El ser humano como mar infinito de secreciones, juventud ilusoria, jerarquías vanas y tumba igualadora absoluta

” Todos secretamos lo mismo —sudor, lágrimas, deseo, miedo— y al final nos licuamos idénticamente en la misma tierra húmeda.”

Quien se adentre en el laberinto de las páginas amarillentas, en ese dédalo de manuscritos que la memoria humana ha ido depositando como restos de un naufragio interminable, terminará por descubrir que el verdadero protagonista de toda historia no es el espíritu etéreo ni la razón luminosa, sino ese océano viscoso e incesante que cada cuerpo arrastra consigo: un mar de secreciones que fluye desde el primer llanto del recién nacido hasta la última baba reseca del moribundo, un fluir de sudor frío, de lágrimas saladas, de sangre espesa, de semen turbio, de saliva amarga, de mucosidad pegajosa y de bilis oscura que iguala a hombres y mujeres, a supuestos alfas y epsilones, a príncipes y mendigos, antes incluso de que la mente se atreva a levantar sus torres de vanidad. Porque las glándulas no conocen jerarquías, no distinguen castas ni géneros; secretan lo mismo bajo la piel tersa del joven que bajo la arrugada del anciano, y ese flujo común es el único testigo fiel de que toda superioridad es un engaño, toda belleza juvenil un espejismo fugaz, toda pretensión de eternidad un pacto condenado a la quiebra. El tiempo, ese editor implacable, convierte los cuerpos gloriosos en despojos resecos, y la tumba, gran igualadora, recibe al final el mismo fardo de humores licuados, disueltos en la misma sopa orgánica donde ya no hay números, ni castas, ni retratos, ni pactos que valgan.

Quien recorra ese laberinto textual con la paciencia de quien busca un manuscrito perdido entre anaqueles polvorientos encontrará primero la ciudad de cristal que un ingeniero ruso imaginó en los albores del siglo turbulento: una metrópoli transparente donde los ciudadanos, reducidos a ecuaciones vivientes, creen haber domado el caos de sus fluidos corporales. Allí, tras muros de vidrio que no dejan sombra ni secreto, los cuerpos numerados sudan bajo uniformes idénticos, lloran en sueños prohibidos que la Operación Fantasía intenta extirpar, eyaculan según horarios prescritos y sangran según las necesidades del Estado Único. El constructor de naves espaciales, D-503, se descubre de pronto prisionero de su propio mar interior: la fiebre que lo invade, el deseo que lo desborda, las lágrimas que derrama ante la mujer salvaje I-330, todo eso es el flujo que el cristal no logra contener. La juventud allí es artificial, mantenida por dietas y gimnasias obligatorias, pero cuando la rebelión estalla y la máquina de gas devora a los desviados, el lector comprende que el mar de secreciones siempre termina imponiéndose; la disolución final iguala al constructor genial y al epsilon más humilde en el mismo olvido húmedo.1 Porque incluso en esa utopía matemática el cuerpo traiciona: suda, secreta, se pudre, y la tumba —o su equivalente estatal— lo recibe todo sin distinción.

Avanzando por el corredor siguiente del laberinto, el viajero tropieza con el vasto almacén de embriones embotellados donde otro visionario inglés, en plena década de entreguerras, dispuso una fábrica de felicidad sintética. Allí los humanos ya no nacen del vientre caótico sino de probetas esterilizadas, clasificados desde el primer latido en alfas, betas, gammas, deltas y epsilones según una alquimia genética que pretende haber resuelto para siempre el problema de la desigualdad. Hombres y mujeres —o mejor dicho machos y hembras estandarizados— viven en una juventud perpetua gracias al soma, esa droga que ahoga cualquier asomo de melancolía o arruga, y las salas de orgía-porgía lubrican los cuerpos colectivos con sudor perfumado y semen regulado. El controlador mundial, Mustapha Mond, preside el gran engaño: la superioridad de casta es pura ilusión química, porque bajo la piel dorada de los alfas y la piel gris de los epsilones fluyen los mismos humores, las mismas feromonas, la misma bilis de hastío que el soma apenas logra enmascarar. Cuando el salvaje John irrumpe desde la reserva con sus lágrimas auténticas, su sudor de pasión y su sangre de duelo, el lector asiste al derrumbe de la fachada: la juventud farmacológica se agrieta, el mar reprimido desborda, y al final el propio controlador sabe que su cuerpo es otro frasco más, destinado a licuarse en la misma indiferencia que el épsilon más bajo.2 Porque la tumba, aunque disfrazada de incinerador higiénico, no pregunta por el código genético; disuelve todo en la misma sopa.

Más adelante, en un recodo oscuro del mismo corredor, aparece la granja que un inglés pesimista transformó en fábula alegórica: un corral donde los animales, hartos de la opresión del hombre, proclaman la igualdad absoluta y pintan en el granero el lema “Todos los animales son iguales”. Pero pronto los cerdos, más astutos, añaden en secreto “pero algunos son más iguales que otros”, y el mar de secreciones revela su verdad implacable. Los líderes porcinos engordan con lujos mientras los caballos y las gallinas sudan y se desgastan en el trabajo; la juventud de la rebelión es hermosa, llena de himnos y banderas ondeantes, pero la vejez trae agotamiento y traición. El viejo Mayor, el cerdo Snowball, el tirano Napoleón: todos secretan en privilegios o en miseria, y cuando los cerdos caminan sobre dos patas y beben whisky con los antiguos opresores, el lector entiende que la jerarquía renace siempre del mismo fluido: el sudor del poder, la bilis de la codicia. Al final, cerdo y caballo, supuestos superiores e inferiores, se pudren en la misma tierra, sus fluidos mezclados en el estiércol universal que la tumba reclama sin misericordia.3 Porque la granja no es sino un espejo reducido del mundo, donde la ilusión revolucionaria se disuelve exactamente igual que cualquier otra.

Siguiendo el hilo de ese mismo autor pesimista, el corredor se estrecha hasta volverse claustrofóbico: una habitación miserable de Londres 1984 donde el Gran Hermano vigila hasta el último parpadeo y el último fluido. Allí hombres y mujeres —proles de piel grasienta y miembros del Partido de rostro gris— viven en una igualdad forzada de miseria, pero con jerarquías invisibles que separan a los fieles de los proscritos. El sudor del odio colectivo en las Dos Minutos de Odio, las lágrimas reprimidas por la ausencia de amor genuino, el semen escaso en un régimen de castidad impuesta, todo circula bajo la mirada perpetua de las telescreens. Winston Smith busca en el cuerpo sudoroso y real de Julia una vía de escape, un estallido de secreciones auténticas que el Partido aplasta con la precisión de un cirujano. En la Sala 101 los miedos más profundos —ratas devorando los humores vitales— licuan la última voluntad, y al final todos se rinden, todos aman al Gran Hermano, y la tumba los recibe en anonimato idéntico, sin distinción entre hombre y mujer, entre fiel y traidor.4 Porque incluso el amor, esa suprema secreción del alma, termina siendo otro fluido controlado, y la muerte iguala lo que la tortura no logró doblegar.

El laberinto se ensancha de pronto en una metrópoli americana donde los bomberos ya no apagan incendios, sino que incendian memoria: la sociedad de Fahrenheit 451, donde hombres y mujeres permanecen en una juventud eterna de pantallas parlantes, velocidades vertiginosas y drogas menores que ahogan cualquier asomo de caducidad. El bombero Guy Montag, que al principio quema libros con manos sudorosas, descubre de pronto el placer prohibido de la lectura y siente cómo cambian sus propias secreciones: sudor de duda, lágrimas ante versos que hablan de belleza efímera y mortalidad, saliva amarga al tragar la verdad. La sociedad iguala a todos en ignorancia y distracción —mujeres y hombres igualmente hipnotizados por las family walls—, pero la caducidad llega como sorpresa: cuerpos que se apagan sin haber vivido de verdad. Cuando la guerra atómica estalla, las secreciones evaporadas se funden con el polvo radiactivo, y la tumba colectiva recibe a todos sin distinción.5 Porque quemar libros es quemar la memoria de la decadencia, pero el mar interior siempre encuentra la manera de desbordarse.

Y sin embargo el dédalo no termina ahí; en un ala lateral, casi secreta, aguarda el retrato que un dandi victoriano encerró en un ático londinense. Dorian Gray comienza como epítome de la juventud absoluta: piel tersa, ojos brillantes, proporciones perfectas que parecen prometer la eternidad del deseo. El retrato que Basil pinta captura esa perfección en un lienzo que se convierte en depósito de todas las secreciones morales y físicas que el cuerpo de Dorian debería sufrir. Mientras el joven permanece inmune al paso del tiempo —sin arrugas, sin canas, sin fatiga glandular, sin el hedor de la vejez—, el cuadro acumula el sudor de vicios, las lágrimas de remordimiento, la sangre de crímenes, el semen de excesos, la saliva de mentiras. El mar de secreciones que debería fluir y marchitar el cuerpo real se desvía hacia la pintura que se hincha, se agrieta, se pudre, se convierte en un despojo grotesco. Pero la ilusión no es eterna: cuando Dorian apuñala el retrato, apuñala su propio reflejo, y el cuerpo que había permanecido joven se revela de golpe como el cadáver marchito que siempre debió ser, arrugado, amarillento, putrefacto, un despojo final donde todas las secreciones acumuladas durante décadas de vida reprimida se manifiestan en un instante de horror absoluto.6 Dorian Gray encarna la fantasía suprema de escapar al mar interior, pero el precio es que ese mar se acumula en otro lugar y cuando regresa lo hace con la violencia de lo reprimido, demostrando que la juventud ilusoria solo pospone la igualdad de la tumba.

En otro recodo aún más antiguo, casi medieval, resuena el pacto que un sabio alemán selló con el diablo en las páginas de un poema dramático eterno. Fausto, el anciano reseco cuyas glándulas apenas secretan ya ambición y deseo, vende su alma a Mefistófeles a cambio de placeres y conocimientos infinitos, pero sobre todo a cambio de una juventud renovada y un cuerpo capaz de desear sin límites. El pacto le devuelve el vigor sexual, la capacidad de sudar pasión, de llorar éxtasis, de eyacular vida. Durante su periplo rejuvenecido seduce a Gretchen, comete crímenes, se eleva en jerarquías sociales y políticas, se cree superior a los mortales comunes, pero cada acto de deseo, cada gota de sudor derramada en el placer o en la ambición, se carga de deuda moral. El mar de secreciones que debería haber fluido naturalmente en un ciclo de juventud, madurez, vejez y muerte se acelera artificialmente, se desborda en excesos, y al final, cuando llega la hora del pago, Fausto muere en el preciso instante en que cree haber alcanzado la plenitud suprema. Sus últimas palabras hablan de un proyecto eterno, pero su cuerpo ya no es joven ni viejo: es simplemente cadáver, un despojo más que la tumba reclama sin distinción. Incluso los ángeles que rescatan su alma no salvan su carne; la carne se pudre igual que la de cualquier mortal, y el pacto demuestra que extender la juventud no elimina la caducidad, solo la desplaza y la hace más dramática cuando llega.7

Todas estas páginas —la ciudad de cristal, los embriones embotellados, la granja traicionada, la habitación vigilada, la metrópoli incendiada, el retrato en el ático, el pacto con el diablo— forman un solo volumen secreto que el lector, si es paciente, termina por reconocer como un único gran tratado sobre la vanidad humana. Porque en cada una de ellas el cuerpo traiciona la pretensión de jerarquía: el constructor numerado suda igual que el salvaje, el alfa eyacula lo mismo que la épsilon, los cerdos engordan con los mismos fluidos que los caballos famélicos, Winston y Julia secretan amor prohibido bajo las telescreens, Montag llora ante versos que el fuego no logra quemar, Dorian acumula en el lienzo lo que su piel niega, Fausto paga con la carne lo que su espíritu creyó comprar. Hombres y mujeres, en todos estos manuscritos, comparten el mismo ciclo: la juventud hermosa donde el deseo fluye libre o reprimido, la madurez donde las secreciones se vuelven amargas de rutina, y la vejez donde el cuerpo se seca, se arruga, se convierte en despojo que solo la tumba redime en igualdad absoluta.

Quien continúe recorriendo el laberinto más allá de estos volúmenes encontrará ecos en la historia misma, que no es sino la repetición infinita de ese mismo engaño. Desde las pinturas rupestres hechas con sangre y grasa animal —secreciones mezcladas para invocar superioridad tribal— hasta las cortes renacentistas donde príncipes sudaban bajo sedas y morían de sífilis igual que los campesinos; desde las revoluciones que prometían igualdad y terminaban creando nuevas élites hasta los laboratorios modernos donde se clonan cuerpos y se promete juventud eterna, el patrón se mantiene inalterable. La superioridad es barniz, la caducidad disolvente. La ciencia actual, con su lenguaje frío de porcentajes y moléculas, no hace sino confirmar lo que las páginas antiguas ya sabían: el 99,9 % del ADN es compartido, las hormonas, electrolitos y proteínas de las secreciones son esencialmente idénticas en todos los cuerpos, el envejecimiento no es sino deshidratación celular progresiva. Hombres y mujeres secretan, decaen y se igualan en el mismo ciclo bioquímico, sin que ningún pacto, ningún retrato, ninguna droga o vigilancia pueda alterar el veredicto final.

Y sin embargo, reconocer esta verdad no es nihilismo, sino una liberación paradójica que surge precisamente del centro mismo del laberinto. Si la tumba iguala inexorablemente, entonces la jerarquía que construimos en vida es opcional, arbitraria, prescindible. Quizá la única ética digna consista en tratar al otro como quien comparte el mismo fluir efímero: sudor que se mezcla en el trabajo común, lágrimas que se comparten en el duelo, deseo que se reconoce mutuo sin pretensiones de dominio. Las páginas que hemos recorrido no nos advierten tanto de futuros posibles cuanto de la tentación presente: creer que podemos escapar al mar interior mediante control, vigilancia, droga, belleza o poder. Porque al final, cuando el último humor se evapore y la carne se rinda a la tierra, no quedará rastro de superioridad. Solo el silencio húmedo de la igualdad absoluta. Y en ese silencio, tal vez, resuene la única verdad perdurable que todos los manuscritos susurran al unísono: todos fuimos mar, todos volvemos al mar.

Quien cierre el volumen y apague la lámpara del escritorio comprenderá, con la fatiga dulce del peregrino que ha atravesado un dédalo completo, que el verdadero final de toda narración humana no está en las páginas finales sino en la disolución misma de la tinta, en el polvo que se acumula sobre los anaqueles, en la humedad que termina por ablandar incluso el pergamino más resistente. Porque el mar de secreciones no solo fluye dentro de los cuerpos; fluye también entre las líneas, entre las ideas, entre las épocas, recordándonos que toda jerarquía es un artificio momentáneo y que la única eternidad verdadera es la que nos iguala a todos en la misma tierra húmeda. Y así, con esa certeza serena y algo melancólica, el lector se levanta, apaga la luz y sale al corredor oscuro sabiendo que, aunque cierre el libro, el libro nunca lo cerrará a él.

Notas

  1. Yevgeny Zamyatin, *We*, trans. Gregory Zilboorg (New York: E. P. Dutton, 1924).
  2. Aldous Huxley, *Brave New World* (London: Chatto & Windus, 1932).
  3. George Orwell, *Animal Farm* (London: Secker & Warburg, 1945).
  4. George Orwell, *Nineteen Eighty-Four* (London: Secker & Warburg, 1949).
  5. Ray Bradbury, *Fahrenheit 451* (New York: Ballantine Books, 1953).
  6. Oscar Wilde, *The Picture of Dorian Gray* (London: Ward Lock & Co., 1891).
  7. Johann Wolfgang von Goethe, *Faust: A Tragedy*, trans. Walter Arndt (New York: W. W. Norton, 1976). (Nota: se refiere a la obra completa, Partes I y II, publicada originalmente en 1808 y 1832.)

Carlos Alberto Cano Plata

Administrador de Empresas y Doctor en Historia Económica, con Maestría en Administración. Experto docente, investigador y consultor empresarial en áreas como administración, historia empresarial y desarrollo organizacional.

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