“Estos contenidos en redes no buscan convencer racionalmente, sino saturar el espacio público digital, amplificando narrativas de victimización y colonialismo permanente. La captura de un líder autoritario se resignifica así no como una oportunidad para la justicia, sino como prueba de una conspiración imperial, alimentando un imaginario de agresión externa que cohesiona identidades políticas en crisis.”.
En la era de las redes sociales, los acontecimientos políticos ya no se miden solo por su impacto institucional, sino por su potencial visual, viral y emocional. El éxito se mide por la capacidad de generar debates superfluos y carentes de contenido. La noticia perfecta no es la más realista —es la que más engagement tenga.
Esa noche, mientras mi atención era secuestrada por el scrolling infinito de la pantalla negra de mi smartphone, poco a poco empezaron a aparecer videos de Venezuela sobre la intensidad de una operación militar que hasta ese momento no se sabía que era estadounidense. Sin darme cuenta, la novedad de la noticia y sus altisonantes comentarios me mantuvieron varios minutos más hasta darme cuenta que ya era entrada la madrugada.
La captura de Nicolás Maduro ilustra esta lógica: más que un hecho jurídico o geopolítico, se convirtió en un espectáculo mediático global. Sus múltiples alocuciones del pasado, incluso sus primeras palabras y sus gestos una vez capturado, revelan una variabilidad performativa en su actuar.
La pregunta incómoda es inevitable: ¿importa más la imagen de Maduro capturado que los procesos de reconstrucción institucional que deberían venir después? En el ecosistema digital contemporáneo, la respuesta suele inclinarse peligrosamente hacia lo primero. Es el trending topic de las redes sociales.
La política ya no se consume como proceso, sino como narrativa condensada en imágenes, clips y memes —en la cultura de la inmediatez y lo desechable. La caída del líder autoritario funciona como contenido perfecto: dramatismo, efectos visuales, la noche oscura, un villano identificable, un arquetipo de héroe o antihéroe, y un aparente cierre moral. Estos elementos ya dibujan la siguiente película o serie de streaming. ¿Cuál será? ¿Netflix, HBO… quién la haga primero? Pero esta espectacularización tiene un costo alto: desplaza el debate de fondo sobre justicia transicional, rediseño institucional, cambios en la mentalidad del organismo social, fenómenos migratorios y reparación.
Este fenómeno no es espontáneo. En eventos de alta carga simbólica operan bots, granjas de trolls e influencers prepagos, especialmente desde corrientes políticas de izquierda radical. Su objetivo no es informar, sino activar emociones negativas: malestar social, resentimiento histórico y animadversión hacia las democracias occidentales —en especial hacia Estados Unidos como enemigo externo conveniente. La izquierda parece necesitar dos cosas para subsistir: la presencia de pobres (que ni el mismo Jesucristo prometió acabar en la vida terrenal) y la presencia de Estados Unidos en el plano geopolítico internacional.
Jesús, lejos de ser políticamente correcto, fue sensato. El movimiento progresista promete ir más allá que Jesús —o al menos eso parece. Hoy Jesús sería cancelado por distintas corrientes de los movimientos woke. Pero fue realista: “pobres siempre tendréis con vosotros”. Como dicen: ¡ni Jesucristo se atrevió a tanto!
Estos contenidos en redes no buscan convencer racionalmente, sino saturar el espacio público digital, amplificando narrativas de victimización y colonialismo permanente. La captura de un líder autoritario se resignifica así no como una oportunidad para la justicia, sino como prueba de una conspiración imperial, alimentando un imaginario de agresión externa que cohesiona identidades políticas en crisis.
El problema no es solo la desinformación, sino la arquitectura emocional del conflicto. Cuando la política se reduce a indignación permanente, el ciudadano deja de ser sujeto crítico y se convierte en consumidor de agravios. La viralidad reemplaza a la deliberación; el meme sustituye al análisis; la irreverencia desplaza los argumentos. Cuando la emocionalidad sustituye la racionalidad el ciudadano se convierte en la principal materia prima de la cultura del espectáculo.
Mientras tanto, los procesos verdaderamente complejos —reconstruir instituciones, restablecer la confianza, reformar sistemas judiciales, sanar el tejido social— quedan fuera del foco. No generan clics, no producen épica inmediata, no se prestan al espectáculo. Obligan al espectador a informarse racionalmente, algo agotador hoy para el ciudadano digital, famélico de dopamina instantánea. ¿Será que solo queremos procesos de pensamiento cortos, instantáneos y desechables en lugar de entretejer procesos de pensamiento complejo?
Tal vez El Cuarteto de Nos tenga razón en su canción Mario Neta: “Y un tipo hablando con lenguaje complicado / Dice que solo queremos estar ocupados / Para no ver la realidad, y la vida tal cual es / Y que hay que terminar con tanta estupidez”.
Así, la captura de Maduro, en lugar de abrir un tiempo de reflexión profunda sobre el futuro de Venezuela y de la región, corre el riesgo de convertirse en un evento efímero, instrumentalizado por maquinarias digitales que viven y monetizan del conflicto perpetuo.
Publicaciones visuales sobre “Maduro capturado” han circulado masivamente en Instagram, Facebook, TikTok y X, con numerosos compartidos y reacciones que indican alto nivel de viralización. En contraste, el término “justicia transicional” no alcanzó niveles altos de tendencia global o regional en redes sociales durante la ventana inmediata tras la noticia. No hay reportes en sitios de tendencias ni documentos accesibles que confirmen que el hashtag haya encabezado listas de trending topics en plataformas como X o Instagram. Todos queremos el drama, pero nadie quiere leer 40 páginas sobre reforma judicial de un buen ensayo académico. Al menos yo me leería 21. Eso no tiene emojis de fuego y resta facilidad para la creación de unos buenos memazos.
El camino por recorrer para América Latina no es solo derrotar al autoritarismo y su volatilidad adaptativa —la habilidad de los regímenes no democráticos de mutar su sistema ideológico, conforme la necesidad, para permanecer en el poder—, sino evitar que su caída sea absorbida por la lógica del circo digital. Porque cuando la política se convierte exclusivamente en espectáculo, la justicia se trivializa y la memoria colectiva se vuelve manipulable.












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