La Banda K-minante: relatos de la solidaridad pintada azul y rojo

     

Sin duda alguna nadie esperaba en estos tiempos de modernidad un virus capaz de develar  lo frágiles que somos como especie. Ninguno se imaginó lo cerca que estaría la muerte y menos de sus sutiles armas: un beso, un abrazo, o un apretón de manos bastarían para ponernos en disputa con la vida y con la muerte. Esta muestra de vulnerabilidad, sería el comienzo para revelar las fallas de los sistemas económicos y sociales, y en general de nuestra moderna pero ineficiente evolución. 

En consecuencia, nos tocó volver atrás, mirar atrás, ser de nuevo comunidades, vecinos, amigos y hermanos. En medio del miedo y la zozobra aparecen historias de esperanza y empatía. Que para sorpresa de muchos sus grandes gestores serían las personas que, en esta historia en particular, antes de la pandemia estaban fuertemente estigmatizados como “gamines” por un sector social que desconoce las acciones barristas, debido a que no son visibilizadas por grandes medios de comunicación. 

La Banda K-minante, nombre con el que se autodenomina el parche (subgrupo) de la barra popular Rexixtenxia Norte, seguidores del Deportivo Independiente Medellín, se convierte hoy en la protagonista de este relato, pero no como suele verse en otras historias: tachados de vándalos y violentos. Hoy son protagonistas desde la forma más humana en la que se puedan pensar. Hoy ellos nos dan un ejemplo de comunidad y solidaridad. 

La K-minante se conformó hace 16 años, con la idea de acompañar al equipo de sus amores a todos los estadios donde este jugara. Para esa época, la mayoría de sus integrantes eran menores de edad. Habitantes de diferentes barrios del Área Metropolitana de Medellín, con problemáticas sociales que los hacía cada vez más vulnerables y con situaciones familiares devastadoras. Algunos estaban en el colegio, y como consecuencia, no tenían mucho dinero para invertir en su pasión. 

Debido a la escasez de recursos y al precio de los viajes, decidieron acoger una forma particular de viajar a otras ciudades de Colombia o, incluso, a otros países de Suramérica. Optaron por un estilo muy riesgoso pero válido en el amor. Viajar en tractomulas o carros de carga se convirtió en la forma de seguir a su equipo de fútbol. Su método es viajar en los carros que van encontrando en las carreteras, especialmente en peajes o puntos de descanso de los conductores que tengan el mismo destino o, por lo menos, una similitud en la ruta a la cual ellos aspiran llegar. 

Teniendo suerte, la anterior sería la mejor de las maneras; en otras oportunidades también es necesario caminar por horas hasta encontrar un camión y un conductor dispuesto a llevarlos.  Es un método bastante riesgoso, pues no son los únicos barristas que lo hacen. En esta travesía, también se encuentran con otros hinchas que buscan el mismo objetivo y, por alguna razón inexplicable de la condición humana, ellos no se ven como pares, sino como todo lo contrario: enemigos. 

Estas enemistades y encuentros han dejado, lamentablemente, un considerable número de muertes de las cuales no se tienen cifras. Pues esta es una situación que por alguna razón no se ha querido tratar en las agendas gubernamentales y locales. Pero que los barristas han querido poner sobre la mesa buscando un diálogo y solución a esta devastadora realidad, donde la muerte se encuentra a manos de otros que están contagiados por un virus del cual sí somos responsables: la intolerancia. 

Ser k-minate es sinónimo de aguante, amor y sobre todo resistencia”; así lo relata uno de sus fundadores. Y sí, aguante es lo que han tenido sus integrantes para con la vida y los retos que les ha tocado sobrepasar a lo largo de sus existencias en un contexto que margina, excluye y discrimina a quienes no encajen en un modelo idealista de sociedad. 

En un grito ahogado de humanidad, estos jóvenes decidieron reaparecer a pesar de que el fútbol mundial está detenido; decidieron seguir participando activamente en este que es el partido por la vida. Sin importar las condiciones, esta vez dejaron sus trapos y banderas para vestir con guantes y tapabocas, y salir a pedir a sus amigos, vecinos y familiares, que viven también del día a día, ayudas para realizar varios mercados y llevarlos a comunidades que como lo indican, son aún más vulnerables que ellos. Personas que viven del dinero que consiguen diariamente, adultos mayores, solos o enfermos, o con una posibilidad económica muy baja la cual se agrava en estos tiempos de cuarentena.

 

Estos jóvenes hoy nos dan una lección de humildad y humanidad. Han ayudado muchas familias donando enseres de primera necesidad, alivianando esa preocupación de no tener con qué alimentarse. Han estado en los lugares más remotos de las periferias de Medellín; invasiones de desplazados o inmigrantes donde no llega ni el agua, ni la luz, y menos aún las autoridades, pues ellos ni saben de su existencia. 

Junto con la comunidad reconstruyeron la casa de tablas y tejas de una adulta mayor y sus mascotas, en el barrio La Quiebra de la Comuna 13. Hicieron un llamado a hinchas y vecinos para que donaran tejas, tablas, amarraderas y hasta un baño. Todo lo básico para que alguien tenga una vivienda digna en un país como Colombia, permeado por la desigualdad social que por este tiempo ha florecido más en la Ciudad de la Eterna  Primavera.  

Este grupo de jóvenes le apostaron a la solidaridad y quieren ayudar a sus comunidades. No buscan fama, ni reconocimiento, pero expresaron querer concientizar a la gente “que amar a un equipo de fútbol y hacerlo a su manera no es un motivo para llamarnos gamines”. Quieren cambiar el estigma replicando lo que con ellos han hecho muchas personas en las carreteras, ofreciendo comida, bienestar y respeto como seres humanos. Porque como indican: “el Independiente Medellín es una familia, enfermos sin cura de su pasión que aman y respetan su ciudad”. Esa misma ciudad que quiere derrotar este virus que dejó al descubierto que quienes menos tienen, son quienes más dan. Y que sin importar los gustos, colores o estilos, su comunidad está por encima de cualquier rivalidad. 

Relatamos esta historia porque a pesar del miedo, puede nacer en todos la esperanza, no importa si es azul, roja o morada, grande o pequeña. Lo más significativo es sobrepasar nuestra capacidad de empatía, acogiendo familiares, amigos y vecinos. Recordemos que el aislamiento debe ser físico pero no social, ayudemos a otros con una sonrisa, con una historia, con un recuerdo y con mucho amor.

 

Por: Sara Vanesa Parra Cadavid

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