Qué asesinato tan cruel cometió el paisa, que entre risas y aguardientes se suicida por una anticultura que no refleja los antecedentes de una tierra montañosa
Antioquia era un territorio separado por montañas y un viaje de un mes a la capital. Espacio en el que se realizaba el comercio y la adquisición de bienes que, a lomo de mula, mejoraban las condiciones de vida de miles de montañeros orgullosos de su tradición arriera. Por esto, el antioqueño debía garantizar la venta de sus productos, recurriendo a la efusividad y la pujanza lingüística que lo caracterizaba como culebrero y entrador.
Además, los días de viaje hacían propenso al campesino a lo superlativo en sus relatos. Cada uno de esos hombres que recorrían bosques eran presas de bestias enormes, demonios y duendes que intentaban adueñarse de su alma, pertenencias y vida. Hechos que, al ser contados, alegraban a quienes esperaban en los hogares y cuidaban de la tierra. El antioqueño era un ser pujante, conversador y social. Características que, tras el trasegar de los tiempos, desembocaron en ciudades industriales y con un enfoque dialógico. Los bares eran espacios de encuentro y de compartir, amenizados por el tango: ritmos de la plebe que reflejaban la nostalgia y el rechazo.
Este ambiente antioqueño progresó hasta el advenimiento del narcotráfico, enfermedad que se distingue por la opulencia, la bulla y el consumo excesivo. Antioquia dio paso a lo paisa, una cultura que ya no propende por lo estético, sino por lo morboso y lo cruel. El paisa profesa el asesinato como forma social, la estafa como forma de superación y el engaño como signo de superioridad. A partir de allí, los sitios de tango cerraron, pues ya no se degustaba la conversación ni el encuentro; se disfrutaba del barroquismo, del sonido alto que ahoga las palabras y de la oscuridad que facilita la maldad.
El trago se erige, entonces, como la forma de evidenciar estatus y poderío. El intelecto y la resistencia social se desplazan y ceden su lugar al narcisismo y la fanfarronería. El paisa va estrangulando al hombre de historias y superlativos. La hipérbole ya no es una figura literaria de odiseas entre montañas; es una exposición de lo que se tiene, pero no se es. Solo se habla del poseer y de las acciones subrepticias que dañan al otro.
Esto es el paisa: un conjunto de masas uniformes que no aportan nada a la cultura actual. El pasado pujante observa con melancolía el mañoso devenir que no entiende las relaciones afables entre el ser natural y el humano. Empero, hoy la situación empeora, pues el paisa se enfrenta a su desplazamiento. La gentrificación que visita los espacios en búsqueda de la cultura traqueta —que la ingenuidad y la iniquidad divulgaron— se adueña del territorio y expolia al olvido a quienes antes se creían aventajados.
Qué asesinato tan cruel cometió el paisa, que entre risas y aguardientes se suicida por una anticultura que no refleja los antecedentes de una tierra montañosa que salvaguardó relatos y tradiciones entre el sombrero y el carriel.












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