El ocaso de los ídolos

 “[…] Y más que ser algo negativo, el ocaso de un ídolo es la humana consecuencia del paso del tiempo. Con los años, el cuerpo y todas esas habilidades juveniles se van perdiendo, pero ¡vaya que es difícil de aceptar eso!, porque en el fondo es el aviso de un ocaso que lleva a la eterna penumbra de la muerte.”

Recientemente, con la muerte de Willie Colón (1950–2026), una idea que me ha acompañado en distintos momentos de mi vida volvió a aparecer: aquella que me recuerda, de forma insistente, el carácter efímero de casi todo lo existente. Con un agravante: esa brevedad suele venir acompañada, con anterioridad, de un deterioro o una disolución de aquello que daba identidad a ese ser, haciendo aún más dramático ese pensamiento que anticipa el final de una etapa, de una vida y de futuras experiencias. No es fácil asumir que parte del significado de nuestra existencia proviene precisamente de saber que somos mortales y que no contamos con una eternidad a nuestra disposición.

Ninguno de nosotros escapa a esta condición de ser finitos y de saber que, en algún momento, nos corresponde ceder el relevo de la existencia a una nueva generación. El problema es pasar de un mundo de posibilidades ancladas en la relación presente-futuro, a vivir del recuerdo de lo que ya no está. Y, de la misma manera que les sucedió a muchos seguidores con una eventual reunión de The Beatles, posibilidad terminada en 1980; mi imaginación, en su constante intento de negar los dolores del presente, encontró durante un tiempo sosiego al pensar en un futuro disco o en una gira de reconciliación de la dupla Willie Colón-Rubén Blades. Pero el 21 de febrero de 2026, este reencuentro se hizo imposible, y tristemente no cuenta lo que sé que harán algunos melómanos nostálgicos con habilidades informáticas al acudir a la inteligencia artificial para mostrarnos “discos inéditos”; la verdad es que todo lo venidero en materia de colaboración Colón-Blades o Colón en general, serán apenas un conjunto de algoritmos nacidos de la negación ante la partida de un referente cultural.

Debo confesar que, musicalmente, la salsa ha sido un placer culposo. Durante extensas horas de escucha, donde la “santísima trinidad” del sonido (guitarra, bajo y batería) marcaba mi horizonte sonoro, la salsa se filtró por aquellos espacios que la estridencia rebelde del rock no logró cubrir. Así, congas, clave, timbales, bongós, piano, bajo y vientos irrumpieron como una bandada de armonías y ritmos que trajeron el Caribe urbanizado a mi presente musical. Y de toda esa constelación, quizá Willie Colón fue quien, sin desmeritar a los demás, llevó la salsa a ser un fenómeno panamericano. Ni Héctor Lavoe ni Rubén Blades serían los íconos que son sin el agudo sentido de innovación musical de Colón.

Otro ejemplo no menos importante es el renacer sonoro que tuvieron estrellas como  Celia Cruz e Ismael Miranda, quienes aunque ya tenían una carrera musical destacada, el trabajo colaborativo que tuvieron con Willie Colón les permitió ampliar sus horizontes musicales, algo que por ejemplo es muy notorio en el disco Only They Could Have Made This Album de 1977, principalmente con la versión de Usted abusó, composición original de los brasileros Antônio Carlos y Jocafi; sin olvidar también el disco que el nacido en el Bronx produjo en 1982 para la cantante venezolana Soledad Bravo, titulado Caribe, donde también se destaca una búsqueda de innovación dentro del género salsero.

Ahora bien, toda esta reflexión tiene su origen en raíces más profundas dentro de mi vida, pues el impacto que me produjo la muerte de Willie Colón viene de un respeto artístico que se fue alimentando a finales de mi etapa escolar e iniciando mis estudios tecnológicos: allí tuve un despertar salsero que iba en clara contravía de lo que hasta ese momento era mi identidad musical que era centrada en el rock, es como si ahora yo fuera dos personas distintas que, por azares, tenían que vivir en un mismo cuarto y asumir las mismas responsabilidades académicas. Recuerdo muy bien como mis carpetas de evidencias estaban colmados de imágenes de Héctor Lavoe y Frida Kahlo, aunque con esta pintora mexicana mi admiración más por moda pasó a un desencanto justificado, porque si hay alguien de quién me arrepiento de haber tenido como referente identitario fue esta pintora, pero de esto hablaré en otra ocasión.

Por lo pronto, siguiendo con mi historia, con quien realmente empezó todo este despertar con la salsa, fue con Héctor Lavoe pero al poco tiempo de disfrutar horas de escucha en Discman y tener frases que se repetían sin cesar en mi mente como: “Ha terminado otro capítulo de mi vida, la mujer que amaba hoy se me fue…” o “Todo tiene su final, nada dura para siempre, tenemos que recordar que no existe eternidad”, me puse a investigar y me di cuenta que había otra figura acompañando la obra de Héctor, siendo responsable de ese sonido crudo, cuyo nombre siempre aparecía en alguna parte de los créditos de cada canción, se trataba de Willie Colón.

Previo a descubrir su aporte a la carrera de Lavoe, ya tenía cierto conocimiento de Willie Colón, pues en mi casa la salsa siempre fue bien recibida y recordaba ver como mis familiares mayores cantaban con júbilo partes de sus canciones que rotaban por las emisoras de música popular. También recuerdo tener, desde hace mucho tiempo, muy clara la imagen de Colón gracias a unas presentaciones que transmitieron por televisión: era un hombre de bigote y cejas espesas, con traje, en general, una apariencia muy pulcra, acompañado siempre de un trombón de pistones o de vara que cambiaba dependiendo la canción. Por estas razones temas como Idilio, Gitana y el Gran Varón, eran ya temas musicales obligatorios en el repertorio salsero de la casa de mi historial musical. Pero además de estas canciones, tengo muy presente la voz nasal de Willie interpretando una alegante canción llamada Celo, que también fue tema de una telenovela noventera. En fin, todo este encuentro de información que fui recogiendo y ensamblado con recuerdos en torno a la persona de Willie Colón me permitió concluir que él era el punto de Arquímedes de lo que considero la verdadera identidad salsera americana. Difícilmente, la salsa hubiera sido el género masivo que fue sin el aporte de Colón.

A partir de todo lo anterior, en mi vida se fue erigiendo un nuevo ídolo que, distinto en propuesta musical a mis otros íconos, si compartía con ellos la riqueza y profundidad de aquellos que revolucionan la cultura y definen el camino artístico de muchos individuos. Con Willie Colón y todos los artistas que lo acompañaron, terminé de validar que mi admiración inicial, convertida después en respeto profundo, surge del talento que se mezcla con la valentía para experimentar contenidos de distintas latitudes y hablar desde cada rincón del alma humana, generando un movimiento capaz de impulsar las fibras más internas del ser sin necesidad de estar bajo una fachada comercial de opulencia solo con el propósito de tener pasivos seguidores que intentan imitar sin una distancia crítica.

Willie Colón no fue el mejor trombonista de Fania, para muchos ese título lo tuvo Barry Rogers, tampoco fue el mejor cantante, pero tenía algo más importante en la música, si queremos comprender cuál es su esencia y la razón de su poder hechizante, se trata del sentimiento que generaban sus arreglos, composiciones e interpretaciones, revelándonos así el sentido estructural de la música. No necesito entrar en más detalles sobre la calidad sonora del trabajo de Willie Colón pues para entenderlo es mejor que cada uno escuche con detenimiento algunas de sus obras; tampoco es necesario hablar de sus logros artísticos, pues bastante se ha escrito de eso en las últimas semanas. Basta con decir que en aquel tiempo la escucha de Willie Colón como miembro de una dupla musical o como solista generó en mí una admiración que se arraigó y trascendió el fanatismo adolescente para imponerse a la inmediatez de la moda, pues la salsa no era el género tendencia cuando empecé a escuchar la dupla Hectór-Willie y Rubén-Willie, la tendencia popular era el reggaetón. Así que en realidad mi moda no era la moda de la mayoría de mis contemporáneos. Lo que se ha mantenido hasta hoy y tal vez siga presente por mucho tiempo respecto a Willie Colón no se trata de un gusto desechable alimentado por los rankings; más bien fue mi curiosidad nacida del respeto la que me llevó a mantener ese gusto por la obra del llamado “Malo” que, como los mejores vinos se ha hecho más consistente con los años.

Pero algo más profundo que me motivó a escribir esta columna allende a la partida de este ídolo es la inevitable reflexión que en los últimos años él y otros ídolos han generado en mí y tiene que ver con ese “opacamiento” de la imagen que construí de ellos a través de los años, pues a veces la admiración no se instala de forma exclusiva a un terreno y más bien se extiende a otras áreas de la vida del personaje admirado, haciendo que se construya una especie de deidad en donde casi todo es perfecto, olvidando que los ídolos también son seres humanos. Y más que ser algo negativo, el ocaso de un ídolo la humana consecuencia del paso del tiempo. Con los años, el cuerpo y todas esas habilidades juveniles se van perdiendo, pero ¡vaya que es difícil de aceptar eso!, porque en el fondo es el aviso de un ocaso que lleva a la eterna penumbra de la muerte.

En el caso de Willie Colón, ver esto, fue bastante duro porque hay una imagen del pasado instalada que continuamente es contrastada con la actualidad. Así que el Willie Colón de los años setenta que jugaba a ser un gánster que traficaba con el ritmo y la rumba se fue diluyendo en los últimos años para dar paso a un hombre con notorio sobrepeso, mirada cansada, que en cada entrevista se escuchaba agitado dando respuestas lentas y enredadas, era un presente tensionante respecto a un personaje que emanaba una jovialidad “criminal” que le daba sentido al rótulo del “malo de la salsa”.

Y aunque lo más lógico, porque es el proceso natural del envejecimiento, es que aceptemos de forma espontánea que algo dura para siempre, este hecho no es fácil de asimilar emocionalmente, pues envejecer, y todo lo que esto trae parece revelar que todo esfuerzo por significar la vida y prolongarla desde lo cualitativo es una batalla perdida. La industria de la belleza enfocada en controlar los llamados síntomas del envejecimiento es un ejemplo claro de cómo los seres humanos pese a tener la derrota anticipada nos conformamos con dejarnos llevar por el miedo a la muerte y a la vejez y optamos por la contención en el avance de los efectos físicos y mentales que traen los años. La belleza vista como un tesoro juvenil es un negocio cada vez más rentable que se alimenta del miedo a la decadencia de la vejez. La radiante luz de la juventud da paso al ocaso de la vejez y cada día la cultura de masas busca demonizar la vejez. La reciente muerte de Willie Colón, un hombre talentoso, millonario, arquitecto de una identidad me hizo caer en cuenta del profundo terror que me despiertan las consecuencias de los años, pero es parte de la vida entender que ella no tendría sentido sin su contrario, es una ley que ha acompañado a la humanidad desde tiempos de Heráclito.

Lamentablemente, el caso de Willie no es el único, pues otros de mis ídolos musicales, en su mayoría del mundo del pop y del rock anglo, caminan por ese mismo sendero, el cual por más que intento verlo distinto, lo veo lleno de sombras, como si fuera un invierno boreal que llegó para nunca irse, anticipando también una soledad identitaria, ya que pronto no podré ver nuevas creaciones de estas grandes mentes. Ya el tráfico por ese camino sin retorno esta más congestionado y por él viajan, aunque a diferente ritmo, Paul McCartney, Phil Collins, Mick Jagger, Roger Daltrey, Iggy Pop, Elton John, Pattie Smith, entre otros, y el problema es que nos queda un vacío generacional irremplazable, no porque no haya cantidad, sino porque falta la calidad.

Somos seres para la muerte, diría más o menos Heidegger, y esa es quizá una certeza en medio de un mundo en donde ni siquiera podemos asegurar que la realidad es una vigilia o un sueño bien elaborado, pero como principio práctico parece mejor evitar recordar este hecho, y así como lo dicen Héctor con Willie: “nada dura para siempre”, este sueño o vigilia en algún momento va a terminar. Por esto una de mis metas a corto y mediano plazo es poder asistir a los conciertos de aquellos artistas que vienen andando con la sombra de la vejez y que difícil asegurar que vuelvan al país en otra gira. De hecho, en los últimos años las palabras más comunes en las giras de mis ídolos musicales son: gira de despedida; esto puede ser una estrategia comercial, pero extrañamente en varios de ellos el comercio coincide con las cortas posibilidades que el estado de su cuerpo les está ofreciendo.

No sé si pueda cumplir a cabalidad con esta meta. Pero tengo como motivación que los costos de las boletas para la mayoría de las presentaciones de mis ídolos ahora son más baratos que la de otros personajes mediáticos, esto es una ventaja financiera, no obstante, oculta lo que ya Marx resalta cuando el valor de las cosas muchas veces es irracional y no obedece a un proceso justo de relación costo-trabajo, y no necesariamente el talento real es equivalente a una alta valoración social, pero eso es otro tema. Por lo pronto, me basta con decir que mi primer objetivo es asistir al concierto de despedida que dará Megadeth, la banda nacida del odio de su líder Dave Mustaine hacia su antigua banda Metallica. Mustaine, en concordancia con el tema de esta columna, decidió lanzarse a una última gira huyendo de las sombras del ocaso, él mismo reconoce que su voz y su resistencia ya no son las mismas, algo más loable cuando lo reconoce alguien que vivió de una imagen que transmitía rudeza y resistencia, pero que sabe que ya la luz de la juventud brilla en otros rostros.

Finalmente, una de las tantas preguntas que rondan mi mente sobre este asunto es: ¿qué quedará para el sentido existencial de muchos, incluyéndome a mí, cuando parta el último ídolo a causa de su inevitable ocaso? Quizá la única opción será alimentar el sentir estético gracias al poder romántico que evoca el recuerdo, y tal vez sea esa la medicina que hace que cuando nuestro ocaso llegue algo de luz se pueda ver en el firmamento.

Andrés Camilo Atehortúa Sequeda

Soy filósofo, docente y músico. Soy magíster en filosofía egresado de la Pontificia Universidad Javeriana y licenciado de la Universidad Pedagógica Nacional. Dentro de mis intereses están la filosofía de la música, el arte en general y asuntos de tipo bioético.

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