El vagón

Los trenes han naufragado en el recuerdo de aquel agosto, los vientos eran tan fuertes que las cometas se rompían dejando trazos de risitas en el andén de la calle, tus manos cálidas y pálidas me han dejado protegida y he quedado allí, tendida en los deseos cárnicos de tu mirada, que profundidad tan vana se avizora en los cajoncitos metálicos, se mueven de manera lenta y el reloj de la estación no deja de marcar que ha llegado la hora de tomar el té, ese tic -tac –tic- tac, se me metió en la piel, como tu olor, tus manos sudadas se resbalan lentamente por la baranda de la caja metálica y poco a poco se va llegando al destino de la estación.

¡Tantas caras!, son muertos vivientes, queriendo robar aire, pretendiendo simular que están vivos pero sus manchas debajo de los ojos, me tragan la ilusión de las mañanas, pues ¿Quién no huye al ver su vida reflejada en aquellos cuerpos fatuos y putrefactos? ¡Qué bien suena esa palabra! “PUTRE, PUTRE, FACTOS, FACTOS” Tus horas, tus días, tus corrupciones y esa alma encarcelada queriendo exclamar albedrío, para aquel apesadumbrado cuerpo que sufre los vestigios de tu tiempo, de mi tiempo y el de todos.

La niñita me mira, espiando la fetidez de mi miedo, pues te bajarás en baja lucia y allí sentiré la desprovista soledad del tren. Miras aquella niña con tus ojos escarlatas, tu mirada la confunde y ella con su vestidito naranja, con boleritos en las medias y zapatos de charol lloriquea repugnantemente, haciéndome sentir culpable del amor huérfano y dúctil que siento por ti.

Un anciano camina entre nosotros separándonos 30 centímetros y por un instante dejo de curiosearte, perdí la cabeza y deje ir mis pensamientos con él vaivén del tren, el paisaje de la ventana me tragaba entera con sus edificios y árboles de cemento con pequeños frutos de luz que encandelillan mis membranas avellanas, pues viajaba mostrenca, sintiendo un viaje sideral donde no parpadeaba, solo quería sucumbir a la chifladura, al escape, pues no te sentía. Por un instante el longevo abrió un periódico abocando serenidad y sabiduría turbando con ello el recuerdo del volver, el recuerdo de lo que se vivió e inmediatamente vino el frotamiento del presente a tocar la puerta y a obligarme a salir de mi viaje.

Y allí estabas, mirándome las gotas de sudor que traspasaba la mitad de mis pechos traslucidos con mi camisa blanca, luego miraste mi boca, quería besarte pues desde la baranda y el viejo entre los dos, sentí tu aliento a menta mora azul, me clave a ti, bailamos con las manos en la baranda, los dedos se sentían húmedos, mezclándonos de a poco, el viento soplaba y soplaba en esa tarde, queriendo apagar la llave del encanto, Poseidón no quería este amor, sibilino y malintencionado.

Se paró el tren, el tiempo corrió con ecuanimidad, los discursos se estancaron, las manos cesaron al bolero de rabel, cortaste la mancha del lugar e hiciste que todo se viera blanco, pues la puerta se abrió y no dijiste ni adiós. Perpleja ante ti me quedé esperando que el cuerpo desobedeciera para ver si alcanzaba a murmurar algo, pero no, el alma estaba demasiado enferma al contacto de tus manos, que perdí mi minuto y solo pude observar tu espalada acongojada por los fuertes vientos de agosto.

About the author

Maria Antonia Blair

Abogada de la Universidad Autónoma Latinoamericana, Candidata a especialista en Derecho Constitucional de la Universidad de Antioquia. Coordinadora en Antioquia de Jóvenes por Colombia. Apasionada por el arte, la cultura, la política y por las golondrinas de Alfonsina Storni