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“Divide y vencerás”, una frase que ha marcado múltiples momentos disruptivos en la historia universal. A lo largo del tiempo, diversos historiadores han debatido sobre su origen: algunos la atribuyen a Julio César; otros, a Sun Tzu, quien la habría plasmado de manera tácita en su obra El arte de la guerra; y hay quienes señalan que fue Napoleón Bonaparte quien la llevó a su máxima expresión en la era moderna.
Más allá de su autoría, lo cierto es que este principio se ha consolidado como una estrategia fundamental en la política y en la guerra: dividir para vencer.
Sin embargo, la democracia debería operar bajo una lógica distinta. Su esencia radica en la participación ciudadana, la coexistencia de ideas y el respeto por la diferencia, creando un ecosistema propicio para la pluralidad y para evitar los unanimismos ideológicos que tanto daño le hacen a las libertades. Pero, como resultado de las transformaciones sociales recientes, la política ha derivado hacia una dinámica cada vez más confrontacional, emotiva e inestable, cuyo resultado es la creciente polarización.
Una masa en aparente unanimidad no comparte primero una ideología, sino un estado emocional: miedo, euforia, rabia o esperanza. Son estos sentimientos —frecuentemente estimulados por los liderazgos políticos— los que cohesionan al grupo. Después, la razón entra a justificar esa emoción inicial. Así, los sentimientos terminan siendo el eje sobre el cual gira la polarización.
El politólogo Giovanni Sartori lo advirtió con claridad:
“Cuando la competencia política deja de ser entre adversarios y pasa a ser entre enemigos, la democracia entra en peligro”.
La polarización política no es simplemente una diferencia de opiniones; cuando se intensifica, se convierte en un riesgo directo para la pluralidad ideológica, base de toda democracia sana. En contextos polarizados, el debate deja de centrarse en ideas y pasa a girar en torno a identidades: “conmigo o contra mí”.
Por eso, la polarización también decide. Ordena el comportamiento político de los ciudadanos a partir de emociones e identidades, más que de argumentos o propuestas. En ese escenario, el voto, el debate e incluso la percepción de la realidad quedan condicionados por esa división.
En ese caldo de disonancia —donde confluyen la simplificación del debate, la pérdida de la diversidad ideológica y la tensión entre razón y emoción— la política se reduce a una lógica binaria. Los problemas complejos se simplifican en dos bandos opuestos, facilitando decisiones rápidas: ya no se elige entre ideas, sino entre “los míos” y “los otros”.













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