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Hay algo profundamente humano en seguir creyendo en los monstruos. Tal vez porque los monstruos, bien contados, siempre terminan hablando de nosotros.
La noche de los Premios de la Academia tiene esa extraña capacidad de hacernos sentir que el cine es más grande que cualquier premio. Y la edición 98, celebrada el domingo 15 de marzo de 2026 en el Dolby Theatre de Los Ángeles, no fue la excepción. Diez películas compitieron por el reconocimiento más importante de la industria, y en cada categoría, en cada discurso, en cada agradecimiento pronunciado desde ese escenario dorado, un nombre apareció con una persistencia que ya no puede llamarse casualidad: Guillermo del Toro. El director mexicano no presentó la película más nominada de la noche —ese lugar lo ocupó Sinners, de Ryan Coogler, con 16 menciones— ni tampoco la que más estatuillas se llevó a casa. Su Frankenstein llegó a la ceremonia con una presencia discreta pero contundente: nominaciones en vestuario, maquillaje, diseño de producción, cinematografía, guion adaptado y actor de reparto. No fue la noche de Frankenstein. Pero sí fue, de muchas maneras, la noche de del Toro.
Cuando Mike Hill, ganador del reconocimiento a mejor maquillaje y estilismo por ese mismo filme, subió al escenario y dijo: “Lo lograste, amigo. Trajiste de regreso a nuestro amado Frankenstein, y queremos agradecerte por permitirnos ayudar a hacer de tu proyecto soñado nuestro proyecto soñado”, algo se movió en la sala. No era un agradecimiento protocolar. Era el reconocimiento a un hombre que lleva décadas apostando a que la fantasía puede ser literatura, a que los monstruos pueden ser espejo, a que el cine de género merece ser tomado en serio.
Del Toro ha construido una obra que insiste en lo mismo: que lo que la sociedad rechaza, lo que asusta, lo que margina, tiene algo importante que decirnos.
Me pregunto qué significa que en una noche donde dominaron historias sobre violencia sistémica, crisis de opioides, heridas raciales y decadencia social, un director mexicano haya convocado a los monstruos clásicos para recordarnos algo. Frankenstein no es una historia de terror. Es una historia sobre el rechazo, sobre el ser que nació distinto y pagó el precio de esa diferencia. Del Toro lo sabe. Lo ha sabido siempre. Por eso sus criaturas no asustan: duelen.
El panorama de las nominaciones de esta edición fue, en sí mismo, un retrato de época. One Battle After Another, de Paul Thomas Anderson, llegó con 13 menciones y terminó dominando con los premios mayores: mejor película, mejor dirección, mejor guion adaptado, mejor actor de reparto para Sean Penn. Sinners se fue con el guion original y la banda sonora, además del reconocimiento a mejor actor para Michael B. Jordan. La nueva categoría de mejor reparto, estrenada esta noche, la ganó también One Battle After Another. El cine de esta temporada no buscó consolar al espectador. Lo incomodó, lo confrontó, le preguntó cosas difíciles. Y eso, creo, dice algo sobre el momento que vivimos. Pero en medio de esa incomodidad generalizada, del Toro eligió el camino más antiguo: la fábula. Y quizá por eso incomoda de una manera distinta, más silenciosa. Porque Frankenstein no te grita la crisis del mundo. Te la susurra a través de una criatura que solo quería ser aceptada. Y en ese susurro hay más verdad de la que muchos relatos contemporáneos, con toda su urgencia y su realismo brutal, logran transmitir.
Que un director mexicano siga convocando a la fantasía para hablar de lo humano, y que el mundo cinematográfico más poderoso lo reconozca con gratitud, es también una victoria que vale la pena nombrar.
Hay algo que me parece importante señalar: la gratitud que Guillermo del Toro genera en sus colaboradores no es la del líder que impone su visión, sino la del soñador que invita a otros a soñar con él. Eso se nota. Se nota en la forma en que Mike Hill habló de “nuestro proyecto soñado” y no del proyecto de del Toro. Se nota en la manera en que Guillermo del Toro ha construido, película tras película, una comunidad de artistas que cree en lo mismo que él: que el cine puede transformar lo fantástico en profundamente verdadero.
Al final, la edición 98 de los Premios de la Academia nos dejó con esa pregunta que el buen cine siempre formula: ¿qué tipo de historias necesitamos contar para entendernos mejor? Las respuestas fueron variadas. Una habló del fentanilo y la fractura social. Otra, de la música que nace del dolor histórico. Otra más, de una psicología que se atreve a ser humana. Y una, silenciosamente, nos recordó que los monstruos no son los otros. Somos nosotros, buscando desesperadamente que alguien nos entienda. Gracias, Guillermo. Por seguir creyendo en eso.













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