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Hay filósofos que construyen sistemas y filósofos que construyen conversaciones. Jürgen Habermas, muerto el 14 de marzo de 2026 a los 96 años en Starnberg, fue de los segundos, y eso lo hace, paradójicamente, más difícil de reemplazar. Los sistemas envejecen; las conversaciones, si son verdaderas, no terminan nunca.
Habermas llegó a la filosofía desde la herida. Tenía quince años cuando cayó el nazismo, y esa experiencia —la de un mundo que creyó en la fuerza bruta como sustituto de la razón y pagó el precio con millones de muertos— marcó toda su obra posterior. No como trauma paralizante, sino como pregunta irreductible: ¿puede una sociedad sostenerse sin la razón? Su respuesta fue una apuesta enorme, casi temeraria: sí, pero solo si la razón no es monolito sino diálogo, no decreto sino proceso. A eso llamó acción comunicativa: la posibilidad de que los seres humanos, a través del lenguaje, alcancen entendimientos orientados al bien común sin necesidad de la violencia ni del dogma.
La Teoría de la acción comunicativa (1981) no es un libro fácil. Es denso, técnico, construido con la minuciosidad de quien sabe que una sola grieta en el andamiaje puede derrumbarlo todo. Pero su apuesta de fondo es casi poética en su sencillez: el lenguaje humano tiene una orientación intrínseca hacia el entendimiento. Hablar, en su sentido pleno, es ya querer comprender y ser comprendido. La política democrática no sería otra cosa que esa capacidad elemental llevada a su dimensión colectiva.
Frente al posmodernismo que en los años ochenta y noventa celebraba el fin de los grandes relatos, Habermas se mantuvo firme como un kantiano obstinado: la Ilustración no había fracasado, sino que estaba incompleta. No había que abandonar la razón, sino rescatarla del secuestro que habían hecho de ella el mercado y la burocracia. Su concepto de esfera pública —ese espacio que no es ni el Estado ni el mercado, donde los ciudadanos discuten y forman opinión— se convirtió en una de las categorías más fértiles de la filosofía política del siglo XX.
Pero quizás el momento más revelador de su pensamiento ocurrió no en un libro, sino en un salón.
En enero de 2004, en la Academia Católica de Baviera en Múnich, Habermas se sentó a dialogar con el cardenal Joseph Ratzinger, quien sería elegido Papa apenas un año después. El encuentro, publicado luego como Dialéctica de la secularización, tenía todo para ser una esgrima cortés entre dos formas de ver el mundo: el filósofo secular heredero de la Ilustración y el teólogo que desconfiaba profundamente de esa misma Ilustración. Y en cierta medida lo fue. Pero también fue algo más.
Habermas hizo en ese diálogo lo que pocos intelectuales de su tradición se han atrevido a hacer: admitir públicamente que la razón secular tiene límites que ella sola no puede superar. Reconoció que las tradiciones religiosas conservan contenidos morales y antropológicos —sobre la dignidad humana, la solidaridad, el sufrimiento— que la modernidad no ha logrado traducir plenamente al lenguaje de los derechos y los procedimientos. No fue una conversión ni una rendición. Fue algo más interesante: la honestidad intelectual de quien lleva el proyecto ilustrado hasta sus bordes y encuentra allí, no el abismo, sino un vecino incómodo con quien hay que aprender a hablar.
Ratzinger, por su parte, no fue menos preciso. Señaló que la razón técnica —la razón que calcula, que optimiza, que construye— no es por sí misma fuente de valores, y que una civilización que agota su racionalidad en la eficiencia termina siendo incapaz de hacerse las preguntas que más importan. Su diagnóstico era más sombrío que el de Habermas, pero no menos riguroso. Entre los dos dibujaron, sin proponérselo, un mapa de las tensiones que definen nuestro tiempo: la fe sin razón se vuelve fanatismo; la razón sin fe se vuelve vacía. La pregunta de cómo habitamos ese espacio intermedio sigue abierta.
Esa pregunta es hoy más urgente que nunca. Vivimos en una época en que los algoritmos reemplazan deliberaciones, en que la velocidad de la información destruye el tiempo necesario para la reflexión, en que el espacio público que Habermas teorizó está colonizado por el ruido y la indignación performativa. Su llamado a recuperar una racionalidad comunicativa —paciente, argumentativa, orientada al entendimiento— suena hoy casi contracultural.
Y quizás por eso duele más su ausencia.
Habermas creyó hasta el final que la democracia era posible. No la democracia como sistema de procedimientos, sino como forma de vida: la que se practica cada vez que dos personas se sientan a hablar con la disposición real de escucharse. En un mundo que parece haber perdido esa disposición, su muerte no es solo la de un filósofo. Es la de una apuesta.
Queda, al menos, el rastro de esa apuesta. Y queda la pregunta que él le hizo al siglo y que el siglo, de momento, prefiere evadir: ¿somos capaces, todavía, de entendernos?














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