El método Irene Vallejo y el vacío que nos duele: ¿por qué los latinoamericanos seguimos sin nuestro propio espejo?

 “El método Vallejo nos invita a leer el ahora con el ayer como interlocutor exigente. Los latinoamericanos podemos y debemos hacerlo, pero ampliando el archivo sin complejos: que Homero dialogue con Zapata Olivella”.


Irene Vallejo hace magia con el tiempo. En El infinito en un junco y El silbo del arquero celebra el milagro de los libros. En Alguien habló de nosotros (Debate, 2023), su colección de columnas convertidas en breves ensayos, logra algo más profundo: convierte a los griegos y romanos en interlocutores vivos. Con prosa lírica, íntima y sin academicismo seco, la filóloga española teje un caleidoscopio de unas cien viñetas donde Homero, Sófocles o Cicerón ya “hablaron de nosotros”. Violencia, memoria, poder, amor, justicia, vulnerabilidad: todo lo que nos desvela hoy ya fue interrogado hace milenios.

Vallejo no hace arqueología nostálgica. Usa el pasado clásico como una lente afilada para mirar la incertidumbre del presente. El resultado es deslumbrante. Y plantea, inevitablemente, una pregunta incómoda para quienes habitamos este lado del Atlántico: ¿podemos los latinoamericanos hacer lo mismo?

En colegios y universidades seguimos enseñando el mundo grecolatino como si fuera nuestro origen natural. Lo es, en parte, por la herencia europea. Pero nuestra historia concreta, la que nos marca la piel y la memoria colectiva, no empieza en Atenas ni en Roma. Empieza con el estruendo de la conquista, la herida colonial, la esclavitud, el mestizaje forzoso y las resistencias que nunca se apagaron.

Esa brecha genera distorsiones graves. Tomemos el Código Civil colombiano. Inspirado en Andrés Bello, que a su vez bebe del Código Napoleón y, más atrás, del derecho romano, lo tratamos a veces como un texto sagrado que nos conecta directamente con la pureza romana. Error. Es un artefacto moderno del siglo XIX, adaptado a repúblicas recién nacidas. Convertirlo en un eco directo del Corpus Iuris Civilis sin reconocer la mediación napoleónica es un anacronismo que nos impide entender tanto el pasado como las necesidades reales del presente.

Necesitamos, con urgencia, un método latinoamericano. No para rechazar los clásicos mediterráneos, sino para dialogar con ellos desde nuestra propia profundidad. Un faro de ese camino es Manuel Zapata Olivella y su epopeya Changó, el gran putas (1983). Esta novela monumental no mira hacia el Partenón: entrelaza mitos yoruba, cosmovisiones africanas e indígenas con la brutalidad colonial y la resistencia negra. Convierte a Changó, dios del trueno y la justicia, en lente implacable para escrutar racismo, poder, redención y las identidades fragmentadas que aún nos habitan.

Zapata Olivella rescata las memorias silenciadas de esclavos y cimarrones. Construye un humanismo mestizo, polifónico, ritual, que desafía la hegemonía grecorromana sin negarla. En un país como Colombia —con 115 pueblos indígenas reconocidos y más de 65 lenguas nativas vivas— ignorar esta riqueza pluricultural para seguir mirando exclusivamente hacia Europa es un acto de empobrecimiento voluntario.

En este terreno, la obra filosófica de Santiago Castro-Gómez ilumina el camino con su crítica decolonial al eurocentrismo jurídico. En libros como Crítica de la razón latinoamericana (2006) o La hybris del punto cero (2010), deconstruye cómo el derecho moderno, heredero de la modernidad colonial, impone una “razón pura” que invisibiliza saberes indígenas y afro. Su teoría del derecho no busca nostalgia romana, sino una “descolonización epistémica” que integre cosmovisiones plurales, cuestionando la universalidad de códigos civiles para forjar normas híbridas, sensibles a la justicia intercultural en contextos como el colombiano.

De igual modo, Mauricio García Villegas, en ensayos como La eficacia simbólica del derecho, El orden de la libertad, The Powers of Law, Virtudes cercanas y El país de las emociones tristes, desmonta la “teodicea jurídica” que sacraliza normas napoleónicas como verdades eternas. Su enfoque pragmático revela el derecho como práctica cultural contingente, influida por poder y emoción, no por abstracciones clásicas. En Colombia pluricultural, propone un “derecho vivo” que dialogue con tradiciones indígenas y movimientos sociales, transformando la teoría jurídica en herramienta para reparar legados coloniales y enfrentar desigualdades presentes.

Nicolás Gómez Dávila lo advirtió con su habitual lucidez cortante: “Los tontos creen que la humanidad sólo ahora sabe ciertas cosas importantes, cuando no hay nada importante que la humanidad no haya sabido desde el principio”. La sabiduría no tiene dueño exclusivo. Está dispersa en muchas tradiciones: la clásica, la africana, la indígena, la mestiza. El error está en actuar como si solo una de ellas contuviera la luz.

Esta reflexión adquiere hoy una urgencia política brutal. En las campañas presidenciales colombianas, los programas suelen brillar por su ausencia de ideas propias, profundas o innovadoras. Lo que predomina es el voto emocional: el espectáculo, el resentimiento bien orquestado, la conexión afectiva con un electorado que, en buena medida, desconoce su propio pasado complejo. Quien no conoce su historia —ni la romana, ni la colonial, ni la africana, ni la indígena— termina con una lectura torcida del presente. Y de allí salen propuestas recicladas, superficiales o directamente peligrosas.

El método Vallejo nos invita a leer el ahora con el ayer como interlocutor exigente. Los latinoamericanos podemos y debemos hacerlo, pero ampliando el archivo sin complejos. Que Homero dialogue con Changó. Que el derecho romano converse con las prácticas de justicia indígena y con la experiencia de la diáspora africana. Que los clásicos europeos sean un punto de partida, no un techo.

Porque alguien ya habló de nosotros. Varios “alguien”, en griego, en latín, en yoruba, en lenguas nativas que aún resisten. El desafío es escucharlos a todos, sin jerarquías coloniales ni complejos poscoloniales. En un país tan rico en memorias como Colombia, ese diálogo plural no es un lujo de intelectuales: es una necesidad ética, cultural y, sobre todo, política.

Si seguimos votando y gobernando con la memoria amputada, seguiremos condenados a repetir errores que creíamos nuevos. Es hora de construir nuestro propio mapa de estrellas.

Carlos Andrés Gómez García

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