En geopolítica, el silencio rara vez es inocente. Cuando China y Rusia guardan distancia discursiva frente a ciertos conflictos, algunos analistas apresurados hablan de neutralidad estratégica, prudencia diplomática o incluso responsabilidad internacional. Sin embargo, basta rascar un poco la superficie para entender que ese silencio no es ausencia de posición, sino calculo frío. En el tablero global, callar también es mover fichas. Y casi nunca es favorable a los pueblos.
La idea de que las grandes potencias actúan guiadas por principios es, a estas alturas, una ficción útil para discursos oficiales, pero inútil para comprender la realidad. China no mira a Taiwán desde el derecho internacional, lo hace desde la integridad territorial entendida como interés histórico y estratégico. Rusia no actúa en Ucrania desde la autodefensa moral, sino desde su obsesión por recuperar zonas de influencia perdidas. Estados Unidos, por su parte, no se conmueve por la democracia venezolana: se inquieta por el petróleo, por la supuesta estabilidad regional y el presunto equilibrio hemisférico.
Aquí no hay ni buenos ni malos en el sentido clásico; hay potencias compitiendo por espacio, recursos y control. El lenguaje de la soberanía es apenas una herramienta retórica que se invoca cuando conviene y se ignora cuando estorba. Se defiende el principio en casa y se viola sin pudor fuera de ella. La coherencia, en este juego, es un lujo innecesario.
China y Rusia lo sabe bien. Por eso su aparente distancia frente a ciertos conflictos no implica desinterés, sino espera. Esperar a que el desgaste ajeno genere oportunidades propias. Esperar a que la presión internacional se concentre en otros actores mientras se consolidan posiciones internas o regionales. No es pasividad: es paciencia estratégica.
Mientras tanto, el mundo vuelve a parecerse peligrosamente al de principios del siglo XX, con potencias repartiéndose áreas de influencia, aunque ahora lo hagan con sanciones económicas, guerras proxy y tecnologías de precisión quirúrgicas. El viejo colonialismo no desapareció; tal vez, una dotrina monroe 2.0 que se ha modernizado. Ya no se necesitan banderas ni virreyes: le bastan acuerdos comerciales asimétricos, créditos condicionados y apoyo militar selectivo.
En este contexto, los pueblos no cuentan como sujetos políticos, son una variable de ajuste. Ucrania, Taiwán, Venezuela o cualquier otro territorio en disputa no son fines en sí mismos, sino medios dentro de una lógica mayor. La sangre derramada no entra en los balances estratégicos; se normaliza como “costo colateral”. La diplomacia habla de estabilidad, pero opera sobre la base del sacrificio ajeno.
Reconocer esto no implica negar los beneficios del orden internacional actual. La interdependencia económica, los organismos multilaterales y ciertos equilibrios de poder que han evitado guerras totales entre grandes potencias. Pero ese relativo orden tiene un precio: conflictos prolongados en la periferia, Estados fragmentados y sociedades condenadas a vivir en tensión permanente.
Tal vez el primer paso para pensar un mundo distinto sea abandonar la ingenuidad. El silencio de China y Rusia no es neutralidad; es estrategia. El activismo de los Estados Unidos no es altruismo; es interés. Entenderlo no nos vuelve cínicos, nos hace más lúcidos.
Mientras sigamos creyendo que las potencias actúan por principios, seguiremos sorprendidos (y desarmados) cuan actúen por conveniencia. Urge exigir mayor responsabilidad internacional, fortalecer voces regionales y recordar que la paz no se construye en mesas de negociación cerradas, sino, reconociendo que los pueblos no son fichas, sino vidas. Porque cuando el silencio decide, casi siempre decide en contra de quienes no tienen como alzar su voz.












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