La ira de los privilegiados: el antifeminismo como identidad de las nuevas derechas

María Elena Walsh plasmó en Sepa por qué usted es machista (Revista Humor, 1980) decenas de frases que hoy podríamos usar para describir a los políticos y militantes de la nueva derecha… Usted es machista:

  1. porque se siente dios, aunque no sea ministro”;
  2. porque en realidad le gustan más los hombres, aunque no ejerza”;
  3. porque no soporta la idea de un rechazo sexual hacia usted o hacia otro, y cree que la bella siempre debe estar a disposición de la bestia”;
  4. o “porque usted es un burro y, en lugar de corregirlo con tiempo y esfuerzo, lo disimula con agresividad”.

Cada ola y avance en derechos y justicia —ya sea para mujeres, individuos trans, homosexuales, migrantes, personas negras, y demás— provoca casi de inmediato reacciones que buscan frenarlo, revertirlo o deslegitimarlo, pues cada logro cuestiona privilegios históricos. Reconocer este patrón es clave para entender que los ataques al feminismo en todas sus manifestaciones forman parte de un proceso de larga data.

El cuerpo de las mujeres sigue siendo un campo de batalla en medio de una ola reaccionaria que se mueve al ritmo de los algoritmos. A las mujeres que viven su sexualidad con libertad se las castiga con desprestigio social, algo que, curiosamente, no les ocurre a los varones, los cuales tampoco son señalados cuando son padres ausentes o no pagan la cuota alimentaria. Desde niñas se nos inculca que debemos encontrar a un hombre que nos proteja y entregarle nuestra vida, cuidándolo como si fuéramos su madre y él un niño que recibe aplausos por lavar un plato o barrer en vez de ser tratado como un adulto funcional. Históricamente, las mujeres hemos sido criadas para creer que nuestro lugar es “el hogar”, girando alrededor de egos masculinos frágiles y relegando nuestras propias aspiraciones. Esa socialización persiste en la adultez y lleva a que muchas que no quieran ser madres o no tengan pareja perciban que han fracasado, convencidas de que su papel en el mundo es “ser madres y esposas”.

El silencio está llegando a su punto de quiebre y los ginófobos, al ver sus privilegios amenazados, actúan con ira y resistencia. El dominio sobre las mujeres está tan incrustado en la identidad masculina tradicional que, cuando ese control se ve limitado, algunos varones lo viven como una pérdida de “derechos”, como muestran Milei, Trump, Bukele, Kast y los influencers de la machosfera, la red global digital que difunde odio contra las mujeres. En las nuevas derechas en ascenso, el antifeminismo es un pilar de su identidad política y un eje de su proyecto inquisidor, donde exhiben su necesidad de dominar y humillar para calmar inseguridades nacidas de sus propias represiones y obsesiones patológicas con lo sexual.

El cuerpo de la mujer se convierte en una entidad que debe ser domesticada, achicada y reducida en espacio, replicando un canon que se nos impone con la misma cara a la inmensa mayoría. En cambio, muchos varones, fenómeno visible a diario en redes sociales, pueden no mirarse jamás al espejo, y pese a todo, sentirse jueces del cuerpo ajeno y decidir si una mujer está “gorda” o “fea”. La mujer queda degradada a objeto, según explicó Simone de Beauvoir —cuya obra continúa generando debate— al exponer que la idea de “mujer” fue configurada desde la mirada masculina.

Autoras de la talla de Beatriz Ranea Triviño invitan a “desarmar la masculinidad”, a la que define como un conjunto de mandatos socializadores que se forman dentro de entramados institucionales: una narrativa cultural y una construcción histórica y social que disciplina los cuerpos mediante “expectativas y mandatos que componen el reconocimiento de la hombría”. La masculinidad pertenece al terreno del reconocimiento, no del ser; implica demostrar constantemente al grupo de varones que “se es un hombre de verdad”, rechazar lo asociado a la feminidad a fin de ser admitido como tal e incluso buscar aprobación masculina a través del “humor” misógino. El hombre debe probar incesantemente que no es gay, ni afeminado ni mujer (considerados inferiores).

La vida cotidiana de las mujeres está surcada por estrategias permanentes de autoprotección, entre ellas evitar calles, compartir ubicación o avisar “amiga, llegué”, prácticas sin equivalente en la experiencia masculina. Todas vivimos o conocemos a una mujer que sufrió acoso en el trabajo, en la calle o en cualquier ámbito. Aun así, el antifeminismo insiste en que las denuncias arruinan carreras, hecho que contradice la doble llegada de Trump. Asimismo, repite mitos sin sustento: las denuncias falsas no llegan al 0,2 %. El panorama global es aún peor: de acuerdo con la ONU (datos de 2025), 840 millones de mujeres, casi una de cada tres, han sufrido violencia física o sexual. En el mundo, una mujer es asesinada por su pareja cada diez minutos. Esta transformación no será completa hasta que los varones también den un paso al frente: frenen a su amigo que cruza la línea, corten el chiste misógino, no miren para otro lado, denuncien si saben algo. Como dice Gisèle Pelicot, “la vergüenza tiene que cambiar de bando”.

Paradójicamente, muchas mujeres, incluso quienes ocupan cargos públicos y se declaran “no feministas”, olvidan que gracias a la lucha feminista hoy pueden votar, estudiar, trabajar, divorciarse, abrir una cuenta bancaria, ejercer los cargos que detentan, hablar en público sin temor a la hoguera y firmar lo que escriben sin recurrir a “anónimo”, en palabras de Virginia Woolf. Critican al feminismo diciendo que “se pasó tres pueblos” o que es “radical”. Pero cuando nos llamen “extremistas” por exigir que cesen los asesinatos y abusos contra mujeres, hay que recordar que en un mundo donde la justicia sigue en manos de quienes se benefician del silencio y del machismo institucionalizado —como demuestra el caso Epstein—, reclamarla de manera efectiva en favor de las mujeres violadas, abusadas o asesinadas no es un exceso, sino un deber.

Antonella Marty

Escritora y profesional en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas, de origen argentino. Es autora de varios libros publicados por Deusto, entre ellos «El manual liberal» (2021), «Todo lo que necesitas saber sobre…» (2022), «Ideologías» (2024) y «La nueva derecha» (2025).

Su trabajo se centra en el análisis del auge de la nueva derecha, el narcisismo político y la creciente intersección entre religión y poder.

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