Opinión

La juventud anda enferma de política

Foto: Prensa Libre Hemeroteca PL

Esto sonroja, pero toca recordarlo: en asuntos de política partidista los jóvenes, nuestras juventudes, se parecen peligrosamente a los adultos. Son herederos de casi todos sus vicios y han desechado sus pocas virtudes.  El  talento juvenil más visible: su fervor para consumir y opinar de todo en redes sociales, aún no se traduce en votos efectivos en las urnas. A estos jóvenes no  les da para hacer un cálculo sencillo: si al menos la mitad de ellos ejercieran el derecho al voto (estamos hablando de 6 de los más de 12 millones de colombianos entre los 18 y 28 años), podrían elegir o al menos determinar, radicalmente, la elección de gobiernos locales y departamentales, del Congreso y, claro, la del propio presidente.

Los jóvenes están enfermos de política, de lo político. Seguramente el origen de este mal también se lo deben, en buena medida, a nosotros los adultos, que apunta de mañas y juegos de poder; corrupción, maquinarias, clientelas, delitos, propaganda sucia e injurias llevamos el ejercicio de lo político ya no a sus justas, sino  a sus peores proporciones.

Los signos y síntomas de la enfermedad son muchos y son latentes. Voy a enumerar algunos y por ahí derecho pensamos alguna receta. Aunque como con todo mal, el tratamiento puede resultar errado, costoso, largo y muy tedioso de aplicar.

El primer síntoma es una especie de confusión mental de los conceptos fundamentales. Eso de la política como el gobierno de los pueblos para el bien común es un chiste que les da mucha risa a los muchachos cuando uno lo dice en clase. En alguna ocasión, en una charla sobre políticas públicas con jóvenes, les propuse que comenzáramos con una reflexión sobre lo que para ellos significaba la palabra política.  Un chico muy despierto, de unos quince años,  alzó la mano y dijo que el entendía por política lo que hacían unos señores que vivían en Bogotá, que se mantenían reunidos en un salón muy grande peleando y que además, le parecía, política y  politiquería eran lo mismo.

No recuerdo cómo salí de ese enredo, solo que este joven confesó  que esas ideas las había aprendido viendo los noticieros televisivos que rara vez hablan de los debates, de los proyectos o de los argumentos, y mucho se entretienen abriendo su emisión con la última pelea de perros de nuestros padres de la Patria.

El segundo síntoma se llama ignorancia. Buena parte de la juventud no sabe nada de política ni de lo político. Algunos porque esos asuntos les interesa un comino: son tarea de adultos, y ellos  andan preocupados en lo que falta para que aparezca el  iPhone 15, en ese amor que no llega, en esa serie que aún no lanzan.  Otros porque en su casa proscribieron el tema, e incluso han carecido del maestro que sembrara alguna inquietud política en sus tiernas almas.

La siguiente es una breve lista de las preguntas que me han hecho, a lo largo de los años, mis queridos estudiantes universitarios: ¿Profe, quién es y para que sirve un vicepresidente? ¿El Congreso es el Gobierno, cierto?¿En qué se diferencian la guerrilla y los paramilitares? ¿Quién es el ministro del Ministerio Público? ¿Providencia de los jueces es la de San Andrés? ¿Por qué hablan de choque de trenes si en Colombia ni hay carrileras?

En algún tiempo creía que mis estudiantes hacían esas preguntas por deliberada ignorancia. Seguí por  compadecerlos –son el resultado de nuestro modelo educativo, de lo que les hemos enseñado, del desgreño Estatal, de la indiferencia social –y terminé por entender que, al menos con sus preguntas, intentaban abandonar el caos mental con que buena parte de los ciudadanos andan por el mundo. No se me ocurre otra solución que insistir en la educación política que se da en la casa, en la calle, en la escuela. Ahí los maestros tenemos una gran labor.

El tercer síntoma es una enfermedad en sí misma. Yo la llamo enfermedad axiológica y de eso sí que conocen los colombianos. Un joven de Montería me dijo un día, sacando el pecho, que estaba muy contento por sus progresos en el ejercicio político: “Ya me ha tocado ir en un carro, de acompañante, a repartir plata a varios pueblos”. Cuando intenté cuestionarlo se defendió: “Pues, pero es que eso es normal, allá la cosa funciona así”. No es asunto solo de esa región, claro. Es cuestión de una sociedad que siente que vale más el poder y el dinero, que la justicia y la decencia.  Para este síntoma hay algo que llaman cultura ciudadana fundamentada en aprender el valor de elegir bien, pero esa es tarea a muy largo plazo que pocos, a no ser que los maestros de escuela y los padres de esos niños que apenas comienzan a crecer, podrían emprender con buenos resultados.

La falta de conciencia crítica y el apego a la tradición es el cuarto mal. Nos viene de familia, de cuna. “Yo voto por el que diga… mi señor padre”. Y pueden haber respuestas más cínicas o pueriles: “Es que de ese político sí dicen cosas, pero él es muy buena gente, y a mí, personalmente, no me consta nada”; “vine porque un  amigo mío me dijo que viniera, porque él le está haciendo un favor a un amigo que…”. En parte, así funciona el sistema de relaciones familiares que los políticos muy bien canalizan desde el manejo de las emociones. Que un joven pueda tomar distancia crítica y entienda que el voto es un asunto superior al de los buenos amigos requiere habilidades para la vida que se cimientan desde el propio hogar como el pensamiento crítico, el manejo de las emociones y la toma decisiones.

Terminemos este diagnóstico con la desesperanza aprendida. Se incorpora desde la casa, escuchando a tus padres comentar  el resumen de las tragedias del día, se perfecciona con el monólogo de algún taxista conversador para el que nada ni nadie valen, para el que todo anda mal y se va a poner peor. La desesperanza política en el mundo juvenil, al igual que en el mundo adulto, lleva aparejada dos consecuencias funestas: refuerza el relativismo axiológico: esto es, la idea de que, al fin de cuentas, todos los políticos mienten, todos algo roban, todos son, por tanto, igual de  culpables.

Por otra parte, la desesperanza lleva a la inacción, a la incapacidad de ejercer el más básico de los derechos civiles: el voto. Trabajar con la frustración me parece otra tarea titánica, más cuando aquélla se ha convertido en rencor. Podemos tardarnos una década antes de recuperar el voto de un abstencionista descreído.

No crea el lector que aquí se me olvidan los jóvenes inquietos que se cuestionan, que se inscriben, que se movilizan, que resisten de forma crítica, que se organizan y participan, que eligen y se hacen elegir,  que salen todos los días a la calle  a disputarse la palabra con la idea de que sí hay posibilidades de  un mejor país para todos. Ellos son mi única evidencia de que esta enfermedad puede tener cura.