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Si desde la izquierda se plantea sin ambages la posibilidad de ganar en primera vuelta —como lo ha sugerido Iván Cepeda—, resulta no solo legítimo sino necesario que los sectores de centro y derecha asuman ese mismo objetivo con igual determinación. Lo contrario sería, en la práctica, una renuncia anticipada al poder.
Hoy, más allá de las afinidades ideológicas, lo que muestran las encuestas es un dato políticamente decisivo: la suma de las fuerzas no alineadas con el continuismo supera, o al menos compite seriamente, con este. Sin embargo, esa mayoría potencial sigue fragmentada, atrapada en cálculos individuales y prevenciones mutuas que, de persistir, terminarán favoreciendo justamente aquello que dicen querer evitar.
La pregunta, entonces, no es si existe una mayoría alternativa, sino si esta será capaz de reconocerse como tal.
En ese camino, la posibilidad de una convergencia amplia —que incluya no solo a la derecha sino también a sectores del centro e incluso de la centroizquierda— deja de ser una herejía política para convertirse en una necesidad estratégica. Figuras como Alejandro Gaviria, Jorge Enrique Robledo, Sergio Fajardo o Claudia López representan, con matices, ese espacio que podría inclinar la balanza si decide actuar con sentido de realidad.
Porque de eso se trata: de realismo político.
El país atraviesa un momento en el que crecen las preocupaciones sobre el rumbo institucional, la seguridad y el desempeño económico. No son percepciones aisladas. Son señales acumuladas que apuntan a tensiones evidentes en el funcionamiento del Estado, en la vigencia del Estado de derecho y en la capacidad del gobierno para articular respuestas eficaces.
Frente a este panorama, insistir en la dispersión no es una muestra de pluralismo, sino de irresponsabilidad.
De ahí que cobre especial relevancia la idea de las “paralelas convergentes”: una fórmula que permite reconocer diferencias sin convertirlas en obstáculos insalvables. No se trata de uniformidad, sino de coincidencias mínimas que hagan viable una alternativa de gobierno. En otras palabras, de entender que la política, en momentos críticos, exige priorizar lo común sobre lo accesorio.
La experiencia comparada —y la propia historia reciente— demuestra que las mayorías no se construyen solas. Se deciden. Se organizan. Y, sobre todo, se asumen.
Por eso, más que una opción, la convergencia es hoy una prueba de madurez política. Si los distintos liderazgos del centro y la derecha logran superar desconfianzas y articular una propuesta creíble, no solo podrían disputar con éxito el poder, sino incluso hacerlo sin necesidad de una segunda vuelta.
Pero si prevalecen los egos, los vetos y las apuestas individuales, el desenlace será previsible: una mayoría dispersa derrotada por una minoría cohesionada.
La historia electoral está llena de esos errores. Repetirlos, a estas alturas, no sería ingenuidad. Sería negligencia.













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