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El siglo XX dejó una enseñanza amarga en América Latina: las intervenciones externas rara vez producen estabilidad duradera. Incluso cuando derrocan regímenes autoritarios, suelen sembrar las condiciones de crisis futuras.
Las intervenciones —directas o indirectas— respondieron casi siempre a lógicas externas: contención ideológica, control de recursos, equilibrio geopolítico. El problema no fue solo la intromisión, sino la consecuencia estructural: Estados debilitados, sociedades polarizadas y soberanías condicionadas.
En muchos casos, el poder impuesto o tutelado careció de legitimidad social. Eso abrió la puerta a ciclos de autoritarismo, resentimiento y dependencia. El resultado fue una paradoja cruel: países formalmente independientes, pero incapaces de decidir plenamente su destino.
La historia demuestra que la estabilidad no se exporta. Se construye desde dentro, con actores locales y con apropiación social del proceso. Cuando esa apropiación falta, el orden es frágil y reversible.
Por eso, cualquier solución para Venezuela que ignore esta lección está condenada a repetirla. No se trata de negar apoyos internacionales, sino de entender que el centro de gravedad debe ser latinoamericano y venezolano. Lo contrario no solo reactiva traumas históricos; compromete la viabilidad del futuro.
La región no puede permitirse otro experimento de ingeniería política externa. No por orgullo vacío, sino por memoria histórica.












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