“El análisis de las sociedades orientales ha sido frecuentemente moldeado por categorías impuestas desde Occidente”.
— Edward W. Said, Orientalismo (1978)
Irán es un país que ha estado muy presente en los últimos días. Esta columna tiene la finalidad de entender y analizar la coyuntura actual, las motivaciones de los últimos acontecimientos y construir una mirada crítica que no esté condicionada exclusivamente por categorías occidentales o por noticias virales en los medios. La intención es abrir el panorama y realizar cuestionamientos más profundos. Como advirtió Edward Said en su obra Orientalismo (1978), muchas veces Occidente ha analizado Oriente desde proyecciones propias más que desde sus realidades internas. Entender Irán implica justamente evitar esa lectura reduccionista y observar su realidad a la luz de sus dinámicas internas.
Uno de los primeros errores habituales es confundir identidad étnica, lingüística y religiosa. Irán es un país mayoritariamente persa. Su idioma oficial es el farsi, una lengua indoeuropea distinta del árabe, y su herencia cultural se remonta al antiguo Imperio persa, uno de los más extensos y sofisticados de la Antigüedad. La identidad persa precede al islam por siglos.
Partamos de las siguientes premisas: no todo árabe es musulmán, no todo persa es chiita y no todo musulmán es árabe. El mundo islámico es pluricultural y plurilingüe, y reducir a Irán a “un país musulmán” es ignorar una historia civilizatoria milenaria que combina tradiciones preislámicas, una literatura consolidada y una fuerte conciencia nacional diferenciada del mundo árabe.
Si volvemos a las bases, el islam nace en el siglo VII con la revelación al profeta Mahoma en la península arábiga. Tras su muerte surgió una disputa sobre quién debía liderar la comunidad islámica, lo que dio origen a la división entre suníes y chiitas, además de otras corrientes que se desarrollaron posteriormente. Los suníes constituyen la mayoría del mundo musulmán y sostienen que el liderazgo de la comunidad musulmana después de la muerte del profeta debía decidirse por consenso entre sus miembros; los chiitas, por otro lado, minoría global pero mayoría en Irán, sostienen que el liderazgo debía permanecer en su familia.
Es importante subrayar que el islam, en sus orígenes, no fue una religión monolítica1 ni necesariamente restrictiva para la mujer. Figuras como Jadiya, primera esposa de Mahoma y comerciante independiente, o Aisha, transmisora de hadices2 y referente intelectual, muestran que el rol femenino tuvo una presencia activa en los primeros tiempos del islam. La dicotomía que hoy observamos en la relación de ciertos principios espirituales con determinadas prácticas políticas no es inherente a la religión en sí misma, sino al modo en que el poder la interpreta y la instrumentaliza.
En 1979, la Revolución Islámica puso fin al régimen del Sha, aliado estratégico de Estados Unidos, y dio lugar a la instauración de la República Islámica. El nuevo sistema configuró un modelo híbrido, con instituciones republicanas bajo la supervisión clerical y la figura del Líder Supremo como máxima autoridad política y religiosa. Esta fusión de religión y Estado marcó profundamente la vida institucional iraní e implicó la implementación de políticas restrictivas en materia de libertades individuales, particularmente hacia mujeres y minorías. Sin embargo, la estructura estatal no siempre refleja la totalidad de la sociedad iraní, que es diversa, joven y está atravesada por tensiones internas.
Irán en las calles: el contexto detrás de las protestas
Las protestas recientes no pueden explicarse únicamente desde una narrativa feminista occidental —como ha trascendido en muchos medios de comunicación—, puesto que la realidad es más compleja. Las dificultades económicas, la inflación, el desempleo juvenil, el impacto de las sanciones internacionales y la sensación de falta de oportunidades generaron un creciente malestar social. En ese contexto, la muerte de Mahsa Amini actuó como detonante simbólico de una crisis acumulada.
Amini, una joven iraní de 22 años de origen kurdo, murió el 16 de septiembre de 2022 en Teherán, tres días después de haber sido detenida por la llamada “Policía de la Moral”, acusada de no llevar correctamente el hiyab, obligatorio para las mujeres. Las autoridades afirmaron que sufrió un problema de salud mientras estaba bajo custodia; no obstante, su familia y numerosos testigos denunciaron que había sido brutalmente golpeada durante la detención. Su muerte provocó una fuerte conmoción social y desencadenó protestas que rápidamente se expandieron por distintas ciudades del país.
Es un accionar injustificable y trágico, pero el estallido no responde exclusivamente a una cuestión de género: obedece a una acumulación de tensiones estructurales. Teniendo en cuenta el objetivo de esta columna, los invito a realizar un análisis más riguroso: por ejemplo, la “Policía de la Moral” incluye mujeres entre sus integrantes, lo que demuestra que las dinámicas de poder no pueden reducirse a un esquema simplista de hombres contra mujeres. No todas las mujeres musulmanas conciben el feminismo en términos occidentales; muchas eligen libremente adherir a normas tradicionales como parte de su identidad religiosa y cultural. No todos los hombres musulmanes son opresores y no todos los países de mayoría islámica replican el mismo modelo político.
Homogeneizar al mundo musulmán es repetir el error que Said señaló: convertir al otro en una categoría abstracta y uniforme.
Geopolítica, amenazas y percepciones
Estamos hablando de un país que es central en el tablero geopolítico. Su ubicación clave, especialmente por el estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial, le otorga una importancia estructural muy significativa. Cualquier escalada en esa zona impacta directamente en la economía global.
Lejos de ser un actor pasivo, Irán ha emitido discursos confrontativos durante años y su liderazgo ha reiterado declaraciones radicales, incluyendo amenazas explícitas contra Occidente. Su programa nuclear y su apoyo a actores regionales armados, muchos de ellos considerados grupos terroristas, alimentan percepciones de amenaza en otras potencias. En el sistema internacional, jugar con esa percepción tiene consecuencias. Los Estados reaccionan no solo ante amenazas reales: reaccionan ante amenazas percibidas, y esa lógica de seguridad genera espirales de acción y reacción.
Esa reacción suele estar guiada por intereses estratégicos, energéticos y por influencias regionales. A partir de este escenario, deben analizarse también los últimos movimientos de las potencias, los ataques recientes y las versiones en torno a la muerte del ayatolá Alí Jameneí, quien es la máxima autoridad política y religiosa de Irán desde 1989 y figura central del sistema de la República Islámica. El título de ayatolá corresponde a uno de los rangos más altos dentro del clero chiita, y en el caso iraní el Líder Supremo concentra amplias atribuciones sobre las Fuerzas Armadas, la política exterior y las principales instituciones del Estado.
Más allá de la veracidad de ciertas informaciones, lo relevante es comprender el entorno geopolítico en el que circulan: ¿Cuáles son las verdaderas intenciones detrás del accionar de las potencias cuando invocan la moral y la seguridad internacional?, ¿es este un momento idóneo para una mayor implicación estadounidense luego de haber asegurado fuentes energéticas alternativas, como el petróleo venezolano?, ¿por qué Rusia y China, considerados aliados de Irán, han optado por una participación limitada o cautelosa?
Las alianzas entre gobiernos no son compromisos ideológicos absolutos, sino relaciones articuladas por intereses propios y cálculos tácticos. La historia demuestra que las grandes potencias no actúan por moral, sino por conveniencia. En ese marco, los reportes de una escuela alcanzada el primer día de bombardeos en Minab obligan a una reflexión ética profunda.
La noción de actuar como “policía del mundo”, concepto asociado a la doctrina de intervencionismo liberal en la posguerra fría, plantea una pregunta incómoda: ¿puede justificarse el daño a civiles en nombre del orden establecido? Lo más grave, y lo que nunca debería quedar relegado, es que los intereses políticos y nacionales de las potencias, sean occidentales, orientales o regionales, no pueden pasar por encima de la vida de civiles. Vivir en un país sometido a sanciones, inestabilidad o guerra implica consecuencias económicas, sociales y psicológicas muchas veces irreparables. Ningún cálculo, por legítimo que se considere, debería deshumanizar a quienes quedan atrapados en medio del conflicto.
A modo de conclusión…
Comprender Irán exige salir del reflejo automático de los titulares y del juicio inmediato. Exige reconocer su historia milenaria, sus tensiones internas, sus disputas de poder y el entramado geopolítico que lo rodea. Ni es un bloque homogéneo definido únicamente por la religión, ni es un simple antagonista del orden occidental. En medio de la retórica radical de sus líderes y los intereses estratégicos de las potencias, quedan millones de civiles cuya vida cotidiana se ve atravesada por decisiones que no toman. Si algo no puede perderse en el análisis es esto: detrás de cada accionar político hay sociedades complejas y personas reales que pagan el costo del conflicto.
Notas al final
- “Monolítico” es un término que describe algo presentado como un bloque uniforme y homogéneo, sin diversidad interna ni matices. En este contexto, se utiliza para señalar que el islam, como otras religiones, ha desarrollado a lo largo de la historia múltiples interpretaciones, corrientes y prácticas.
- Los hadices son relatos que registran dichos, acciones y enseñanzas del profeta Mahoma, transmitidos por sus seguidores. Junto con El Corán, constituyen una de las principales fuentes para la interpretación de la ley y la práctica del islam.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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