Granada: perdonar lo imperdonable

En exclusiva, Al Poniente conoció la efusiva imagen en la cual se encuentra Pastor Alape, ex guerrillero de las Farc, abrazándose con una víctima del conflicto armado. ¿La razón? El perdón en un pueblo afectado por el conflicto. Las cámaras alrededor no podían dejar pasar el histórico momento. Gloria María Gallego García nos cuenta todo sobre el momento, especialmente, las palabras de las víctimas.

 

Pastor Alape en un abrazo de reconciliación con una víctima

Con emoción un grupo de profesores, amigos y alumnos de la Cátedra de la Paz, la Memoria y la Reconciliación de la Universidad Eafit, presenciamos en Granada el acto de perdón concedido por un grupo de víctimas a las FARC. En este pueblo del oriente antioqueño, las partes en conflicto –los grupos guerrilleros del ELN y las FARC, los paramilitares de los Bloques Metro y Héroes de Granada y miembros de la Fuerza Pública– pelearon de manera tan sucia y se enseñaron de manera tal con las personas civiles que produjeron esta inaudita cifra de horror: 460 personas víctimas de asesinato selectivo, 2.992 de desaparición forzada, 59 asesinatos en 10 masacres, 98 víctimas de secuestro y 50 de violencia sexual; 33.719 desplazados forzados. Quedaron huérfanos, al menos, 128 niñas y niños[1].

Tiene suma trascendencia este acto de perdón en un pueblo que fue casi arrasado por la guerra, porque demuestra que la reconciliación en Colombia es una meta realizable, incluso frente a los más atroces crímenes. El perdón tiene sentido no para remitir pequeños errores o faltas leves (que simplemente se excusan o disculpan), sino para redimir el atentado contra la humanidad, la atrocidad: “el perdón sólo perdona lo imperdonable… no hay perdón sino allí donde se da lo imperdonable. Que es lo mismo que decir que el perdón debe anunciarse como lo imposible mismo. El perdón no puede ser posible más que haciendo lo imposible”[2]. Por eso, se necesita mucha fortaleza para perdonar, para no dejarse arrastrar por emociones negativas como la cólera, el resentimiento o la sed de venganza. El perdón no es de frágiles; es de personas valientes y generosas.

No queremos limitarnos a registrar el hecho, sino citar algunas de las palabras de quien solicitó el perdón en nombre de las FARC y de quienes perdonaron lo imperdonable (como lo muestra la fotografía del abrazo entre “Pastor Alape” y una víctima): cobran realidad de manera conmovedora y son un bálsamo de esperanza en una atmósfera pública muy polarizada y cargada de odios. A continuación, hacemos un análisis sobre el significado del perdón, su carácter gracioso, no traducible al lenguaje de las obligaciones; por último, aportamos un punto de vista sobre qué se entiende por reconciliación entre los colombianos dado que no existe un deber de perdonar.

I. El acto de perdón

Fueron las víctimas quienes solicitaron este acto de perdón, que se realizó el sábado 23 de septiembre a las 10:00 a.m. en el templo parroquial. Según declaró una de las voceras de las víctimas, un pueblo como Granada que sufrió los horrores de la guerra se guía por la filosofía de la solidaridad y de la reconciliación desde mucho antes de que se iniciara el proceso de paz entre el Gobierno y las FARC, y “cuando se planeaba la reconstrucción del tejido social en las Universidades y en los intelectuales de la centralidad, Granada ya estaba en el campo y en las veredas, en nuestras montañas haciendo catarsis con los campesinos, escuchando su situación y buscando solución a todas las problemáticas”.

Por parte de las víctimas hablaron Wilson Giovanny Salazar, Hernán Gómez (hermano del alcalde que lideró la reconstrucción de Granada y fue asesinado por las FARC en junio de 2001), Rubiela López (quien habló por las víctimas del corregimiento de Santa Ana), Gloria García (representante de Asovida) y Jaime Montoya (representante de la Mesa de Víctimas).  Es de destacar la intervención de Wilson Giovanny Salazar, cuyo hermano, Omar, fue una de las 23 víctimas mortales de la toma guerrillera del 6 de diciembre del 2000 en la que las FARC hicieron estallar cilindros y un carro bomba, destruyendo parte del casco urbano. Wilson reconoció haber sentido bastante resentimiento y se sobrepuso al dolor y al odio: “que quede claro que no soy digno de lástima, que nadie mercantilice mi dolor, que, si hoy brota de mí una lágrima, es el recuerdo el que toma su clamor… El pasado atrás ya quedó, mi vista al frente es una actitud. Reivindico que mi vida se cubre de esperanza, es mi corazón de juventud que, frente al odio, sobrepone la balanza. No llevo como adarga la hiel. Aún se empotra mi huella en el camino, ¿acaso quien aruñó mi piel fue dueño de mi destino?…

Contra el rencor, un profundo abrazo, con el abrazo genuino, respeto… Es oportuno el diálogo y se dialoga es con el contrario. El conflicto está siempre presente porque es inherente a lo humano, se relaciona con la capacidad de poder pensar diferente, pero no podemos pensar en la violencia para resolver los desacuerdos…”.

Calificó la jornada como un acto de humildad y criticó que el país estuviera lleno “de arrogancia, de soberbia, de verdades absolutas. Si queremos perdonar, debemos ser humildes, pero ¿qué se perdona? Se perdona lo imperdonable porque de otra manera es el mismo diálogo de monólogos, solo disculpitas infantiles. Debemos construir un país donde aflore la diversidad y podamos dialogar con todo entusiasmo y creatividad para que nuestros hijos tengan en este país una mejor morada.

Perdono la ausencia de Omar, mi hermanito del alma, perdono las lágrimas de mi madre que desgarraron mi corazón… ¿Acaso no es esto lo que se debe perdonar? Los perdono para aligerar mi carga, para sanar mi corazón; aquellos que sin saberlo o no pudieron nunca dimensionar tanto dolor, pueden hoy ya vivir tranquilos, que aquí hay un hombre que no busca retaliación, mi espera cesa hoy aquí, y ahora doy un paso adelante en la búsqueda de mi futuro, me esperan mis hijas con sus flores, sus muñecas y su alegría…”.

También merece ser resaltado el perdón concedido por Gloria García Herrera, a quien las FARC, entre los 1993 y 2002, le asesinaron a su esposo, su padre y a dos hermanos. En frente de quienes hicieron parte de ese grupo guerrillero, ella recordó a sus seres queridos y el dolor y la rabia con las que ha vivido, pero “sé que perdonar es un proceso que va más allá, que debemos unir lo que sentimos con nuestras acciones, que nuestros familiares y generaciones futuras merecen escribir una nueva historia marcada por la reconciliación y el desarrollo de nuestra región… Acepto el reto de dar un paso hacia el camino del perdón, sin dejar de recordar, porque recordar siempre será bueno para no repetir”.

A continuación, Félix Antonio Muñoz Lascarro, “Pastor Alape”, en representación de las FARC –grupo insurgente disuelto que como movimiento político ha tomado el nombre de Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común–, se dirigió a las víctimas agradeciéndoles el gesto de aceptarlos en un acto de reconciliación, y consciente de que se trata de un perdón condicionado al reconocimiento de la culpa, la reparación de los daños, a la revelación de la verdad y al compromiso de no volver a cometer crímenes similares, expresó: “aquí no venimos en ningún momento a justificar lo injustificable. Ante todo, estamos en una etapa dirigida a enaltecer la dignidad humana, a poder soportar junto con ustedes todos los dolores y las cicatrices que nos acompañan. Somos un país lleno de cicatrices, lleno de dolor. Nosotros venimos a estos actos a responder con lo que nos corresponde. Cargamos sobre nuestros hombros una responsabilidad, sé, entendemos y lo percibimos que causamos dolor, y hoy queremos resarcir de manera activa, con actos concretos de paz, ese dolor que causamos. Traemos nuestro corazón abierto, dispuesto a reconciliar, dispuesto a que nos entiendan, pero también dispuesto a comprender a quien no esté en capacidad de perdonar; es humano, y así creemos que tiene que ser.

Este es un proceso para nuestra historia en el que tenemos que poner muchas energías, muchas más energías y con mucha más valentía que la que pusimos cuando nos estábamos matando. Venimos a escuchar para aprender desde esa espiritualidad de la esperanza… De esta región hablaron tan largo tiempo los fusiles que nos representaron en determinado momento a todos los bandos, que ahora tenemos es que recurrir al lenguaje del corazón en actitud de reconciliación…

… venimos con el corazón abierto, sobre todo a sembrar semillas de esperanza, de paz y reconciliación, y sobre todo a rendir tributo a las víctimas, para honrar su memoria si cada uno de sus deudos nos lo permite y, sobre todo, para pedir perdón por los daños causados en el transcurso de este largo conflicto. Queremos que esto sea un gesto de humanidad, un gesto de reconciliación donde lo único que podemos colocar es nuestra disposición a la verdad, es nuestro esfuerzo para que la verdad se conozca. Consideramos que todos necesitamos verdad, tanto quienes sufrieron las consecuencias del conflicto por nuestros actos, como quienes recibieron las consecuencias del conflicto por todos los actores.

Nosotros estamos desarrollando unas actividades en el marco de la Comisión de Búsqueda de Personas Desaparecidas, y hemos hecho el compromiso de buscar a todas las personas que quedaron perdidas en este largo conflicto. Es un acto silencioso que hemos venido haciendo en el marco de la actividad humanitaria y de compromisos humanitarios. Se han venido desarrollando esas actividades con Medicina Legal y el Comité Internacional de la Cruz Roja. Es una actividad que no ha tenido difusión mediática, dado que son las víctimas quienes definen qué o cómo informar al país… Nosotros estamos aquí recogiendo la información de los exintegrantes de la organización que operaron en esta región para poder empezar a buscar el paradero de cada una de las personas que murieron bajo nuestra responsabilidad…

… entiendo que no es fácil estos eventos y, por lo tanto, para finalizar no tenemos más que decir que extender nuestros brazos ante ustedes, que les entregamos nuestras manos abiertas esperando que algún día nos perdonen, con el perdón que nace del corazón, con el perdón que nace del profundo espíritu de paz. Nuestro infinito agradecimiento nuevamente por recibirnos aquí, a pesar del dolor causado…”.

II. El significado del perdón y la libertad de perdonar o no

Lo hecho, hecho está; ni el arrepentimiento de los miembros de las FARC, ni la generosidad de las víctimas tienen poder para hacer volver el tiempo atrás y borrar el daño: los muertos no volverán a la vida, los desaparecidos no recuperarán la senda de vida truncada. Sólo queda como último e incompleto remedio el perdón, una conducta de generación y muestra de humanidad por parte del ofendido hacia su ofensor, que permite dar un nuevo significado a los hechos, de modo que se borran frente al victimario las consecuencias afectivas negativas producidas por la ofensa como la ira, el resentimiento y el odio. El perdón evita el coste del odio tanto para quien es odiado como para quien odia, y facilita el beneficio de una relación cordial entre las personas; es el medio de sobrepasar lo trágico, la enemistad, la desconfianza mutua y de neutralizar toda furia, toda retaliación, toda tentación de venganza.

En Granada no todas las víctimas de las FARC pudieron, ni quisieron perdonar. Muchas de ellas manifestaron su negativa a perdonar porque los crímenes porque las heridas sangran, el dolor no cesa y sus victimarios les producen un sentimiento de rechazo. Mostraron su oposición al acto de reconciliación entregando volantes en el atrio del templo parroquial donde exigían respeto por su dolor y protestaron frente a los asistentes y la prensa. Todo esto es muy humano y comprensible: la furia, el duelo, el resentimiento.

El perdón es un acto supremo de libertad de las víctimas, que son las únicas que pueden elegir si perdonan al autor o si retienen la falta, según sus creencias, vivencias, emociones y sentimientos. El perdón excede las potestades de la política y del derecho y sólo queda confiado a las decisiones individuales de víctimas y victimarios, en algunos casos apoyados por las comunidades a las que se encuentran adscritos (Iglesias, asociaciones vecinales, cívicas, asociaciones de víctimas).

Por lo excepcional y extraordinario que es el acto de perdonar, no puede traducirse al lenguaje de los deberes, ni morales, ni religiosos, ni jurídicos. Perdonar es una conducta de un gran valor moral, pero no puede traducirse ni dictarse como conducta obligatoria (como sí tenemos la obligación de pagar impuestos y de respetar el derecho de otros a expresarse). Incluso en el cristianismo, el perdón está confiado al libre albedrío de los creyentes y no es una imposición, sino algo que se aconseja.

III.  Paz social, sin que llegue el perdón

En términos de superación de los desgarramientos causados por la guerra, el perdón resultaría ser la más completa y loable forma de restauración del tejido social, pues es el reencuentro perfecto y la vuelta a la amistad entre las dos figuras trágicas de un conflicto. No obstante, es desacertado asignar al proceso de paz este objetivo, ya que éste se lleva a cabo con los limitados instrumentos de la política y del derecho para resolver el concreto problema de la guerra y la paz. El objetivo primario es librar al país del peor de los males sociales, la guerra, y reconstruir la convivencia civil, tanto entre quienes llevaron a cabo la lucha armada (paz política y reciprocidad democrática), como entre las personas civiles (víctimas, sobrevivientes y generalidad de conciudadanos en su vida cotidiana –paz social).

El perdón es un ideal de reconciliación que excede con creces las capacidades de la política y del derecho; es un objetivo pre-político o ultra-político, pre-jurídico o ultra-jurídico, que “resulta heterogéneo al orden de lo político o de lo jurídico” y “nunca se podrá, en el sentido normal de las palabras, fundamentar una política o un derecho sobre el perdón”[3].

Si el perdón no es obligatorio, ¿qué nos debemos unos a otros y de qué paz estamos hablando? Como conciudadanos debemos dar un salto cualitativo en la forma de convivencia, rompiendo con la violencia y la guerra y recuperar los intercambios y vínculos perdidos, pues de lo contrario el fin de los combates sería temporal. La paz política sería sólo un armisticio antes de que se desatara una nueva guerra civil.

Como conciudadanos no nos debemos amor, fraternidad, perdón, sino sólo respeto, trato civilizado y justo, lo que implica construir un marco de convivencia pacífica basado en la aceptación de la diferencia y en el compromiso mutuo de hacer frente a las controversias y conflictos con el diálogo, el debate público, la política.

Hay cosas que nunca van a ser perdonadas en medio de una guerra tan feroz; sin embargo, hay que seguir viviendo juntos en la polis, no como hermanos, sino como conciudadanos, y para eso no es indispensable el perdón, ni el abrazo fraterno entre todos. Aun así, esta meta menos ambiciosa de reconciliación parece lejana, casi inalcanzable. Después de la estela de destrucción y odios que deja una guerra civil, la construcción de paz social es lenta. Hay que darle tiempo a la paz. Será el tema de la próxima columna.

[1] Centro Nacional de Memoria Histórica, Granada: memorias de guerra, resistencia y reconstrucción, Bogotá-Medellín, 2016, en http://www.centrodememoriahistorica.gov.co/informes/informes-2016/granada, p. 19.

[2] Jacques Derrida, “El perdón”, en E. Madina, R. Mate y otros, El perdón, virtud política. En torno a Primo Levi, Barcelona, 2008, p. 118.

[3] Derrida, “El perdón”, op. cit., p. 123.

Gloria María Gallego García

Abogada de la Universidad de Antioquia y doctora en Derecho por la Universidad de Zaragoza (España), con la tesis doctoral "Violencia y política. En los confines de la política, el derecho y la moral". Se desempeñó como profesora de derecho penal durante varios años en la Universidad de Antioquia y actualmente se desempeña como profesora de Filosofía del Derecho en la Universidad EAFIT. De igual forma se desempeña como directora del grupo de investigación "Justicia y Conflicto" de la misma universidad. Es también directora de la Cátedra para la Paz, la Memoria y la Reconciliación; con la colaboración del Centro Nacional de Memoria Histórica y el Museo Casa de la Memoria de Medellín.