«La esperanza es esa cosa con plumas
Que se posa en el alma
Y canta la tonada sin palabras
Y nunca se detiene —para nada.»
Famosísimas palabras de Emily Dickinson, una de mis escritoras favoritas desde que tengo memoria. La descubrí a mis catorce años: entre sus versos me leía, y con ella fui creciendo.
Dickinson, más allá de escribir, subvertía todas las normas de su momento. Tan solo regaló al público diez poemas de los más de mil ochocientos que escribió. Su genio no cabía en las métricas rígidas de su siglo y se revelaba en su silencio.
Una mujer disruptiva, revolucionaria, que habitó una soledad elegida para preservar su mente indomable; para evitar ser permeada por el juicio ajeno y resguardar su libertad de pensamiento.
Ese poema en particular es de mis favoritos: el más cercano, el primero que leí. Me hizo ver que en mi alma también se posa esa cosa con plumas, sin saber siquiera si puedo llamarla esperanza.
Ya ni sé qué esperar de la vida; decir que eso que me mueve es la esperanza se me hace ambiguo, incluso genérico. No me puedo quedar en la espera toda la vida.
Aun así, hay una parte de mí que siempre mantiene esa esperanza de ser libre.
Esa cosa con plumas que en mi alma canta se llama libertad. Me exige movimiento, soltura, hacer las cosas bien e irme tan lejos como sea necesario.
Canta la tonada sin miedo. Nunca se detiene; entre los latidos del corazón y sus melodías, me transporta a planos que únicamente yo conozco y me libran de esta condena que llamo “humanidad”.
Y además vuela; en las alturas del cielo encuentro su soltura. Cada vez que toco tierra, ya estoy pensando en irme, en volver a donde las plumas me reciben.
Esa cosa con plumas me hace prófuga y fugitiva ante lo que se espera de mí. Soy enteramente yo, y adonde voy cargo conmigo las plumas que conocen el camino, que me transportan en una corriente sin espacio para la espera.
Algunos lo llaman “alas”; yo no. Hasta donde yo sé, no soy un ángel ni tampoco una santa.
Y algunos caen víctimas de su canto armónico; al tocar la nota del sol, ahí me pierden… y ahí me encontrarán.
Recuerdo que, a mis dieciséis años, el novio de aquel tiempo me decía que yo era igual a Dickinson: igual de extraña y rebelde. Pronto cayó víctima de su propio halago y de mi propia musa; lo dejé tras condenar esa libertad tan sagrada, que solo se conoce a los dieciséis y que entonces era solo mía.
Mis amigas a veces se quejan porque me sienten ausente. Me dicen que no siempre saben dónde encontrarme, aunque nos veamos seguido. Yo mastico el silencio cuando no sé qué decir; cuando mi verbo me condenaría a ser alguien que no soy —o mi presencia expone una parte de mí que no siempre debe salir.
Aún no sé cómo decirles que siempre me encontrarán entre las plumas: donde no estoy escondida, y tampoco puedo decirles dónde están.
Me dicen que entre el cielo y el mar no existe el azar, y no creo que sea casualidad que escriba con plumas, porque al escribir apenas me limitan la tinta y el poco papel que queda en mi cuaderno morado. Ahí, entre esas plumas, vuelo en las alturas del viento que me susurra, y nadie me obliga a aterrizar.
A veces esas plumas son azules con dorado; a veces son las plumas con las que escribo, y otras, las plumas que los pájaros dejan caer sobre la tierra para poder volar.
Porque ahí es donde soy libre, donde no me rige nadie. Donde nadie puede verme, sino sentirme.
Volemos juntos; en las alturas del cielo donde nadie pueda vernos, pero sí sentirnos en el viento. Volarás por donde tu corriente te guíe, y si confías, sabrás a dónde ir. El camino te encontrará antes de que tengas que buscarlo.
Y yo haré lo mismo. Iré a donde me lleven mis plumas y seré feliz. Para entonces seré libre, y solo tendré la esperanza de encontrarnos al final, porque no te perdiste en tu camino y yo tampoco en el mío.
Quizás ahí descubramos dónde se esconde esa cosa con plumas.
«Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese: un intento de vida; un juego al escondite con mi ser. Pero yo estaba hecha de presentes, y mis pies planos sobre la tierra promisoria no resistían caminar hacia atrás, y seguían adelante, adelante, burlando las cenizas para alcanzar el beso de los senderos nuevos.»
— Julia de Burgos
La versión original de esta columna fue publicada inicialmente en el blog Isa Ramelli | Substack y posteriormente en El Insubordinado.













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