Entre la justicia tributaria y el castigo al campo. Catastro multipropósito

Luis Carlos Gaviria

En Colombia, pocas políticas públicas han sido tan necesarias —y al mismo tiempo tan mal ejecutadas— como la actualización catastral rural. El llamado catastro multipropósito, impulsado por el Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC) y respaldado por organismos como el Banco Mundial, nació con un propósito incuestionable: corregir décadas de informalidad, inequidad tributaria y desorden territorial en el campo colombiano. Sin embargo, lo que debía ser una herramienta de equidad se está convirtiendo, en la práctica, en un factor de distorsión económica y presión fiscal regresiva sobre los pequeños productores.

El problema de fondo no es ideológico, como sugiere la narrativa oficial, ni meramente político, como lo plantea la crítica más visceral. Es, ante todo, técnico y estructural: Colombia pretende resolver en pocos años un rezago catastral de más de medio siglo, trasladando el costo de esa omisión histórica directamente a los propietarios rurales.

La reciente controversia sobre los avalúos rurales evidencia una falla crítica en el diseño e implementación. La expedición acelerada de normas, como la Resolución 2057 de 2025 del IGAC, y su articulación con disposiciones previas, revela no solo improvisación normativa sino también una preocupante desconexión entre el marco jurídico y la realidad operativa. Si, como lo establece la propia regulación, los valores catastrales solo entran en vigencia al año siguiente de su incorporación, cualquier intento de anticipar su efecto fiscal no solo es jurídicamente cuestionable, sino que erosiona la confianza institucional.

Pero más allá del debate legal, el verdadero problema está en la metodología.

El enfoque de actualización “masiva y automática” es, en esencia, un atajo técnico. Bajo la premisa de eficiencia, se sacrifican variables fundamentales como la heterogeneidad productiva, las condiciones agroecológicas y la rentabilidad real de los predios. Esto contradice abiertamente el espíritu de la Ley 101 de 1993, que ordena que los avalúos rurales deben basarse en la capacidad productiva y no en expectativas especulativas de valor.

El resultado es previsible: distorsiones.

Cuando un predio rural experimenta incrementos del 500%, 800% o incluso superiores al 1.000% en su avalúo, no estamos frente a una simple actualización técnica, sino ante una reconfiguración abrupta de su carga fiscal. Y aunque los mecanismos de gradualidad —como los topes al incremento del impuesto predial— intentan amortiguar el impacto, en realidad solo difieren el problema: el contribuyente termina pagando sobre una base inflada durante años.

Aquí es donde la política pública pierde coherencia.

El discurso oficial insiste en que la medida busca gravar a los grandes terratenientes improductivos, una intención alineada con los objetivos del Acuerdo de Paz de 2016. Sin embargo, los propios datos del IGAC muestran que la inmensa mayoría de los predios afectados son menores a 100 hectáreas. Es decir, el ajuste recae principalmente sobre pequeños y medianos propietarios, muchos de los cuales operan en condiciones de baja rentabilidad y alta vulnerabilidad.

Esto introduce un problema de regresividad fiscal que no puede ignorarse.

En economías rurales de subsistencia o de baja escala, el predial no es simplemente un impuesto más: es un costo fijo que compite directamente con la inversión productiva, el acceso al crédito y, en última instancia, la permanencia en la actividad agropecuaria. Aumentarlo de manera desproporcionada equivale, en la práctica, a desincentivar la producción formal.

A esto se suma un efecto colateral poco discutido: la reclasificación económica de los productores. Incrementos abruptos en los avalúos pueden hacer que pequeños campesinos dejen de calificar para beneficios financieros o subsidios, no porque su capacidad productiva haya mejorado, sino porque su “riqueza” en papel ha sido inflada por una actualización catastral.

El catastro multipropósito, entonces, corre el riesgo de convertirse en un instrumento técnicamente correcto pero socialmente injusto.

No se trata de defender la desactualización catastral ni de perpetuar privilegios históricos. Se trata de reconocer que la transición hacia un sistema moderno requiere gradualidad real, diferenciación territorial y, sobre todo, coherencia entre política fiscal, política agraria y política crediticia.

Hoy, esa coherencia no existe.

Colombia enfrenta una paradoja: busca formalizar y fortalecer su sector rural, mientras implementa medidas que pueden asfixiar financieramente a quienes lo sostienen. La actualización catastral es necesaria, pero su ejecución actual evidencia una peligrosa combinación de afán recaudatorio, simplificación técnica y desconexión con la realidad del campo.

La discusión no debería centrarse en si el catastro multipropósito es bueno o malo. La verdadera pregunta es si el Estado está en capacidad de implementarlo sin trasladar sus propias fallas históricas a los ciudadanos.

Porque cuando la modernización se hace sin criterio técnico suficiente y sin sensibilidad económica, deja de ser una solución y se convierte, simplemente, en un nuevo problema.

Y en el campo colombiano, los errores del Estado no se corrigen con discursos: se pagan, hectárea por hectárea.

Luis Carlos Gaviria Echavarría

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