encerrarnos en casa frente al terror, cuando damos por sentada la impunidad, vamos a terminar bajando la mirada como se le exigía a los negros, a las mujeres y a los indígenas.
Es verdad, no somos las fuerzas de seguridad, no nos corresponde acusar ni juzgar a un mundo que no conocemos ni queremos conocer, pero a lo que sí nos obliga la responsabilidad de educadores que hemos asumido es a mostrar a los jóvenes que la ley es hermosa, que cumplirla dignifica, estamos obligados a reconocer que nos hace falta hacer mucho más para que “vivir una vida corta como rey, en lugar de una larga como buey” no sea opción para los jóvenes.
Tienen que saber que otros prefirieron dar la vida para que ellos tuvieran escuelas, no para que consiguieran momentos futiles con las manos manchadas de sangre, como dice el Papa Francisco.
Nos corresponde, hacer sonar rock, blues, soul, Bach, Beethoven, Mozart, Mahler, Tchaikovsky, Márquez, Soda, Bowie, Zappa, Morrison, Callas, Joplin, Sosa, ¡pura prehistoria!, y también queremos escuchar todas las músicas que nos revelen los jóvenes para que todos aguzemos el oído ensordecido por el reguetón y los narcocorridos.
Nos corresponde, encender todas las pantallas con el cine de todos los tiempos: desde Scorsese, Lynch, Bergman, Buñuel, Greenaway, Del Toro, Cuarón, Iñárritu, Varda y Coppola, para limpiar la mirada de los reality shows, las series de narcos y los influencer despilfarradores.
Nos corresponde, abrir los telones de todos los teatros para que el drama no sean los asesinatos, la explotación sexual, la migración, las desapariciones.
Nos corresponde, exponer la pluralidad gráfica, la pintura, la escultura clásica y contemporánea para mostrar que existe más estética que la lipo escultura, que las transformaciones sin proceso.
Nos corresponde, mostrar cómo baila Elvis, Jackson, Jagger, Baryshnikov, Pina Bausch, Ginger y Fred, Elisa Carrillo, Alicia Alonso e Isaac Hernández, para que el perreo no sea la única forma de mover la cadera.
A ver si así, nos conmovemos autoridades, académicos y estudiantes universitarios, con la cultura.
Porque cultura universitaria es exigirnos, no ser cómplices de lo que tanto ha dañado a nuestro país. Yo quiero que nuestros contadores no sean los de la elusión y la evasión fiscal, que nuestros financieros no modelen negocios criminales, que los tecnólogos no sean los hackers de los extorsionadores, que los mercadólogos no romanticen a los delincuentes, ni los administradores lleven los negocios de las factureras.
Porque ser universitario, jóvenes, sí es obtener aquí una profesión para hacerse la vida y esa ganancia es imprescindible en el capitalismo. Los jóvenes saben que el título cada vez menos garantiza per se ese empleo digno y actúan en consecuencia en la Universidad. Tenemos que levantar la exigencia de empleos dignos y de las oportunidades que les abran la puerta a una vida decorosa.
Sí, está en juego la legalidad de la economía y muchas vidas, pero el crimen aún mayor es cultural y en cambiar esa cultura de la muerte por la de la vida, lo humano y la diversidad, vale la pena escuchar, conversar y poner el cuerpo que nos quede, si lo que decimos que hacemos, es educar.













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