![]()
El voto útil no es responsabilidad democrática: es la forma más sofisticada de renunciar a elegir.
El voto útil no es una estrategia. Es una excusa.
Una forma elegante de justificar la cobardía política. Un mecanismo psicológico para no hacerse cargo de lo que se elige —o peor, de lo que se deja de elegir.
Se presenta como sensatez. Como madurez democrática. Como responsabilidad.
No es nada de eso.
Es la renuncia anticipada del ciudadano a su propio criterio.
El votante útil no decide. Calcula. No elige. Apuesta. Y lo hace con una convicción curiosa: la de creer que su tarea no es expresar lo que piensa, sino adivinar lo que harán los demás.
Esa no es una democracia exigente.
Es una democracia degradada.
En ese esquema, votar por Abelardo de la Espriella no es una preferencia. Es una anomalía. Porque rompe la regla no escrita: no incomodar, no arriesgar, no salirse del libreto.
El sistema no prohíbe ese voto. Hace algo más eficaz: lo ridiculiza.
Lo convierte en “inútil”.
Y el ciudadano, disciplinado, obedece.
Obedece cuando descarta candidatos antes de escucharlos.
Obedece cuando reduce la política a dos opciones “posibles”.
Obedece cuando repite que votar distinto es “perder el voto”.
El voto útil no necesita imposición. Funciona por internalización.
El votante se convierte en su propio censor.
Hay que decirlo sin rodeos: el voto útil es el mecanismo más eficiente que ha encontrado la democracia para vaciarse sin dejar de parecer legítima.
En Colombia, ese reflejo ha terminado por convertir cada elección en un trámite previsible. Un país que cree elegir, pero en realidad selecciona entre opciones previamente filtradas por encuestas, narrativas y miedos cruzados.
Por un momento, conviene bajar el ruido: el votante útil no es irracional. Es predecible. Responde a incentivos, a temores, a la necesidad de no equivocarse solo.
Pero ese cálculo tiene un costo.
El péndulo alrededor de Gustavo Petro no ha corregido ese vicio. Lo ha profundizado. Todo se ordena en función de él: a favor o en contra, continuidad o reacción. Y en ese esquema, cualquier otra posibilidad no compite: estorba.
Por eso el voto útil no es neutral. Es funcional.
Funcional a un sistema que necesita simplificar para sobrevivir. Funcional a una conversación pública que prefiere probabilidades a ideas. Funcional a un electorado que ha aprendido a no hacerse responsable de sus decisiones.
Porque esa es la verdadera ganancia del voto útil: la absolución.
Si el resultado es malo, nadie responde. El votante no eligió: calculó. Se equivocó la encuesta, falló la tendencia, cambió el clima. Siempre hay una coartada disponible.
Nunca hay responsabilidad.
Votar por convicción, en cambio, elimina esa salida. Obliga a asumir el error, si lo hay. Obliga a reconocer la elección como propia.
Y eso es exactamente lo que el votante útil evita.
No quiere elegir.
Quiere acertar.
Se dirá que es racional. Que en contextos polarizados es necesario. Que es la única forma de evitar un mal mayor.
Tal vez.
Pero incluso si fuera cierto, el costo ya está a la vista: una democracia donde el ciudadano no expresa lo que piensa, sino lo que teme.
Se convierte en una obediencia.
Y una democracia de obedientes no elige: acata.













Comentar