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Antioquia y Medellín llevan siglos aprendiendo a levantarse. Desde los arrieros que cruzaron montañas con mulas cargadas de sueños, hasta los empresarios, obreros y comunidades que reconstruyeron esta región tras décadas de violencia, aquí se ha forjado un carácter colectivo hecho de esfuerzo, temple y solidaridad. Somos una tierra que cayó muchas veces, pero siempre encontró la manera de ponerse de pie.
Pasamos de la violencia a la innovación, de la fractura a la resiliencia, de la desesperanza a la creatividad. Sin embargo, ese orgullo histórico no puede cegarnos frente a lo evidente: en 2026 enfrentamos cinco retos estructurales que definirán el destino de nuestra región y del país. Por ello se hace urgente elegir un presidente que esté a la altura de esa magnitud.
Primero, seguridad y control territorial. El Bajo Cauca, el nordeste, Urabá y algunas comunas de Medellín siguen bajo la sombra del crimen organizado. La apuesta de Abelardo De La Espriella por un “Plan Colombia 2.0”, con mayor capacidad operativa del Estado y cooperación estratégica con aliados internacionales, ofrece lo que Antioquia necesita: recuperación efectiva del territorio, disuasión real y reglas claras. Sin seguridad no hay inversión, ni movilidad social, ni paz duradera.
Segundo, educación y oportunidades. Nuestra región ha crecido porque apostó por el talento de su gente. Desde las escuelas rurales hasta las universidades de Medellín, hemos entendido que el conocimiento es el verdadero motor del desarrollo. Hoy, la deserción escolar y el rezago siguen golpeando a miles de jóvenes antioqueños. El plan de choque del “Tigre” para estabilizar la salud y fortalecer la prevención, el deporte, la nutrición y la formación temprana recoge esa tradición antioqueña de pensar en el mañana: invertir hoy para no pagar el costo social mañana.
Tercero, empleo e informalidad. Antioquia nació industrial, comerciante y exportadora. Medellín lidera indicadores de baja tasa de desempleo, pero la informalidad, los altos impuestos y el aumento desmedido del salario mínimo están asfixiando a MiPymes y hogares vulnerables. Para ello, el Tigre plantea seguridad jurídica, confianza inversionista y relaciones internacionales pragmáticas. Para un territorio como el nuestro, productivo, innovador y turístico; esto significa más inversión, más encadenamientos productivos y mejores salarios, sin sacrificar competitividad.
Cuarto, infraestructura y conectividad. Antioquia sigue fragmentada por vías secundarias precarias. Las propuestas de movilidad segura y aseguramiento vial, junto con una visión de infraestructura como palanca de desarrollo, pueden acelerar la integración de nuestras subregiones y potenciar el turismo y la competitividad logística. Por eso son estratégicos los recursos nacionales para concluir el metro de la 80, mejorar la conectividad hacia Urabá, impulsar el tren multipropósito, consolidar la segunda pista del aeropuerto José María Córdova, y los puertos secos del norte y sur del valle de aburra. Conectar Antioquia es unir su futuro.
Quinto, sostenibilidad y gestión del riesgo. Somos una región privilegiada por la naturaleza, pero también vulnerable al cambio climático. Nuestros ríos, montañas y bosques han sido fuente de vida y desarrollo, pero requieren protección y planificación. Si bien la agenda ambiental del Tigre requiere mayor precisión, su apertura a cooperación internacional y transición energética puede fortalecer la protección de cuencas, la resiliencia climática y la seguridad hídrica. Avanzar en un nuevo modelo de gestión circular de residuos en el país, que permita transformar la basura en recursos, empleo y energía se hace imprescindible, desde Medellín el Tigre tendrá a Creemos como aliado para esto.
Si bien el Tigre encontrará un país con sus finanzas en rojo y un control territorial por parte del crimen organizado, su fortaleza y determinación serán garantía para encontrar el rumbo e iniciar un camino de transformación de Colombia.
El ‘Tigre’ no representa complacencia ni ambigüedad. Representa firmeza para proteger lo logrado y ambición para ir más lejos. En 2026, Antioquia y Medellín no necesitan más promesas difusas: necesitan un aliado nacional con carácter, coherencia y capacidad de decisión.













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