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La dicotomía de ser colombiano

La búsqueda por el conocimiento sobre Colombia suele sumergir a los curiosos por dos tipos de senderos: el de la esperanza y la utopía o el desencanto y el pesimismo. De este país podríamos pensar cómo viven sus habitantes o las mil maravillas de las que goza su ecosistema, pero es ante todo su historia la que da paso a esta enorme dicotomía.  Una historia que ha sido saboteada y compuesta de mentiras e imprecisiones por quienes han tenido el poder de adecuarla a su conveniencia y además, la ausencia de otras verdades, puesto que aquellos que han querido revelarla; o han sido sobornados o los han asesinado. Dichos fenómenos han avivado las grandes dramaturgias de Colombia, haciendo que los relatos constitutivos sobre nuestra identidad no tengan cabida ni lugar.

No es extraño que un país como este haya parido un nobel de literatura cuya obra cúspide tuviera rasgos del realismo mágico, que, más que una figura literaria, se trata en este país de una expresión viva y fehaciente que puede apreciarse en todo nuestro alrededor. La magia de García Márquez no estuvo tanto en la fascinación que tuvo Aureliano Buendía por conocer el hielo como sí en saber que Colombia es un país hace posible lo imposible y viceversa.

Que no son Homo Sapiens Sapiens los que en esta tierra habitan, sino Homo Oximoronus (Los hombres que se contradicen) los que, desprolijos de su naturaleza, han formado esta nación a punta de dicotomías políticas; marcada por la creencia inexorable de falsos profetas y los creadores de odios; que han llevado la enemistad política a todos los ámbitos de relación social. Este tipo de religión y de simpatizantes han generado condiciones propicias para generar un desprecio progresivo sobre el otro. Lo cual impide verlo como a un igual o como a un sujeto con cualidades destacables que puede aportar a la construcción de su sociedad y del Ethos Político.  Quizá por esto, cuando se pone la palabra ética sobre la mesa suele verse con desdén, mientras que, paradójicamente, su ausencia ha permitido que la corrupción anude dentro de cada uno de nosotros; llevándolo a las esferas más duras del poder y a los eventos más simples de la cotidianidad.

Ser colombiano es algo así como saber que uno va a estrellarse y consciente de ello decide acelerar. A lo mejor porque guardamos dentro una falsa creencia de inmortalidad que nos anestesia, pero no nos mata, y por eso, aunque no hemos logrado estar bien, tampoco hemos estado lo suficientemente mal como para hacer algo al respecto. Si el lector concuerda conmigo en esta afirmación, podrá cruzar la relación de como un mismo país puede alcanzar los escalafones más altos en materia de desigualdad, abstencionismo electoral y desconfianza política, y a pesar de eso, ser catalogado como el segundo país más feliz del mundo.

Lo anormal, aquí es normal. Aquí los pájaros les tiran a las escopetas (y las escopetas van a la cárcel). Lógicas enfermizas que se naturalizan y que suelen impedir trasformaciones de fondo para un bien mayor o colectivo, pues es Folklor echar mano de excusas y pretextos para no asumir nuestras responsabilidades, ni la existencia de los otros ni el lugar que habitamos.

Pero no nos llenemos de falsas esperanzas, no todo está perdido. Quizá García Márquez se haya equivocado y si tengamos una segunda oportunidad sobre esta tierra, pero hará falta más que coraje, tiempo y una cátedra por la paz. El tiempo que hoy se nos ofrece nos permite establecer nuevos valores, o reforzar aquellos que valen la pena; podemos reinventarnos y establecer nuevos designios. La educación y los conocimientos aprendidos jugarán un papel importante y nos exigirán tomar decisiones, habrá pues, que escoger por aquellas que sean más justas, aunque en el proceso existan personas que no lo hagan. No sé trata aquí, de que nuestros actos vayan a cambiar al mundo, o quizá sí (aunque sea un poco), y sobre esa pequeña utopía habrá que aferrarse si buscamos que aquellas ficciones como la política, el dinero o los derechos humanos propendan realmente a la consolidación de una vida más digna para cualquiera… Para todos.