La fábrica de la esperanza: el capitalismo político y la empresa electoral de izquierda previo a las elecciones

La política colombiana no se estructura como práctica a través de ideas enfrentadas, sino de maquinarias electorales que están extrayendo recursos ciudadanos. El fenómeno ha arribado a la izquierda partidista. El político de izquierda profesional no está liderando movimientos de masas: están administrando el descontento como quien gestiona una franquicia.

El factor explicativo se encuentra en el presupuesto público. El presupuesto engendra una práctica de mediación; el político gestiona recursos con todo aquello que dicha relación implica o sugiera, partiendo del hecho que, la inversión pública no está para financiar transformaciones reales solamente, sino para alimentar la maquinaria que garantiza su propia supervivencia electoral.

Estamos ante el capitalismo político en su forma más descarnada: un sistema donde el acceso anticipado a contratos y puestos burocráticos genera el valor que mantiene engrasada toda la estructura de la franquicia: de amigos, de familiares, de aliados pragmáticos, de trabajadores electorales. Es el paso previo a la burocratización del discurso al que nos avocamos ante una posible continuidad del progresismo nacional.

Esta lógica convierte al “cambio” en un producto de consumo masivo, atractivo en campaña pero amarrado en la burocracia después del triunfo. La rabia popular, inicialmente auténtica y disruptiva, entra a una trituradora institucional que la convierte en indicadores inofensivos y reportes de gestión. La indignación ciudadana queda anestesiada por tecnicismos. La fábrica electoral no persigue la transformación del país inmediatamente; persigue su propia permanencia, reduciendo la política a un intercambio de favores entre profesionales de la gestión pública.

Lo más escandaloso de este modelo es su capacidad para cooptar incluso a los críticos internos del sistema. Activistas que alguna vez denunciaron la corrupción terminan negociando cuotas burocráticas. Académicos que exigían rupturas radicales ahora diseñan programas piloto con impacto, fiscal. La maquinaria absorbe la disidencia ofreciéndole un escritorio, un salario y la ilusión de incidir desde adentro. Así, el aparato se retroalimenta: cada generación de descontentos es domesticada, neutralizada y reciclada como cuadro técnico del mismo sistema que prometieron desmantelar. La revolución deviene consultoría.

Advierto sobre la empresa electoral de izquierda que funciona como un sistema que devora esperanzas colectivas y las convierte en rentas burocráticas en este momento pre electoral. Colombia así no avanzará hacia la justicia social; sino hacia un simulacro anémico de reforma, administrado por élites progresistas que cambiaran la ética por las hojas de balance. Un estancamiento donde lo patrimonial sobrevive disfrazado de progresismo, asegurando que cada demanda social muera tranquilamente en el escritorio de un funcionario ya es un fenómeno cabalgante y potencial.

Tiene sentido la proyección del Presidente Gustavo Petro, acción política estratégica hoy debe enfocarse hacía la constituyente y la destrucción creativa del Estado colombiano.

Julián Andrés Granda

Sociólogo marxista de la Universidad de Antioquia, Colombia; Magister en Estudios políticos Latinoamericanos con la tesis titulada el pensamiento político revolucionario de Luis Vitale Cometa por la Universidad Nacional de Colombia. Defensor del socialismo científico. Candidato a Doctor de la Flacso Ecuador; miembro del Pacto Histórico.

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