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Vivir una decepción a fondo, sin huir, te quita la venda de los ojos para hacerle el quite a la euforia de la promesa
Si identificas algún hedonista, regálale una desesperación tan honda, que descubrirá que es un contra para las falsas ilusiones y los caminos inútiles.
Las muchas promesas disminuyen la confianza
Horacio
Hace un tiempo leí la novela “Bajo las ruedas” de Hermann Hesse. Y sigue siendo vigente y aterradora. Se trata de la historia de Hans Giebenrath, un niño prodigio cuya inteligencia precoz es descubierta, celebrada y, finalmente, devorada por un sistema hedonista que no la supo cuidar porque estaba demasiado ocupado formándola.
Por lo que acudo a esta novela para plantear la defensa de la decepción, la que los hedonistas evitan porque los devela mezquinos. Y es que, en la era digital, los hedonistas están en todas partes y los peores se disfrazan de buenos amigos. Lo hacen tan bien que ni te das cuenta. Pero se les puede descubrir si se acude a la decepción. Decepción que me ha permitido identificar cuatro clases de hedonistas.
Están los hedonistas parce bacano. Son los más jodidos porque están demasiado cerca. Son los más peligrosos y hay que evitarlos a toda costa. Usualmente rondan el milagro de la amistad. Pero, con el paso del tiempo, pelan el cobre cuando se sienten seguros. A estos les gustan los disfraces. Les encanta estar en grupos de yoga y aman la literatura de superación personal. Son expertos en fabricar promesas. Los puedes identificar cuando les abres el corazón para exponer algo que te agobia. Ellos te hacen creer que te escuchan, pero a los minutos te interrumpen (adoran interrumpir) y luego llevan tu relato a su espacio personal, a su bien sabida experiencia personal y, de frente, sin que puedas hacer nada, te embolatan con frases como: “según mi punto de vista, desde lo que yo viví, a mi modo de ver, desde mi experiencia personal”. Y así, te someten a su hediondo espacio personal. Espacio grumoso que gira en las dos caras del ego. Una: exhiben lo que tienen, desde lo material y sus pensamientos abstractos. Dos: se victimizan por lo que no tienen y se merecen, por lo que el mundo debe detenerse porque son los sufrientes. Sí. ¡Los sufrientes! Y hay que atenderlos como a una estrella reguetonera.
Están los hedonistas pulcros. Se caracterizan por decir que son buenas personas. Y se esfuerzan por ser simpáticos, por estar bien peinados, por ir a misa los domingos, llevar la ropa bien planchada. Se les ve en eventos sociales, en restaurantes caros, en salones de baile. Les gustan las telenovelas y los reality show de Caracol y RCN. Se saben las historias de los vecinos, sobre todo lo referente al pecado. Son expertos en mirar la paja en el ojo ajeno y les encanta mirar a los otros por debajo del hombro. Estos leen poco, casi no leen y, como ningún otro hedonista, necesitan la anestesia de la palabrería y no la certeza de los hechos.
Están los hedonistas forja. Son los que desde pequeños les enseñaron que hay que escuchar al otro, no ser groseros, ser personas que aporten a la sociedad, tener una casa y jubilación. Estos son incapaces de identificar lo que quieren. Se anteponen al otro. Viven en el mundo de las fantasías que, usualmente, no coinciden con lo que viven. Necesitan a quien admirar e idolatran al jefe, a la pareja, al profesor. Se les identifica porque siempre están perfumados. Son sospechosamente aseados. En las conversiones se escandalizan cuando se habla de las flatulencias o los olores corporales. Lo que les interesa son las experiencias extraordinarias como encontrar el amor en una fiesta de barrio, ganarse la lotería o ser alguien famoso. Les encantan las redes sociales y verse a sí mismos en sus publicaciones, en los espejos, en cualquier vitrina. Por lo general, son callados y quieren pasar desapercibidos. Aunque son los más envidiosos y se angustian a solas, ante el bienestar de los demás.
Por último, están los hedonistas pseudointelectuales de culto. Son los más letrados. Se especializan en promover el “deseo”, que es una necesidad urgente e infantil que intenta forzar la existencia de algo para que la “esperanza” sea una baratija de optimismo y no el consuelo de que la vida tenga algo de sentido. Así logran, con discursos convincentes, retóricos, quedarse en las tierras cómodas del quejido y de las ideas fijas. Temen abandonar las fantasías por miedo a no ser aprobados y desean, desde la superficie de su reflexión, amar sin sacrificio y recompensas sin esfuerzos. A estos, se les ve liderando grupos de oración, campañas políticas, acciones comunales, barras bravas o religiones de garaje. Son los más jóvenes y visibles de todos los hedonistas. Caminan erguidos y, tratan, adrede, exhibir una seguridad antihigiénica que, ante el primer fracaso, se taja y se queda en el supositorio del gran artista. Por eso, necesitan pertenecer a un grupo y explicarlo todo, así desconozcan de lo que hablan. Tal vez por ello, para ocultar su ignorancia, sufren de verborrea crónica. Además, se enojan con facilidad, se ríen sin chiste, hacen rifas, defienden las tradiciones, estrenan ropa los viernes santos y los veinticuatro de diciembre.
Si identificas a estos hedonistas y otros, regálales una desesperación tan honda, que descubrirán que es un contra para las falsas ilusiones y los caminos inútiles. Y si no lo descubren, no importa. Es problema de ellos. Al menos tú sabrás que vivir una decepción a fondo, sin huir, te quita la venda de los ojos para identificar que la decepción es un “proceso oponente” que te da el equilibrio necesario para hacerle el quite a la euforia de la promesa. Por algo el amor es ciego y la separación lucida. Porque sólo con la decepción que regala el divorcio se puede ver con claridad los errores. Así, sólo así, ya no te encontrarás tan bueno y eso es muy bueno.













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