La fotografía sobre la mesa: por una vez en la vida dejarlos ir

Recordé hace poco, apropósito de la visita de unos familiares que llegaron del exterior a pasar diciembre en la ciudad de Santiago de Cali, a la escritora norteamericana Joan Didion y su libro Noches azules (Un libro que, sin proponérselo, hizo una contribución enorme para ayudarme a sobrellevar la pérdida de mi padre). Entre las actividades que estas dos hermanas planeaban realizar en Colombia estaba la exhumación de los restos de su señora madre. No era un viaje turístico ni nostálgico: era un definitivo, silencioso, casi ritual, de enfrentarse a la ausencia.

Didion vuelve al duelo en Noches azules. A dos duelos en realidad: el de su esposo y el de su hija. Pero lo hace sin concesiones sentimentales ni frases de consuelo. Con una audacia escritural poco común, convierte su intimidad —esa cercanía descarnada con la pérdida— en una experiencia universal. No escribe para sanar, escribe para comprender. Y en ese intento, nos recuerda que el duelo no es un episodio pasajero, sino un territorio que se habita, aunque creas que puedes prepararte para ello, nunca se está.

El duelo nos llega con estruendo. No irrumpe: se instala. Se sienta a nuestro lado cuando ya nadie más está, cuando el ruido del mundo vuelve a su cauce y uno queda a solas con la ausencia. Joan Didion tenía razón: el duelo es un lugar desconocido hasta que se habita, y una vez adentro, todo resulta inútil. Nadie sabe explicarlo porque nadie vuelve allí siendo el mismo.

Sabemos —en abstracto— que los seres amados mueren. Lo sabemos cómo se saben las fechas históricas o las tragedias lejanas: con una conciencia fría, sin cuerpo. Pero cuando la muerte sucede, cuando deja de ser una idea y se convierte en un hecho, el conocimiento ya no sirve. La razón se repliega. El sentido se disuelve. Y uno queda suspendido en una espera absurda, convencido —contra toda lógica— de que el asunte va a regresar.

Un instante prolongado donde el corazón insiste en negar lo que la realidad grita. Miramos el teléfono esperando un mensaje imposible. Dejamos intactos los objetos, como si moverlos fuera una forma de traición. El muerto no está, pero gobierna. Su ausencia organiza el vacío, marca el ritmo de los días, impone una nueva forma del silencio. No duele solo que se haya ido; duele que el mundo siga funcionando sin pedir permiso.

Hay momentos en los que el dolor se parece peligrosamente a la locura. No porque hayamos perdido la razón, sino porque la razón resulta insuficiente. El duelo no es un pensamiento: es una fisura. Nos rompe por dentro y nos obliga a vivir con ese quiebre. Nadie enseña a travesar esa experiencia del sinsentido, y, sin embargo, se espera que lo hagamos con discreción, sin incomodar, sin alargar demasiado la pena.

Pero Didion escribe algo aún más incómodo, casi insoportable: si queremos seguir viviendo, llega un momento en que debemos renunciar a nuestros muertos. Dejarlos ir. No como un gesto de frialdad, sino como un acto de supervivencia. Porque aferrarse eternamente al ausente es quedarse a vivir en el desasosiego. Amar no debería significar quedarse detenido en el instante de la pérdida.

Renunciar no es olvidar. Renunciar es aceptar que el amor cambia de forma. Que ya no habita el cuerpo del otro, como bien dicen algunos: “nadie muere del todo, si permanece en el recuerdo de otros” la memoria. Que el muerto deja de ser presencia para convertirse en relato, en fotografía sobre la mesa, en una voz que regresa solo cuando la llamamos. Es duro admitirlo, pero hay un momento en el que debemos permitir que mueran, otra vez, dentro de nosotros, para no morir con ellos.

El duelo no se supera. Se aprende a llevar con él. Como se aprende a convivir con una cicatriz que a veces arde cuando cambia el clima. Hay días buenos, días peores, y otros en lo que el pasado irrumpe sin aviso. Lo importante —si algo puede llamarse importante en medio del dolor— es no negar la herida ni apresurar su cierre.

Tal vez la forma más honesta de atravesar el duelo sea esta: permitirse sentir, permitirse recordar, y finalmente permitirse soltar. No para borrar al que se fue, sino para poder quedarse. Porque vivir, al final, no es traicionar a los muertos; es hacerles espacio en el recuerdo sin que nos impidan seguir respirando.

Y quizás ese gesto íntimo, silencioso y profundamente humano —dejar ir — sea el último acto de amor que podemos ofrecerles.

Andrés David Arana Gutiérrez

Investigador Académico, consultor y asesor en temas relacionados con Geopolítica y Geojurídica Digital e Inteligencia artificial. Columnista y articulista de medios escritos digitales nacionales e internacionales. 

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