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Una generación de jóvenes venezolanos salió a las calles a protestar. Años después, muchos de ellos no están en su país. No por decisión propia, sino como consecuencia directa de haber asumido el liderazgo que otros no se atrevieron a ejercer.
Las protestas de 2014 —conocidas como las “guarimbas“— no fueron un episodio aislado en la historia reciente de Venezuela. Fueron una fractura generacional: el momento en que un sector de la juventud decidió que el silencio ya no era opción.
Táchira fue uno de sus epicentros. Y entre quienes asumieron roles de liderazgo en esas jornadas se encontraba Julio César Dávila Sánchez, entonces un joven universitario que organizaba, convocaba y respondía ante sus pares cuando las estructuras institucionales habían desaparecido.
Una década después, Dávila Sánchez vive en el exilio. Su historia no es excepcional. Es, en todo caso, representativa: el perfil de una generación que pagó con el destierro el costo de haber intentado cambiar su país.
“En Venezuela, protestar puede ser tolerado momentáneamente. Pero liderar no.”
Julio César Dávila.
ENTREVISTA
Lo contacté a través de redes sociales. La conversación tuvo lugar por videollamada. Habla con calma, aunque las pausas revelan el peso de lo que narra.
¿Qué significó para ti participar y liderar durante las guarimbas en Táchira?
Significó asumir una responsabilidad sin garantías. No éramos políticos, éramos jóvenes con convicción. Pero alguien tenía que dar el paso: organizar, hablar, mantenerse firme cuando todo a tu alrededor se derrumbaba. Nadie te entrena para eso. Lo aprendes en la calle o no lo aprendes.
¿En qué momento te conviertes en objetivo para el régimen?
Cuando dejas de ser uno más. En Venezuela, protestar puede ser tolerado momentáneamente. Pero liderar no. Cuando organizas, cuando te conviertes en referencia para otros, empiezas a ser observado, señalado, fichado. Eso cambia todo. Ya no eres un ciudadano que protesta; eres una amenaza que hay que neutralizar.
¿Cómo fue el proceso de salir del país?
No fue una decisión. Fue una necesidad. Logramos salir junto con mi familia porque quedarse significaba exponernos demasiado. Cuando entiendes que tu vida y la de los tuyos está en riesgo real, ya no hay debate posible. Sales. No porque quieras, sino porque no hay alternativa.
¿Qué significa vivir en el exilio?
Es vivir con una parte de ti permanentemente incompleta. Estás en otro país, pero tu mente sigue allá. Empiezas de cero, pero cargando el peso de todo lo que dejaste atrás: la familia que no pudo salir, los amigos que siguen ahí, la ciudad que ya no reconoces en las fotos que te mandan.
¿Piensas en regresar?
Siempre. ¿A quién no le gustaría volver? Pero volver no es simplemente comprar un pasaje. En Venezuela, volver puede significar terminar en una celda del SEBIN… o algo peor. No es un riesgo calculado; es una ruleta rusa.
EL EXILIO COMO POLÍTICA DE ESTADO
El caso de Julio Dávila Sánchez no es una anomalía. Es parte de un patrón documentado por organizaciones como Foro Penal y Human Rights Watch: la sistemática expulsión de líderes de base a través de la persecución judicial, la amenaza directa y el hostigamiento familiar.
Desde 2014, Venezuela ha acumulado uno de los mayores éxodos de su historia. Más de siete millones de personas han abandonado el país, según cifras de la ONU. No todos por razones políticas. Pero entre quienes lideraron protestas, la proporción de desplazados es significativamente más alta.
En ese contexto, el exilio no es una consecuencia accidental. Es, en muchos casos, el objetivo: desarticular liderazgos emergentes antes de que consoliden estructuras. Venezuela no solo reprimió la protesta. Expulsó al liderazgo que podría haberla sostenido.
Venezuela no solo perdió voces. Perdió la generación que hubiera podido conducir su transición.
UN PAÍS QUE PIERDE A QUIENES INTENTARON TRANSFORMARLO
Las guarimbas no solo dejaron calles marcadas. Dejaron destinos trazados a la fuerza. Una generación entera fue obligada a construir su vida fuera de las fronteras del país que intentó cambiar.
Hay algo profundamente revelador en eso: un sistema político que percibe el liderazgo ciudadano como una amenaza existencial. Que responde a la organización cívica con el aparato represivo del Estado. Que prefiere el destierro de sus mejores cuadros a tolerar la disidencia organizada.
En otros países, liderar desde la sociedad civil es una oportunidad. En Venezuela, es una advertencia. No es una plataforma de proyección política. Es una prueba que pocos superan sin consecuencias.
Y en la mayoría de los casos, es una decisión que marca toda una vida. La propia, y la de quienes eligieron estar cerca.
Julio César Dávila Sánchez sueña con volver. Como la mayoría de los venezolanos que llevan años afuera. Pero mientras el régimen mantenga su memoria activa —y en Venezuela, los expedientes no prescriben por la distancia— el regreso seguirá siendo, para él y para muchos, una posibilidad aplazada indefinidamente.













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