Diarios de cuarentena Opinión

“La humanidad no se salvará por soñar”: Diarios de Cuarentena

Y vi caer mi fuerza.

Ayer, antier… Ya no sé que día.
Caía lenta desde la altura de mi cintura.

Al chocar con el piso dio un sonido de un bolso con mucho contenido.

Ruido del cuero, ruido de llaves, ruido de monedas al salir de la billetera, del teléfono, de etc…

Quedo sin ese peso en mi hombro y aun así siento que mi cuerpo no responde.

Que difícil llegar hasta mi cama y recostarme.

No siento hambre, no siento sed. No siento. Simplemente.

Duermo.

Y al despertar veo el sol por mi ventana y quiero bañarme en él.

Siento hambre. Busco fruta. Mi papaya de desayuno que siempre disfruto.

Salgo a mi balcón y me dejo llenar de sol. Me dejo llenar del sonido de los pájaros, del vuelo de las mariposas y de ese verde del frondoso árbol que tengo al lado.

Recojo mi fuerza.

Y de nuevo mi día comienza.

-Marta Lucia Fernández, 65 años

Conquistadores, Medellín

 

 

UNA CARTA A MI MISMA

En épocas de COVID y pandemia, me pregunto constantemente sobre  aquello que me hace sobrellevar mi existencia cuando la humanidad pareciera estar en declive, cuando la incertidumbre amarga la esperanza y cuando estamos a la espera de las vicisitudes de nuestra libertad.  Las circunstancias universales han cambiado, las contenciones globales afloran y desconocemos el espejismo del nuevo orden;  por esto, me hago una carta a mi misma, para comprender qué ha sido de mi vocación -ya que no comprendo la del mundo- y por lo tanto, vindicar mi existencia.

En el placer de mi soledad, he sostenido un monologo determinado conmigo  y me he preguntado algunas cuestiones que parecieran haberme incomodado antes, porque para respondérmelas, postergué la consciencia y el ejercicio de pensar, lo cual debe  ser lo único que jamás dejemos de hacer.

Encerrada, me pregunté lo siguiente:

¿qué ha sido de mi libertad?¿está mi libertad atada a mi felicidad?

¿qué me ha hecho realmente feliz? ¿a qué he dedicado mis últimos años de vida?

¿a encontrarle significado a la justicia? ¿a luchar por un mundo que no le de cabida a lo insostenible? ¿a tratar de retribuirle a la humanidad un poco de lo que ella ya me retribuyó a mí? ¿ a querer servirle a los demás, quizas? Pero… ¿Para qué servirle a los demás? ¿acaso el ser humano -hablando del yo como individuo- no tiene mil necesidades en sí mismo?  yo por ejemplo, tengo muchas necesidades, miedos y desiluciones  y  nadie vive sólo de amor y sueños, la humanidad no se salvará por soñar.

Es ahora, cuando  recuerdo a Calderón de la Barca:

“Yo sueño que estoy aquí

de estas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.”

Sin embargo, en mi frenesí y en mi  tergiversada vida,  he considerado que ayudar a los demás, es una puerta para olvidarse de sí  y  de la mundana percepción de la realidad que el individuo vislumbra.

He sentido alguna vez, la mezquina sensación de no querer estar en mi  cuerpo ni un segundo más.  Ha sido  frustrante para mi pensar que el espíritu está condenado a la carne y al egoísmo intrínseco de la existencia humana, ha sido frustrante entender que el cuerpo cambia, se modifica, envejece y se transforma, hasta culminar sus procesos químicos, pero que la conciencia humana nunca  podrán escapar de ahí, de lo estático o de lo corporal. Estamos atrapados a perpetuidad e  inevitablemente  en una prisión de carne, la cual es frágil y efimera. Tan efímera, que los telones de la  conciencia se cierran coetaneamente a  la finitud  biológica del cuerpo;  ya que lo esencial del ser, es su transitoriedad, su huella fugáz en el tiempo- espacio.

Es por lo anterior, que me he preguntado varias veces sobre el significado y la utilidad de mi existencia, o al menos, la razón nuclear de seguir sosteniendo lo insostenible: la vida.  Y aunque muchas veces no encontré respuesta -porque la vida no tiene significado o fin-, hoy me hago una carta a mi misma, y a los demás, sobre cómo y bajo qué pilares hago que opere mi existencia y la fuente principal de mis momentos de alegría y tranquilidad.

La existencia, tan inevitable y dolorosa, la he sabido llevar tan sólo de dos maneras: la primera, consiste en mi propio sentido “Eigensinn” y reflexión ante la vida – le agradezco a Herman Hesse profundamente por haberme dilucidado en el concepto positivo de la obstinación- creer en lo correcto de mi consciencia y seguir la fuerza de mi corazón, creer en la naturaleza de mi humanidad y serle fiel a mis principios, los cuales, han iluminado mi camino.

La segunda  manera, es con una virtud humana que valoro mucho, la empatía, la perspectiva subjetiva ante toda situación  en la vida. Ponerme en el lugar de los demás y  tratar de entender. Hoy, quiero hablar de ésta forma de ver la vida, en vez de aquella.

En mi experiencia personal, la empatía es lo que nos permite salir de nuestro cuerpo al comprender que el  dolor propio no significa nada  en comparación con el dolor de la humanidad entera  -concepto heredado de mis abuelos y bisabuelos para mitigar el egoismo de las conductas malcriadas-. Ahora, se me hace util como ejercicio, tan solo un segundo en el  día, pensar en el número de personas que sufren en el mundo e imagínarme el sin fin de razones que recaen   en la humanidad para sentir dolor  desde la  individualidad hasta la colectividad ¿Cuánto suman estas fuerzas de dolor? -en caso de que el dolor fuera mesurable, claro está- ¿Cuánto representaría el hermetismo de nuestros problemas al confrontarla  con la anterior suma? ¡no es nada! Nuestro dolor por si solo, es un pequeño grano de arena en un gigante arenal o más bien, en un gigante valle de lamentos.

De tal manera que despues del ejercicio de pensar en la inmensidad del mundo y en el inmesurable  numero de lamentos, por un segundo, logro salir de mi individualismo nocivo. Ponernos en otros lugares y entendernos como sociedad, nos hace fundar aquel concepo  que se sostiene en el tiempo   y es por esto que debemos luchar por NUESTRA HUMANIDAD y por lograr en instantes del día, salir de nosotros, trascender de la existencia para dar un salto hacia a la empatía. Ayudar y servir  permite conservar el  espíritu libre y la mente fluida. La vocación solidaria y la prevalencia de los intereses colectivos sería a mi juicio, el giro que la humanidad debería estar dispuesta a dar. Tratémonos con compasión e inteligencia, que los nuevos imperativos morales podrían ser aquello que nos permitan quedarnos en la naturaleza.

-Sofía Hincapie, 23 años
El Retiro, Antioquia

 

Nota:

En Al Poniente quisiéramos saber cómo ha sido la experiencia de las personas en este tiempo que llevamos confinados en nuestros hogares. Decidimos crear los Diarios de Cuarentena, con la intención de comunicar los sentimientos, sensaciones y experiencias vividas que sentimos en estos momentos insólitos para nuestra especie, a raíz del confinamiento.

Si quieres contarnos cómo ha sido tu experiencia en esta cuarentena, escríbenos tu testimonio al correo [email protected] Estaremos recopilando todos los relatos que nos lleguen. Les pedimos que nos dejen sus nombres, sus edades y el barrio en el que vive. Pero también, si desean, se puede publicar con un seudónimo o anónimamente.

 

 

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