Hablando de cerebros tributarios

Cada año, más de seis millones de personas naturales declaran renta en Colombia. Detrás de cada declaración hay un profesional contable que dedicó horas a buscar el artículo correcto del Estatuto Tributario, verificar si un concepto de la DIAN cambió la interpretación vigente, cruzar decretos reglamentarios y recalcular bases en UVT sobre una hoja de Excel que nadie sabe quién construyó. El contador colombiano promedio puede perder entre diez y quince horas semanales solo en búsqueda y verificación. No en análisis. No en asesoría. En buscar.

Esa realidad ya no es sostenible, y la inteligencia artificial ofrece hoy una salida que hasta hace poco parecía lejana: sistemas capaces de integrar cuerpos normativos completos, indexarlos, vincularlos con doctrina y jurisprudencia, y responder consultas en lenguaje natural citando la fuente exacta. No opinando. No adivinando. Citando. Esa distinción importa, porque uno de los mayores riesgos de los modelos de lenguaje genéricos aplicados al derecho tributario es precisamente la invención: artículos que no existen, interpretaciones sin sustento, cifras que suenan razonables pero que no corresponden a ninguna norma vigente.

Un cerebro tributario de verdad tiene que funcionar al revés. Tiene que buscar primero en la norma y responder solo con lo que encuentra. Y si no encuentra sustento suficiente, debe decirlo. Ese principio —responder con rigor o no responder— es lo que separa una herramienta profesional de un juguete tecnológico.

Pero la búsqueda inteligente es apenas el primer piso del edificio. El verdadero salto está en la automatización del proceso declarativo completo: sistemas que reciban documentos soporte, los crucen con información exógena, identifiquen inconsistencias, clasifiquen ingresos por cédula, apliquen los límites del artículo 336, calculen según la tabla del 241, y generen tanto el formulario como el expediente con el papel de trabajo que sustenta cada renglón. Lo que hoy toma entre dos y cuatro horas por cliente podría resolverse en minutos, liberando al profesional para lo que realmente genera valor: el criterio y la asesoría estratégica.

Y hay un horizonte aún más ambicioso. Colombia tiene 1.103 municipios, cada uno con su propio estatuto tributario. Miles de documentos dispersos, muchos escaneados en PDF, con estructuras que varían de un pueblo a otro. La posibilidad de recopilar, indexar y hacer consultables todos esos cuerpos normativos locales mediante inteligencia artificial no es ciencia ficción. Es ingeniería aplicada con tecnología que ya existe. Un contador en Caucasia debería poder consultar su estatuto municipal con la misma facilidad con la que consulta el Estatuto nacional.

La pregunta de fondo no es si la tecnología puede transformar la práctica tributaria colombiana. Ya puede. La pregunta es cuánto tiempo más vamos a seguir haciendo las cosas como las hacíamos en 2005: con búsquedas manuales, portales hostiles, suscripciones costosas por información que es pública y herramientas genéricas que no entienden nuestro sistema normativo.

El cerebro tributario que Colombia necesita no es un robot que reemplace al contador. Es una infraestructura inteligente que le devuelva el tiempo para pensar. Para asesorar. Para ejercer la profesión con el rigor que exige y la velocidad que merece.

Jaime Alonso Cano Pino

Contador Público Tributarista | Consultor en Finanzas Públicas y Derecho Tributario |

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