“Cepeda no ofrece país, ni ideas, ni soluciones para los problemas que agobian a Colombia.
Solo repite, con obsesión enfermiza, el odio contra Uribe, convertido en su único programa y su única razón de ser.”
Nosotros, los colombianos que aún recordamos lo que significa vivir sin el peso constante del miedo, que hemos visto a esta tierra sangrar por décadas de utopías armadas y que nos negamos a entregar el futuro a los resentidos profesionales, no podemos seguir tolerando el espectáculo más miserable y repetitivo de esta campaña: Iván Cepeda Castro, erigido como candidato presidencial del Pacto Histórico, reducido a un solo y patético oficio. No es un líder. Es un verdugo obsesivo. En cada discurso, en cada entrevista, en cada palabra que vomita, solo sabe una cosa: atacar a Álvaro Uribe Vélez con la más descarada colección de infamias, calumnias y deshonra sistemática. Eso es todo su programa. Eso es todo su ser político. Un hombre vacío de ideas, lleno únicamente de rencor.
¿Dónde están las propuestas reales, Cepeda? ¿Dónde el plan concreto para que el campesino deje de cultivar coca bajo amenaza y pueda sembrar esperanza? ¿Dónde la estrategia seria para que nuestros jóvenes no huyan desesperados hacia el exilio económico? ¿Dónde las soluciones para una economía ahogada por reformas ideológicas, para unas instituciones podridas por la corrupción y para una «paz total» que solo ha traído más masacres y más tumbas? Nada. Absolutamente nada. Solo Uribe. Uribe de mañana, Uribe de tarde, Uribe de noche. Usted no debate, señor Cepeda; usted escupe veneno con la frialdad de un sicario que se disfraza de intelectual. No construye país; exhuma odios viejos y los vende como justicia. Su único talento es la calumnia repetida hasta la náusea, la infamia convertida en rutina, la deshonra como método de campaña. Ese es el candidato que la izquierda nos ofrece: un resentido profesional que no tiene nada positivo que decir de Colombia, solo odio contra quien se atrevió a enfrentarla cuando más lo necesitaba.
Mírenlo en las encuestas, que no mienten aunque el oficialismo las manipule a su antojo. Va primero, sí, con su miserable 34,5 %, ese techo que apenas roza el 38 % incluso con todo el aparato del Estado a su favor. No pasa de ahí. No gana en primera vuelta. Le falta un océano de votos para alcanzar la mayoría que reclama. Y ahí, en esa segunda vuelta que ya se acerca como una tormenta cargada de fraude moral, aparece lo que verdaderamente revela su naturaleza: Cepeda, lo sepa o no —y en el fondo todos sabemos que lo sabe y lo acepta—, movilizará a todos los grupos armados de la izquierda que aún controlan montañas, selvas y caseríos. Las disidencias de las FARC que nunca desarmaron el alma, los ELN reciclados en «paz total», los herederos del terrorismo que cambiaron el fusil por el discurso pero conservan el plomo. Esos mismos que imponen su voluntad a punta de extorsión y amenaza. Llegarán a los territorios olvidados y dirán, con la mirada cargada de muerte: «Vota por Cepeda o la vaca arde, o tu familia paga». Obligarán, con miedo puro y sangre fría, a que los pobladores marquen su nombre en la boleta. Ese es el verdadero «pacto» que defiende: no convencer con ideas, sino someter con armas. Cepeda será solo el rostro civil, el candidato «democrático» que recoge los votos arrancados bajo la sombra de las bayonetas.
Este no es un candidato presidencial. Es un instrumento peligroso del odio que Petro sembró y que ahora pretenden perpetuar. Mientras él repite “Uribe” como un conjuro fallido y enfermizo, el país se desmorona: reformas que ahogan el empleo, corrupción que pudre ministerios enteros, una economía que espanta inversionistas y una supuesta paz que solo multiplica viudas y huérfanos. Su verdadero enemigo no es Álvaro Uribe. Su verdadero enemigo es cualquier colombiano que se atreva a disentir, a trabajar sin mendigar subsidios eternos, a soñar con una nación libre del resentimiento rojo. Cepeda no representa progreso; representa la continuación del desastre con cara de víctima eterna.
Pero atención: Cepeda no es invencible. Nunca lo ha sido. Es un candidato frágil, sostenido solo por el aparato oficial y por el miedo que sus aliados armados pueden generar. Y en el terreno que más odia la izquierda —el terreno limpio, transparente y soberano de las urnas—, el candidato del comunismo perderá. Para eso, Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella deben unirse sin vacilaciones en segunda vuelta. Deben dejar de lado cualquier diferencia secundaria y concentrar todo el voto decente, todo el voto de la Colombia que produce, que trabaja y que rechaza el odio como proyecto de nación. Si se unen, sumarán fuerzas suficientes para barrer a Cepeda. Si se unen, derrotarán al verdugo y a la sombra que lo acompaña. Esa unidad no es un capricho; es una necesidad histórica. Es la única forma de que el rencor no siga gobernando Colombia.
Nosotros, los que todavía creemos en una Colombia decente, libre y próspera, ya despertamos. Estamos cansados de que el odio sea la única propuesta, de que las calumnias sustituyan a las ideas, de que las bayonetas disfrazadas de paz sigan decidiendo nuestro destino. Basta de verdugos que se disfrazan de víctimas. Basta de obsesos que reducen toda una nación a su resentimiento personal. Merecemos más que un discurso repetido hasta la náusea contra un solo hombre. Merecemos un futuro donde el miedo no compre votos y donde la verdad derrote a la infamia.
Colombia no se entrega. En las urnas, el comunismo será derrotado.













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