“Lloramos lo que podemos rescatar con un clic para no tener que denunciar lo que exigiría derribar nuestros propios muros...”
La viralización del caso Punch no es un accidente del algoritmo ni un desvío caprichoso de la atención digital; es el síntoma más acabado de una patología social que ha decidido jerarquizar el espanto bajo una lógica de mercado. Hemos construido una “ética de la comodidad” donde la empatía funciona como un interruptor de bajo consumo que solo se enciende ante aquello que no nos interpela políticamente. Al mono se lo abraza con una furia sagrada, casi religiosa, porque su dolor es mudo, no tiene bandera y, fundamentalmente, no nos exige revisar nuestra propia cuota de responsabilidad en el orden del mundo.
Es el “sujeto de piedad” perfecto para una sociedad que ha tercerizado su conciencia en el scroll infinito: nos permite sentirnos éticamente superiores sin tener que mover un solo ladrillo de nuestra estructura de privilegios. Al primate se le otorga una humanidad que, paradójicamente, le negamos a nuestros semejantes cuando su tragedia ensucia la narrativa del progreso occidental.
Esta estratificación perversa de la sensibilidad revela que el humanismo, tal como lo conocíamos, ha sido reemplazado por una estética del compromiso. Mientras las redes se desbordan en una marea de corazones y reclamos de justicia por el animal, esa misma sensibilidad sufre un apagón sistémico cuando los cuerpos desmembrados bajo los escombros tienen nombres árabes o pieles africanas.
Al niño en Gaza, al huérfano en Sudán o al desplazado en el Congo se los rodea de un silencio quirúrgico porque su mera existencia es una denuncia viva contra nuestra pasividad. Su dolor no es tierno, no es “likeable” ni genera esa gratificación instantánea de salvar a una especie en peligro; su dolor es un grito que señala nuestra complicidad y la hipocresía de un sistema internacional que solo llora a las víctimas que no arruinan su zona de confort. Es la victoria del sentimiento sobre la política: lloramos lo que podemos rescatar con un clic y silenciamos lo que exigiría derribar muros reales.
Lo que está en juego en esta asimetría de la compasión es la deshumanización del otro a través de una piedad higiénica. Nos resulta infinitamente más sencillo identificarnos con la inocencia animal que con la humanidad herida del sur global, porque la primera nos absuelve mientras que la segunda nos condena. Ignorar un genocidio televisado mientras se milita fervientemente por el bienestar de un primate no es una contradicción individual de un usuario distraído; es una decisión política de clase que establece qué vidas merecen ser lloradas y qué muertes deben ser naturalizadas como parte del paisaje inevitable de la historia. Es una forma de racismo sensible que decide que el derecho a la vida es una propiedad privada de aquellos que no cuestionan el statu quo. Si nuestra capacidad de indignarnos depende de qué tan lejos esté la víctima de las responsabilidades de las potencias que financiamos, no estamos ejerciendo ética, estamos haciendo marketing emocional de nosotros mismos.
Para romper este círculo vicioso, es urgente denunciar que no hay justicia posible si esta sigue siendo selectiva. La verdadera piedad no es la que se siente desde el sofá frente a una imagen despojada de contexto, sino la que nos obliga a mirar donde más duele y donde más responsables somos por omisión.
No se trata de restarle valor a la vida de Punch, sino de desnudar la obscenidad de una moral que se conmueve con el cautiverio animal mientras normaliza el campo de concentración humano bajo el eufemismo del conflicto geopolítico. Si no somos capaces de reconocer que el hilo que une la jaula del mono con la fosa común en el desierto es nuestra propia indiferencia programada, habremos convertido a la empatía en el juguete más caro de nuestra propia decadencia.
La justicia será universal o no será más que un decorado para tranquilizar la almohada de quienes prefieren la ternura de lo ajeno a la urgencia de lo propio.













Comentar