La jugada que reconfigura la ruta al palacio de Nariño

¿CONSULTAS EN ESTADO DE COMA?

En la primera semana de diciembre de 2025, dos decisiones con efecto dominó, sacudieron el tablero electoral colombiano: Sergio Fajardo y Abelardo de la Espriella anunciaron que no participarán en las consultas interpartidistas de marzo de 2026 y competirán directamente en la primera vuelta. Ese paso redefine no solo estrategias partidistas, sino también el sentido político y fiscal de un mecanismo que buscaba unificar fuerzas.

Desde hace meses, la discusión sobre las consultas interpartidistas venía ocupando un lugar central en las agendas políticas: si celebrarlas, cómo agrupar a la centro-derecha y la derecha, y si tenían la capacidad de enfrentar la polarización que atraviesa a la sociedad colombiana. La renuncia de Fajardo (anunciada el 8 de diciembre) y la decisión previa de De la Espriella no son actos aislados: responden a una lectura fría de las encuestas, donde nombres como Iván Cepeda, Fajardo y De la Espriella aparecen con niveles de reconocimiento que los habilitan a jugar a cara descubierta en la primera vuelta. En términos prácticos, ¿para qué arriesgarse en una primaria si las probabilidades ya favorecen competir en el campo general?

La historia reciente ofrece lecciones inquietantes para quienes creen en las consultas como el instrumento decisivo. En 2022, la consulta del Equipo por Colombia consolidó a quien salió victorioso en ella; sin embargo, la sorpresa la puso un candidato que decidió no ceñirse a los circuitos partidistas y construyó su camino directo hacia la opinión pública. Esa dinámica mostró que la maquinaria partidista y las primarias no siempre traducen captura de votos en la elección real. El resultado: las consultas pueden conferir ventajas, pero no son garantía de éxito frente a candidaturas de fuerte carisma o discurso outsider.

Hay, además, un argumento técnico —y políticamente sensible— sobre la pertinencia del gasto público. Organizar consultas cuesta —y cuesta mucho—: logística, jurados, tarjetones, reposición de votos. En un escenario de estrechez fiscal y preguntas públicas sobre la prioridad del gasto, invertir cientos de miles de millones en un mecanismo que corre el riesgo de tener baja convocatoria y baja legitimidad constituye una exposición política y contable que pocos querrán asumir. Esa es, precisamente, la crítica que ya ronda en la opinión pública.

MIRADA HACIA 2026:

Con Fajardo y De la Espriella fuera, el tablero electoral se reconfigura: la primera vuelta recupera protagonismo y las coaliciones deberán operar más por incentivos post-electorales que por primarias preelectorales. Para los promotores de consultas, el reto es demostrar que ese mecanismo puede aún producir legitimidad y movilización real; para los electores, la elección de 2026 promete ser más abierta, volátil y dependiente del magnetismo personal de las candidaturas que de la unidad previa de los aparatos políticos.