¿Cuántas críticas se han escrito sobre la figura de Javier Milei y su gestión en Argentina? A mi juicio, no las suficientes, al menos no desde la vereda ideológica a la que virtualmente pertenece el actual mandatario argentino. Y las que se han escrito han sido objeto de una campaña organizada de desacreditación: intelectuales de la escuela austriaca como Hans-Hermann Hoppe, escritoras como Antonella Marty o cualquiera que cuestione la honestidad intelectual y su ética, son sistemáticamente acosados por un fanatismo caudillista más preocupado de elevar la imagen del argentino que de defender de manera coherente los principios éticos y filosóficos que rigen al liberalismo clásico y al libertarismo.
“¡Pero es que Milei es el único que defiende las ideas de la libertad! ¡Eres una liberprogre, compañera de ruta de la agenda totalitaria de la izquierda internacional! ¡La supuesta corrupción es solo manipulación y lawfare de los medios zurdos-progres de la ONU y la Agenda 2030!”. Tal argumento parece un chiste; no obstante, de manera no irónica, resume la mayoría de las discusiones en redes sociales al respecto. Términos peyorativos como “liberales de café”, “liberales de copetín”, “liberprogres” o “zurdos” se repiten incesantemente y sin respaldo, impulsadas exclusivamente por el instinto de resguardar al caudillo sin importar nada más.
A la luz de lo anterior, ¿es realmente impoluta la figura de Javier Milei? El caso más emblemático ocurrió en febrero de 2025, cuando Milei promocionó en sus redes sociales la criptomoneda $LIBRA. El token subió de manera explosiva y colapsó en horas. Desde entonces y hasta los primeros meses de 2026, diversos peritajes judiciales revelaron contactos comprometedores entre Javier Milei, Karina Milei y Santiago Caputo con el promotor Mauricio Novelli, tanto antes como después del lanzamiento. Actualmente existen denuncias por estafa y tráfico de influencias, entre otros cargos.
Lamentablemente, no se trata de un caso aislado. En agosto de 2025 se detectaron irregularidades en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), donde audios filtrados del exdirector Diego Spagnuolo (abogado personal de Milei) revelaron sobreprecios en compras de medicamentos con comisiones que beneficiaban directamente a Karina Milei. Hasta ahora, únicamente Spagnuolo ha sido procesado por cohecho y asociación ilícita, junto a otras quince personas imputadas entre funcionarios y empresarios. Más recientemente, en marzo de 2026, el jefe de gabinete Manuel Adorni comenzó a ser cuestionado por gastos incompatibles con sus ingresos declarados, lo que llevó a la diputada Marcela Pagano (ex LLA) a pedir una investigación por enriquecimiento ilícito. Adorni respondió que no tiene nada que esconder y fue avalado por el presidente.
Esto ya debería encender más de una señal de alerta. Aun así, el argumento de “es que él defiende la libertad y el libre mercado” persiste. Con todo, ¿lo hace de verdad? Si bien la carga impositiva en relación al PIB ha disminuido a nivel formal hasta aproximadamente el 22 %, y la inflación también ha cedido, en la práctica la mayoría de las reducciones impositivas han favorecido a sectores exportadores que ya recibían beneficios estatales de otras formas. El IVA se mantuvo, el monotributo aumentó paulatinamente y el impuesto a las ganancias de cuarta categoría fue restituido, afectando principalmente a la población asalariada, que no necesariamente ve reflejado en su bolsillo el efecto macroeconómico de la baja inflacionaria.
Viniendo de un presidente que reivindicaba a Hoppe y Rothbard como su norte intelectual, resulta, cuando menos, curioso el rumbo de ciertas políticas económicas, incluyendo el salvataje de 20.000 millones de dólares proveniente del gobierno de Donald Trump, que pese a haber sido posteriormente pagado, deja un precedente revelador: Milei es capaz de adoptar políticas que él mismo habría calificado antaño de “keynesianas” y que autores como Ludwig von Mises, de estar vivos hoy, probablemente habrían criticado con dureza. En rigor, más que un héroe radical del libre mercado, su perfil se aproxima al de un neoconservador al estilo Reagan: objetivamente más libremercadista que el kirchnerismo, aunque sustancialmente alejado del enfoque pro-libertad radical que su movimiento vende.
Y no es solo una cuestión económica, ni un debate estéril entre escuelas de pensamiento sobre fracciones de puntos del IVA. Milei también ha profundizado la llamada “guerra contra las drogas” y ataca sistemáticamente a los periodistas como “casta mediática”, generando temores legítimos sobre eventuales políticas de censura. Un ejemplo concreto fue la polémica alrededor del monólogo de Tomás Rebord en el programa Hay Algo Ahí, donde su crítica en clave de humor sobre los constantes viajes de Milei a Israel, incluyendo un chiste sobre el Muro de los Lamentos, le valió una denuncia por antisemitismo apoyada públicamente por el mandatario. Que un presidente que se proclama defensor de la libertad individual respalde una denuncia contra un comediante por un chiste levanta dudas serias sobre el compromiso real de esta administración con la libertad de expresión.
Milei dice que el Estado es la mayor organización criminal de la historia, y sin embargo, al ser jefe de Estado, sería, paradójicamente, su cabecilla. “¡Viva la libertad, carajo!”, pero se ataca la libertad de expresión y el pensamiento de masa acorrala a cualquiera que ose contradecir al líder supremo.
Plantear esto no tendría por qué provocar controversia, sobre todo cuando existe un patrón sistemático y constante de contradicción y deshonestidad intelectual. Las voces que lo han denunciado han sido víctimas de la turba caudillista, y mientras los principios que sostienen al libertarismo son reemplazados por el culto a Javier Milei, el movimiento seguirá agonizando, asesinado por la misma figura que fue ensalzada como su héroe.
La libertad va más allá de las decisiones públicas y de los caprichos de los gobiernos. La libertad no es una persona. La libertad individual, la verdadera, precede a los políticos y sus intereses, y existe en una pugna constante contra las fuerzas que buscan amedrentarla, incluso aquellas que dicen protegerla.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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