«Tu vida depende de tu mente. Y el amor también. Sin pensamiento no hay virtud, elección ni grandeza; solo impulso. Y el impulso jamás ha construido nada digno de ser amado.
La razón no enfría el amor: lo hace posible.»
— Cristian Toro
De las mejores decisiones que he tomado en la vida ha sido mudarme a México. No porque no ame a mi país. Para nada. Mi amor por Colombia recorre mis venas con la misma intensidad con la que uno recuerda la casa donde pasó sus primeros años de vida. Pero hay momentos en los cuales uno entiende que los anhelos que lleva dentro necesitan otro horizonte para ser desarrollados. Y, me guste o no, muchos de los proyectos y sueños que hoy me definen únicamente podían encontrar espacio para crecer en una plaza distinta al bello “país del Sagrado Corazón de Jesús”.
Migrar no se reduce simplemente a cambiar de geografía. Es reorganizar la vida. Es reconstruir afectos. Es aprender a habitar el mundo de otra manera. Y en ese proceso ocurre algo inesperado: aparecen personas que acaban siendo tu hogar.
De lo más hermoso que me ha pasado en esta etapa de mi vida ha sido constituir, junto con otros espíritus igualmente inconformes e insubordinados, una suerte de familia cósmica en estas tierras. Una constelación improbable de afectos, ideas, proyectos y complicidades que hacen que la existencia se sienta cada vez más extraordinaria. Ahí están La Firma, mi Bichota, el Príncipe, y algunos otros que han terminado convirtiéndose en piezas fundamentales de esta aventura vital.
En ese caminar —entre conversaciones interminables, debates apasionados y proyectos que nacen de la pura convicción de que el mundo siempre puede ser mejor si alguien se atreve a imaginarlo y buscar redefinirlo— me topé con alguien a quien hoy celebro.
Alguien que, curiosamente, tuvo la fantástica idea de nacer un día después de la conmemoración internacional del Día de la Mujer. Pero no se limita a eso. Además ha tenido la audacia de dedicar su vida a algo mucho más difícil: reivindicar las banderas de la escritura, del emprendimiento, del activismo político, del feminismo y, por supuesto, de la libertad. Esa persona no es nadie más ni nadie menos que Gloria Álvarez: mi Bebesota.
Y si algo resume lo que representa su vida, es justamente eso que hoy quiero decir con toda claridad: la libertad sabe a Gloria.
Feliz cumpleaños, Gloria.
Cada cumpleaños es un recordatorio silencioso de algo esencial: estás viva. Y estar viva es una afirmación moral, no un dato biológico. Vivir, como tú lo has demostrado con tanta lucidez y temple, significa pensar. Y pensar significa elegir. Elegir incluso cuando incomoda; elegir incluso cuando el aplauso se va a otra parte.
En tiempos donde la obediencia se celebra y la tibieza se premia, tú elegiste otra cosa: la libertad. No como consigna emocional ni como herramienta coyuntural. No. La elegiste como principio moral irrenunciable, como aquello que hace posible que el ser humano viva erguido, con la mente clara y los pasos decididos: como un fin en sí mismo y no como instrumento de voluntades ajenas.
La libertad no es una emoción pasajera. No es un recurso político. No es un lema de ocasión. Es la condición necesaria para vivir con responsabilidad, con integridad y con dignidad. Y tú has sido coherente al recordarlo, incluso cuando decirlo tiene costo… porque pensar tiene costo.
Si esto fuera la Edad Media —ese oscuro período al que ciertos guardianes morales parecen querer arrastrarnos nuevamente—, mujeres como tú habrían terminado en la hoguera. No por brujas, claro, sino por algo mucho más imperdonable: vivir según sus propias reglas.
Hoy ya no se levantan hogueras en las plazas públicas. Pero no nos engañemos: el instinto de quemar herejes sigue intacto. Solo cambió de escenario. Las redes sociales funcionan muchas veces como ese nuevo panóptico donde todos vigilan, todos juzgan y todos castigan. Un espectáculo permanente de indignación donde el linchamiento moral se presenta como virtud.
Y ahí estás tú, incomodando.
No porque repitas mantras ideológicos; todo lo contrario: te atreves a pensar en voz alta. Porque te atreves a disentir incluso dentro de las tribus que dicen defender la libertad. Porque recuerdas algo que muchos olvidan con demasiada facilidad: la libertad no consiste en reemplazar un dogma por otro; implica negarse a vivir bajo dogmas.
Hay una idea de Ayn Rand que vuelve inevitablemente cuando pienso en ti: la felicidad no es un capricho; constituye una responsabilidad personal.
Tú has hecho de esa responsabilidad una forma de vida. No para agradar. No para encajar. En lo absoluto. Lo has hecho para ser fiel a la realidad, a la razón y al valor de nuestra individualidad como seres humanos. Y por eso te atacan.
No porque seas peligrosa, sino porque representas algo que muchos no soportan ver: una mujer que vive sin requerir autorización de nada ni de nadie. Una mujer que no necesita la aprobación de un coro de inquisidores modernos. Una mujer que no baja la cabeza ante jerarquías morales autoimpuestas. Una mujer que no convierte su vida en una excusa para ser sumisa. Y eso, en un mundo obsesionado con domesticar la diferencia, resulta sencillamente intolerable. Como tú misma lo has dicho en tu magnum opus, adaptando aquel popular manifiesto de Theodore Roosevelt, pero concebido para las mujeres que se atreven a vivir con libertad:
«La mujer en la arena
No es el crítico sentado en las bancas de la arena el que conecta. Ni el que señala con el dedo a la mujer fuerte cuando tropieza. O el que indica en qué cuestiones la que hace las cosas podría haberlas hecho mejor.
El mérito recae exclusivamente en la mujer que se halla en el centro de la arena: aquella cuyo rostro está manchado de polvo, sudor y sangre. La que se equivoca y falla el golpe una y otra vez porque no hay esfuerzo sin error y sin limitaciones.
La que cuenta es la que, de hecho, lucha por llevar a cabo las acciones. La que conoce los grandes entusiasmos, las grandes devociones. La que agota sus fuerzas en la defensa de una causa noble. La que, si tiene suerte, saborea el triunfo de los grandes logros; y si no la tiene y falla, fracasa al menos atreviéndose al mayor riesgo, de modo que nunca ocupará el lugar reservado a esas almas frías y tímidas que ignoran tanto la victoria como la derrota.»
Defender ideas exige coraje. Expresarse en voz alta exige determinación. Y ejercer la libertad día tras día exige una valentía que no todos están dispuestos a afrontar. Tú sí. Por eso inspiras, no a seguidores pasivos, sino a individuos activos; no eslóganes vacíos, sino criterios bien fundados.
Hoy no celebramos solo un año más. Celebramos una posición ante la vida. Celebramos que sigues eligiendo reflexionar, disentir, construir y asumir las consecuencias de tus decisiones. Celebramos que sigues recordándonos que vivir no es obedecer: vivir es sostener la libertad con la mente lúcida y el carácter intacto.
Mientras respires y tu corazón continúe latiendo, puedes pensar. Mientras pienses, puedes elegir. Y mientras elijas así —con esa claridad que no tiene punto de comparación, esa honestidad intelectual tan tuya y esa belleza indómita— el mundo será un lugar un poco más digno de ser vivido.
Eso eres, Gloria: una insubordinada frente a la mentira, frente al miedo y frente a toda forma de obediencia que pretenda domesticar nuestra capacidad de pensar y cuestionar.
¡Feliz cumpleaños, Gloria! Gracias por existir como existes.














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