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Debo reconocer que la campaña de los candidatos al Congreso de Federico Gutiérrez es la más patética y vergonzosa que he visto en mucho tiempo. La gran mayoría de sus candidatos se presentaron como arlequines sin personalidad que solo repetían hasta el cansancio “soy el profe de Fico”, “soy la hermana de Fico”, “soy el primo de Fico” etc., campaña lamentable que, a pesar de echar mano de la maquinaria del distrito y de un ejército de contratistas, se estrelló con lo palmario: el “fiquismo” no es una fuerza política de alcance nacional y solo se reduce a mero matiz regional del uribismo. Ni más, ni menos. Eso ya lo sabíamos desde el 2022, pero parece que a Fico, tal vez envalentonado por sus resultados en las elecciones de 2023, se le olvidó.
Desde el día uno tuve claro que la lista al Senado de Creemos ingresaría al ilustre pabellón de los “quemados”. Creo que nadie sensato si quiera pensó que una lista abierta, con la “hermana de Fico” como cabeza, conformada, en su gran mayoría, por aliados y exsecretarios de Fico sin trayectoria política por fuera de Medellín, estaría por encima del medio millón de votos. Desde el principio la lista estaba condenada al fracaso. La única pregunta que me surgía ante lo evidente era: ¿con cuántos votos se va a quemar Creemos? En lo personal no le ponía más de 300 mil votos, y estuve cerca, puesto que al cierre de la jornada solo sacó 227.957 votos, el 1.17%. Muy, muy, pero muy lejos del umbral.
A Fico se le olvida que su proyecto político personalista y familiar solo es un vagón de cola del uribismo. Si en el 2023 arrasó en las elecciones a la alcaldía alcanzando la mayor votación y de paso empujando a Andrés Rendón a la Gobernación, fue solo porque logró encauzar todas las vertientes del antiquinterismo y porque el Centro Democrático no le disputó candidatura. Pero tras dos años siendo alcalde con una agenda autoimpuesta de opositor nacional, el desgaste se siente, solo hay que ver como en Medellín –infestada por todo lado de publicidad– Creemos solo sacó 106.308 votos. Y no faltaron los ingenuos que pensaban –muy soñadores ellos– que en Medellín Creemos era una fuerza de 500 mil votos.
De entrada, sobreponer los resultados de una elección a otro resulta erróneo en términos de estrategia. Todas las elecciones son diferentes porque las motivaciones del elector cambian y se transforman. Eso no lo tuvieron presente en Creemos al presentar a Fico como alma y nervio de una lista sin personalidad. Craso error: Fico no estaba como candidato en el tarjetón. Además, en 2019, cuando el entonces “candidato de Fico” fracasó en su intento de sucederlo en la alcaldía –lo que a la postre le allanó el camino a Daniel Quintero–, quedó claro que Fico no tiene alta capacidad de endoso.
Resultaba ingenuo competir con el uribismo en su departamento base y sin contar con un jugador propio en la consulta. El apoyo de Abelardo de la Espriella a Creemos no le sumó nada y su respaldo “simbólico” si se sintió fue a favor de Salvación Nacional. Esos 227.957 votos se le restaron al uribismo y le impidieron ingresar otros dos senadores. De nuevo Fico emerge como factor de división en la derecha antioqueña en detrimento del uribismo. Ya lo hizo en 2019 cuando al insistir en un candidato inviable le restó oxigeno a la aspiración del uribista Alfredo Ramos. En las huestes del Centro Democrático dirán que Fico nada que aprende la lección.
En contraste, en Cámara de Representantes Creemos si ingresó dos escaños, un resultado aceptable pero muy por debajo de sus proyecciones. Ingresaron el “profe de Fico” y Simón Molina, este último un exconcejal del Centro Democrático ya curtido que trasladó su equipo del uribismo al fiquismo. Se quedaron por fuera operadores políticos experimentados como Germán Hoyos (exsenador de la U que buscaba un reencauche) y el “primo de Fico”. En el consolidado general la lista fue la tercera con 285.354 votos. Superada ampliamente por el Pacto Histórico y triplicada por el uribismo. Por donde se le mire, no son buenos resultados.
Habrá que ver si Fico entiende de una vez por todas que lo suyo no es ser jugador en el escenario nacional y que tocó techo con la alcaldía. Si vuelve al ruedo en el 2030 –cómo es su intención y para lo cual contaba con la conversión de Creemos en partido político– será nuevamente de la mano del uribismo. No tiene de otra. Pero esa oportunidad ya la tuvo en el 2022 y la desperdició.













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