No debería sorprender que muchos de los referentes contemporáneos del pensamiento liberal hayan reconocido que, en algún momento de sus vidas, sintieron cierta simpatía por las ideas socialistas.
Desde Friedrich Hayek hasta Thomas Sowell, grandes defensores de la libertad han señalado que durante su juventud miraban con cierto aprecio los ideales marxistas que prometían una sociedad más justa y próspera mediante la planificación centralizada. No obstante, su posterior estudio en profundidad tanto del marxismo como de la economía, junto con la evidencia empírica acumulada a lo largo del siglo XX, terminó por desencantarlos del modelo socialista y los condujo a una defensa cada vez más firme de la libertad individual.
Este proceso intelectual los llevó además a profundizar en los argumentos económicos que evidencian la imposibilidad del socialismo —y, por ende, del comunismo—, desarrollados por otros grandes pensadores del liberalismo, entre los que destaca Ludwig von Mises.
Mientras los economistas se encargaron de evidenciar los errores en la teoría económica de Marx, otros pensadores enfocaron su crítica al socialismo y al comunismo desde una perspectiva ética y moral, como Ayn Rand, quien sostenía que, si el individuo es un fin en sí mismo, resulta inconcebible subordinarlo al colectivo. Desde esta premisa, el colectivismo no solo implica una organización política cuestionable, sino también una negación de la naturaleza individual del ser humano, al exigir que las personas sacrifiquen su propio juicio, sus intereses y sus proyectos vitales en favor de fines definidos por otros.
Existe, sin embargo, una tercera línea de crítica al socialismo que suele recibir menos atención: la crítica política. Rose Wilder Lane abre su ensayo Give Me Liberty con una de las frases más interesantes de la literatura libertaria: “En 1919 yo era comunista”. El resto de la obra relata cómo, siendo corresponsal en Europa después de la revolución rusa, la joven idealista fue desencantándose con el modelo que otrora creyó que era la extensión racional de la democracia y la libertad de los ciudadanos.
En las primeras páginas de su ensayo, Lane narra una conversación que mantuvo con un ruso que la hospedó durante el inicio de su travesía documentando los “éxitos” del modelo socialista. A ella le parecía inquietante cómo un comunista de toda la vida podía oponerse con vehemencia al gobierno bolchevique, entonces bajo el liderazgo de Lenin. El hombre argumentaba que las injerencias gubernamentales en la vida de los aldeanos crecían al mismo ritmo que la burocracia soviética, presagiando la posterior centralización del poder político y económico en Moscú y, con ella, el caos y el sufrimiento en los poblados más alejados de la capital.
Este pasaje, aunque breve dentro del ensayo, ofrece una respuesta clara a una de las coartadas más recurrentes del marxismo cada vez que se les pregunta a sus promotores si ha existido en la historia algún ejemplo de sociedad comunista exitosa.
Cualquier marxista al que se le formule esa pregunta responderá —con cierta razón— que no se ha materializado en la historia un ejemplo de sociedad “verdaderamente comunista”. Tal como lo concibió Marx, el comunismo sería una fase política superior en la que el Estado desaparecería y surgiría una sociedad sin distinción de clases. Esa sociedad no se ha materializado hasta hoy, y me atrevo a decir que tampoco se materializará.
El comunismo, planteado de la forma en que sus creadores lo imaginaron, permanece en una pausa indefinida dentro de la fase previa de transición: el socialismo.
Con el transcurrir de los años y el desarrollo de la Unión Soviética, Rose Wilder Lane fue comprendiendo poco a poco el temor de aquel campesino ruso. Los controles policiales excesivos, las libretas de trabajo y la supresión violenta de cualquier pensamiento que se opusiera a los ideales del régimen demostraron la falacia que se escondía tras su idea inicial de que la dictadura del proletariado conduciría eventualmente a la libertad de los ciudadanos. Lane misma escribiría después: “Cuando salí de la Unión Soviética yo ya no era comunista, porque creía en la libertad personal”.
La Rusia soviética se convirtió así en el ejemplo perfecto del problema político esencial del modelo socialista: la concentración extrema del poder estatal.
El socialismo requiere, para alcanzar sus fines, expropiar la propiedad de los ciudadanos, centralizar la economía, regular la producción y la distribución, y eliminar la oposición política. Todas estas funciones difícilmente pueden ejercerse mediante medios democráticos, y menos aún mediante asambleas permanentes que determinen el curso de acción a seguir. El resultado inevitable es la coerción de los disidentes y la consolidación de una cúpula en cuyas manos queda concentrado ese poder.
Las revoluciones eliminan élites anteriores, pero al mismo tiempo crean nuevas élites políticas: la nomenklatura soviética, el chavismo en Venezuela o la dinastía de los Castro en Cuba. Estas élites, investidas no solo con el mando de la fuerza estatal, sino también con un manto de legitimidad moral —la defensa de la clase obrera frente a los intereses “capitalistas”, “imperialistas” o “yanquis”— se aferran al poder porque no cuentan con ningún incentivo para abandonarlo.
¿Por qué quienes controlan el Estado socialista renunciarían voluntariamente al poder? No existe una razón lógica para hacerlo, salvo un genuino compromiso con la teoría marxista y el ideal comunista de una sociedad justa y próspera. Pero si algo nos ha enseñado la historia es que muchos de estos líderes carecen precisamente de ese principio moral, y no dudan en ordenar matanzas, provocar hambrunas o encarcelar opositores para mantenerse en el dominio.
El socialismo, planteado teóricamente como una fase transitoria, termina convirtiéndose en la práctica en una estructura estable de poder. En ella, las nuevas élites pueden disfrutar de privilegios mientras el pueblo al que dicen servir intenta escapar en balsas, saltar muros o dividir una lata de atún entre una familia entera.
Rose Wilder Lane describió esta contradicción al observar que el régimen soviético no representaba la liberación de las masas: representaba el establecimiento de una tiranía sobre una base nueva, más amplia y más profunda.
Es por eso que cada vez que un marxista recurre a la excusa de que “nunca se ha aplicado el verdadero comunismo”, en realidad está exponiendo —sin quererlo— la propia imposibilidad política del modelo que propugna.
La versión original de esta columna apareció por primera vez en El Insubordinado.














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