![]()
El problema de quién miente no es solo la falsedad en sí. El verdadero riesgo está en lo que viene después: la calumnia sin límites, la distorsión deliberada de la realidad y la disposición a hacer cualquier cosa para sostener la mentira. Mentir no es un error aislado; es una conducta. Y cuando esa conducta se instala en el ejercicio del poder, se vuelve profundamente peligrosa.
Un viejo adagio popular lo resume con crudeza: quién miente, termina robando. No porque toda mentira conduzca automáticamente al delito, sino porque el desprecio por la verdad elimina los frenos morales. Si alguien es capaz de mentirle al país sin ruborizarse, ¿qué otra irregularidad está dispuesto a cometer? Esa es la pregunta que debería inquietarnos.
En Colombia, la mentira y el mal gobierno parecen haberse convertido en una dupla recurrente. Siempre hemos visto candidatos prometer de más; lo novedoso —y alarmante— es presenciar a un presidente que miente de forma reiterada, imprecisa y ambiguamente, con una insistencia tal que obliga a ciudadanos y periodistas a gobernar con el portal de fact-checking permanentemente abierto.
Los ejemplos sobran y han sido controvertidos por los propios medios de comunicación y organismos oficiales. Todo empezó negando que su campaña hubiese recibido recursos de Fecode y la USO, algo que posteriormente fue constatado por el Consejo Nacional Electoral. En julio de 2025, durante la instalación del Congreso, afirmó sin titubeos que 662 municipios de Colombia no registraban tasas de homicidio, una afirmación desmentida casi de inmediato. Más adelante, habló de un supuesto fraude electoral para 2026, señalando un acuerdo entre Thomas Greg & Sons y la Registraduría Nacional, sin presentar prueba alguna.
No fue distinto cuando alertó sobre una presunta estructura internacional llamada la “Junta del Narcotráfico”, que según él operaba desde Dubái, nuevamente sin evidencias. En materia energética, aseguró que las reservas de gas del país alcanzaban hasta 2042, obligando a los gremios especializados a salir a corregir públicamente la información. Y mientras tanto, se repite el libreto: cifras optimistas sobre mortalidad infantil, cultivos ilícitos e informalidad laboral, muchas de ellas cuestionadas o sacadas de contexto.
A esto se suma el uso irresponsable de imágenes falsas o descontextualizadas en redes sociales, que nunca son corregidas después. Nada de esto parece accidental. Este “Pinocho” no es nuevo. La narrativa de su pasado en el M-19 está llena de episodios imprecisos, fantasías y relatos épicos que buscan mitificar su figura. El tren elevado desde Buenaventura, el mega aeropuerto de Riohacha, y más recientemente, la negación de que las nuevas reglas de vivienda en pesos estén ligadas al aumento del salario mínimo —postura calificada por expertos como técnicamente incorrecta—, completan el cuadro.
Cuatro años se fueron entre embustes. En lenguaje paisa, muchos dirían que es “cañero”. En lo personal, parece más acertado llamarlo malintencionado. Aquí solemos decir: escupa y no se ría, como forma de enfrentar al mentiroso descarado.
El asunto de fondo es este: quién miente calumnia, y quien calumnia no tiene escrúpulos. Y para sostener una mentira, se está dispuesto a todo. Por eso resulta inquietante que en su entorno no haya existido una voz de contención, alguien que le dijera: “Presidente, mérmele, eso no es así”. Ni Laura, ni Benedetti, ni Pizarro, ni Roy, ni Cepeda cumplieron ese papel. Y si Cepeda y el Pacto Histórico se presentan de nuevo como alternativa, la pregunta es inevitable: ¿qué se puede esperar?
No se trata de lealtades; se trata de complicidades. Complicidades en la mentira y, quién sabe, en qué más. Otro refrán popular lo advierte con sabiduría: aves del mismo plumaje vuelan juntas. Petro y Cepeda coinciden en plumaje y color: mienten sin reírse, sin parpadear y sin sonrojarse.
Estamos advertidos.












Comentar