El país donde votar no cambia nada

Hay una verdad que incomoda, pero que alguien tiene que decir sin pedir permiso: en Colombia hay regiones donde votar por presidente no cambia absolutamente nada. San Andrés. El Chocó. Las zonas de frontera. Ya sabemos que ni izquierda ni derecha nos ven .

Se vota, sí. Se participa. Se cumple con el ritual democrático. Pero cuando pasa la elección, todo sigue igual. El agua falla, la energía es inestable, la conectividad es precaria, la inversión no llega. Cambian los discursos en Bogotá, pero no cambia la realidad en el territorio.

Entonces la pregunta es inevitable: ¿para qué sirve el voto cuando no transforma la vida de quien lo ejerce?

No es una pregunta cómoda. Es una pregunta peligrosa. Porque pone en duda el corazón del sistema.

Hace poco alguien me dijo “político fracasado”. Y me reí. No por arrogancia, sino por precisión. Porque si ser político implica adaptarse a una estructura que promete cambio mientras administra el mismo atraso, entonces sí, fracasé. Y es un fracaso que prefiero cargar antes que convertirme en una pieza más de ese engranaje.

Colombia no está fallando por falta de talento ni de recursos. Está fallando por falta de diseño.

Aquí no hay un problema de izquierda o derecha; hay un problema de Estado. Un Estado que no logra traducir el poder en resultados concretos en todo su territorio. Una democracia que funciona como procedimiento, pero no como mecanismo de transformación.

Mientras el mundo discute inteligencia artificial, soberanía tecnológica y economías del conocimiento, nosotros seguimos atrapados en debates ideológicos del siglo pasado. Y lo más grave: creyendo que esa pelea define el futuro del país.
No lo define.
El futuro se define en la capacidad de ejecutar. En conectar territorios. En garantizar condiciones básicas. En construir ventajas competitivas reales. Y ahí es donde Colombia está perdiendo el juego.

San Andrés no es solo turismo. Es geopolítica.
El Chocó no es solo pobreza. Es potencial estratégico.
Las fronteras no son márgenes. Son definición de soberanía.

Pero seguimos tratándolos como periferia.
Y un país que se piensa así, se construye mal.

En ese contexto, el voto pierde fuerza. No porque sea inválido, sino porque carece de consecuencia. No condiciona decisiones. No reorganiza prioridades. No obliga al poder a responder.

Se emite. Se cuenta. Se diluye.
Se vuelve simbólico.
Y los países no se transforman con símbolos.

Pero la crítica sería incompleta si no miramos hacia adentro. En las regiones también se ha fallado. Durante años se ha administrado la escasez en lugar de romperla. Se han protegido cuotas en lugar de construir capacidades. Se ha hablado de cambio operando dentro de las mismas reglas.

Así se consolida un círculo perfecto: el centro no responde y la región no exige con suficiente estructura.

Y mientras tanto, el ciudadano sigue votando con la esperanza de que esta vez sea distinto. No lo es.

No lo será, al menos, no bajo las mismas reglas.
Por eso la discusión no es abandonar el voto. Es elevarlo.
Convertirlo en poder real.

Eso implica algo simple, pero que no estamos haciendo con disciplina. Tener claridad sobre lo que se exige como región. Actuar juntos para que esa exigencia tenga peso. Y no soltar el seguimiento hasta que lo prometido se cumpla.

Sin eso, el voto seguirá siendo un gesto.

Colombia no necesita más políticos en el sentido tradicional. Necesita estadistas. Personas capaces de entender que gobernar no es administrar lo que hay, sino construir lo que falta. Que el poder no es un trofeo, sino una responsabilidad territorial.

Y eso implica vociferar desde una isla. Implica desmarcarse. Implica, incluso, fracasar en el modelo que hoy se aplaude.

San Andrés, el Chocó y las regiones apartadas no deberían votar por presidente… mientras ese voto no cambie nada.

El día que cambie, no solo cambiarán esas regiones.

Cambiará el país. Se lo aseguro.

Jayson Taylor Davis

Soy un abogado sanandresano, especialista y estudiante de la maestría en MBA en la Universidad Externado de Colombia.

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