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Un pueblo habitado por los fantasmas. Un pueblo que, en la época de Marta, creía que el mundo terminaba más allá de las montañas y los helicópteros había que bajarlos a pedradas.
Marta trascendió el perdón. Alzó el perdón como bandera para contrarrestar el olvido de la víctima y para que el agresor se destete de la víctima atontada.
Jamás en la vida encontraréis ternura mejor, más profunda, más desinteresada ni verdadera que la de vuestra madre
Honoré de Balzac
Marta Obando[1] nació en 1960 en un pueblo ubicado en el suroeste antioqueño llamado Fredonia. De adulta, entendió que lo más relevante de este pueblo, fue marcharse. Porque este pueblo la aburría a tal profundidad que volvía cada tanto. Un pueblo que le abría las fisuras del recuerdo para angustiarse con el pasado. Un pueblo estático, a pesar de que la vida es dinámica. Un pueblo atrapado en la Edad Media. Un Pueblo donde el tiempo ha sido una babosa y la esperanza, un quejido que aún no termina. Un pueblo habitado por fantasmas. Un pueblo que creyó, por décadas, que el mundo terminaba más allá de las montañas y los helicópteros había que bajarlos a pedradas. Un pueblo que desconocía, en la época de Marta, que el país llevara dos años bajo el gobierno de Alberto Lleras Camargo, el primer presidente del Frente Nacional. Un pueblo que ignoraba la gestación de las guerrillas FARC y ELN, influenciadas por la revolución cubana.
La familia de Marta vivía en el campo, en la vereda Travesía, sin electricidad, transporte público ni medios para embolar el hambre y los chistes de mal gusto del olvido.
Marta era la quinta de siete mujeres. Vivía en una casa de material en mal estado. Tenía piso de tierra y había goteras en el techo. El baño estaba al lado de la cocina y fuera de la casa. Las paredes tenían agujeros y abundaban los nidos de avispas. Había dos habitaciones. En una dormían los padres y en la otra, los hijos, arrumados como leños.
Marta para ir a la escuela —en la vereda Uvital— se demoraba hora y media en cada trayecto. Atravesaba cafetales, cañadas, potreros. A veces bajo la lluvia.
Un domingo, después de descargar el mercado del caballo, Pedro Obando, le mostró a la familia una radio de pilas. A la cajita negra con vetas plateadas le adecuó un hueco en una pared, como una especie de altar, para enterarse de lo que pasaba más allá de las montañas. Pedro miró esa cajita como si fuera un acto de hechicería. Para él era inexplicable el cómo salía, de esa pequeña radio, voces de personas. A veces, se rascaba la cabeza y se preguntaba si en verdad, en ese artefacto tan pequeño, vivían seres humanos. Pedro no dejó que nadie tocara la radio.
Pedro llegaba del trabajo, se descalzaba y sintonizaba “Radio Santa Bárbara”. Movía la perilla hasta escuchar con nitidez. Después de prender una vela en la mitad de la mesa que estaba en la entrada de la cocina, se sentaba en el taburete y ponía los pies en una ponchera con agua tibia. Medio cerraba los ojos y escuchaba al locutor que hablaba de la visita del papa Paulo VI a Colombia, mencionaba que la novela “Cien Años de Soledad” de García Márquez podría representar un hecho importante en la literatura colombiana, celebraba la llegada de Misael Pastrana a la presidencia y festejaba el récord mundial de Martín Emilio Cochise en México. Al servirle la comida, Pedro se llevaba una cucharada de fríjoles a la boca. A veces, con un movimiento de ceja o de labios, indicaba a Leticia que encendiera la vela. Cierta tarde, cuando Pedro estaba de buen humor, Leticia le habló de un tema siempre molesto: la educación de sus hijas
—Mijo, porque no dejamos a Marta en la escuela.
—¡Qué trabaje y no pierda más el tiempo! —Pedro se paró molesto de la mesa.
Días después a la casa de Pedro llegó la profesora de Marta con la intención de disuadirlo para que la niña terminara la secundaria.
—Don Pedro, espero que esté bien. Vea, Marta es muy inteligente y sé que ella puede terminar sus estudios —dijo Noira Arenas, la profesora que en ese entonces enseñaba en la escuelita de la vereda Uvital.
—Le agradezco su preocupación, pero mis hijas no necesitan estudio para casarse.
Meses después, Leticia, le regaló a Marta una ruana azul, de lana, con bordes negros, como premio de consolación por terminar quinto de primaria. En la radio, por esos días, empezaba a sonar la canción “No tengo dinero” de Juan Gabriel.
—Lo único que quise de pequeña fue estudiar porque soñaba con ser profesora o secretaria. Siempre miraba con admiración a las profesoras y secretarias porque atendían a la gente con mucha amabilidad —dice Marta.
El mal de amor
La familia la conformaron siete mujeres y un hombre. Con el paso de los años el s
emblante de Pedro se hizo más sombrío. Lamentaba que el apellido “Obando” se dilatara en las generaciones futuras. Anheló ser padre de muchachos que orinaran de pie, trabajaran la tierra y a su vez le dieran nietos hombres que trabajaran como mulas y llevaran el apellido “Obando” como una bandera de orgullo de los ancestros afro. No obstante, concibió mujeres. Mujeres que le problematizaban la vida en el hogar, pero afuera, le despertaban impulsos lujuriosos. Mujeres que atraían a la casa hombres con impulsos parecidos a los de Pedro. Mujeres que orinaban sentadas y desdibujan el orgullo del apellido “Obando”. Porque en las mujeres el apellido “Obando” quedaba superpuesto a otro que no tenía nada que ver con el temple de los antepasados africanos que asumieron el apellido de los patrones españoles. Para él, las mujeres eran problemáticas, indomables, habladoras. Las mujeres eran como las serpientes, lo último que moría en ellas era la parte de abajo.
Desde joven Pedro soñó con hijos varones. Sin embargo, fue padre de siete mujeres, y cada una era un eco de una tristeza pastosa en el que se hundía. Además, cada hija, para ensanchar la desesperación, tenía un halo de mala suerte. La hija mayor nació con una deficiencia de aprendizaje que le impedía fundar familia. La siguiente se casó con un hombre que le temía a la oscuridad, a los rayos, a las sombras y a ella le tocó ponerse los pantalones para ser el hombre de la casa. Otra se casó con un hombre virgen que, de noche, cazaba búhos y envenenaba perros; pero tras experimentar la locura sin precedentes del sexo, amarró a su mujer de la pata de la cama. Otra se casó con un hombre quién fue asesinado de una puñalada en la espalda y la dejó con dos niñas. Otra quedó embarazada sin casarse y al obligarla a convivir con el padre del niño murió al dar a luz.
Pedro creyó que la excepción a la regla era Marta. Tal vez era la única hija que iba a romper con la cadena del infortunio. Pues Marta conoció a Ángel Betancur. Y la casa de Pedro, por un tiempo, corto, llegó un aire de promesa. Por esa época la salsa vivía su apogeo con “Pedro Navaja” de Rubén Blades y Willie Colón. El país estrenaba la televisión a color, la revista “Alternativa” estaba en auge. También se hablaba del Gran Paro Nacional, fruto de la inflación generada por la “Bonanza Marimbera”, donde el influjo del narcotráfico y los altos precios del café crearon una ilusión de prosperidad. Por ello, había quienes creían que eran buenos tiempos. Y Leticia, madre de Marta, especialmente lo creía. Además, Leticia veía en Marta, hija preferida, un conjuro de buen augurio. Creía que la alianza con la familia Betancur era un presagio de buena suerte. Y desde que Ángel llegó a la familia Obando, había un viento mentolado, más dinero en la casa y un cambio notable en el humor de Pedro.
Marta y Ángel se casaron y rentaron una casita en la vereda el Uvital. En los primeros meses Ángel fue gentil con Marta e iban a recolectar café. Pero cuando se enteró de que ella estaba embarazada de un varoncito se volvió más huraño. Tanto que llegó a levantarle la mano varias veces para castigarla por su fertilidad. Entonces, él se limitó al saludo y durmió en otra cama. Temía que con dirigirle la palabra Marta quedara de nuevo en embarazo. El niño nació y Ángel no soportó la paternidad, la esposa que no amaba, el hijo que no dejaba de llorar… Como alternativa desesperada acudió a las excusas para pasar los fines de semana en el atrio de Fredonia, entre cervezas y muchachos.
Fue inevitable que Ángel se confrontara con su personalidad quebradiza, de vidrio empañado. Por el lado del vidrio, el externo, reflejaba un Ángel gentil, dicharachero. Era el Ángel esperado por jóvenes que veían en él un hombre cariñoso y adinerado. Por el otro lado del vidrio, el que mostraba al Ángel hogareño, reflejaba un animal asustado que se tarjaba con la imagen impuesta por la sociedad que sobrevaloraba al padre de familia. Y para acceder al reflejo del hombre público, Ángel se tornó más violento y distante con Marta.
Durante meses, después de muchas discusiones, Ángel logró el cometido de separarse de Marta. A las semanas descubrió que, sin Marta, no le alcanzaba el dinero para invitar a cerveza a los muchachos. Le constó aceptar que, sin ella, no podía ser un hombre público. Porque un hombre divorciado, con hijos, no era bien visto divirtiéndose con muchachos en el atrio del pueblo. Sobre todo, cuando Marta era más eficiente en el trabajo. Así que Ángel, para volver al atrio de Fredonia, retornó al lugar donde era infeliz: la vida hogareña. Y en la única reconciliación Marta quedó embarazada de una niña. Ángel dejó de mercar para que Marta lo abandonara definitivamente.
—Yo lo quise mucho. Hasta le propuse que estuviéramos como hermanitos. Lo único que quería era que mis hijos tuvieran un padre. Además, estaba enamorada y él me decía que yo era lo peor que le había pasado en la vida. Él encontró todas las formas de herirme. Una de las peores, más que el desprecio, fue afirmar que mi niña no era su hija, si no de Enrique, su propio padre. Entre dolores y desengaños, me demoré diez años para olvidarlo y entender que él no me quería. Aunque durante ese tiempo estaba dispuesta a perdonarle sus ofensas. A veces, una por los hijos se olvida de la dignidad de la mujer —dice Marta.
—No nos entendimos. Lo intentamos pero no nos entendimos. Además, su padre era muy conflictivo. Admito que por cobardía no busqué a mis hijos. Pero, en el fondo, sentía que era mejor no buscarlos para no incomodarla a ella y a su padre y no darles más motivos para que hablaran mal de mí. Es que nunca me han gustado las habladurías —dice Ángel.

El trabajo
El primer trabajo de Marta fue de empleada doméstica en la casa del escultor Rodrigo Arenas Betancourt. Rodrigo, junto al escritor Efe Gómez y Carlos Sánchez —más conocido como Juan Valdés—, era de los personajes más insignes de Fredonia. A principios de los ochenta, ya era famoso por sus esculturas en México y Colombia. Debido a su fama, el escultor era extraño en su pueblo. Ajeno al panorama cultural del país, en Fredonia nadie podría creer que ese borracho, ese hombre en sudadera, sin bañarse, hubiera sido entrevistado por Pacheco y García Márquez. Arenas era un hombre bajito, de barba prominente, que predicaba que la fama está llena de ruido y ropajes que pican. Era un hombre que actuaba en contravía de la moral pueblerina y afirmaba, cuando estaba muy borracho: “Chimbilas, la fama en un gusano en el alma”. Por lo tanto, él era el plato fuerte de los chismes municipales. De aquellos que, pese hablar pestes de Arenas, estaban pendientes de las casas que regalaba a los campesinos en la vereda Uvital, como quien obsequia una libra de panela. Rodrigo era un filántropo. Y Cuando los campesinos, beneficiarios de una casa, oyeron el término creyeron que “filántropo” era un fruto tan dulce y sabroso como el mango criollo; y los que no, asumieron que “filántropo” era una enfermedad venérea.
Rodrigo, en su casa, en el Uvital, se despertaba a las cinco de la mañana y con un ron, recostado en una hamaca, como ritual, esperaba los primeros rayos del día que se abrían paso entre las montañas. Miraba el sol de melena despeinada iluminar el paisaje. Terminaba el ron en silencio. El escultor adoraba el silencio. Para él, un hombre sin silencio era como una comida muy condimentada, aunque se coma en pequeñas porciones, tarde o temprano termina siendo una flatulencia hedionda. Y en silencio se subía en su Renault 4 y se dirigía hacia el taller que estaba ubicado en el municipio de Caldas.
Arenas, al enterarse de que Ángel, su primo, no asumió la paternidad, decidió ayudar a Marta. Sobre todo, cuando Enrique Betancur se hizo responsable de la cobardía de Ángel. Es que Arenas tenía un afecto especial por Enrique. Cuando era un infante, Enrique lo hospedó con su madre y le ayudó incondicionalmente, tratándolo como un hijo. Por eso, cuando Arenas se entera de que Enrique, cada lunes de feria, con sombrero, iba en caballo hasta la casa de Marta y llevaba papitas de limón o útiles escolares a sus nietos, le ofrece trabajo a Marta. Nadie más que Arenas conocía el corazón de Enrique. Entre el amor por Enrique y la indignación del chisme de que fuera el padre de la hija de Marta, Arenas era el columpio en que se balanceaba la sensatez y el silencio depurado.
—Recuerdo que el maestro Arenas no hablaba con nadie ni siquiera con su segunda esposa. Por eso, intentaba hacer todo lo más silencioso posible. Pero una vez que me fui con mi hijo que era muy llorón sucedió algo muy asombroso. Mi hijo, tenía unos dos años, empezó a llorar y no había como calmarlo. El maestro estaba en una hamaca con un vaso de ron. Así que me acerqué y le dije que si le molestaba. Él me miró y me dijo que lo dejara llorar y desahogarse, que así es que se desahogan los niños. ¿A caso las mujeres no se desahogan con los chismes? —recuerda Marta.
Rodrigo Arenas le pagaba más del salario mínimo a Marta. Y viendo la capacidad de trabajo de la mujer, le propone pagarle 32 mil pesos, el doble del salario mínimo de la época, si trabajaba con él en Caldas. Ella rechaza la oferta porque Pedro se le arrodilló y rogó que no lo dejara solo.
Cuando Pedro quedó viudo se dedicó a beber y vagabundear. Y al dimensionar la vida sin Marta, su única cuidadora, tembló ante la idea de una mesa sin frijoles y un pantalón sin lavar ni planchar. Pedro, pese a su temeridad, de rodillas, afirmó que dejaría de beber y sería un buen padre.
Lo que no reconoce Pedro y nunca reconocerá, es que el deterioro de la salud de Leticia fue por su culpa. A Leticia la afectó que Pedro le impusiera marido a una de sus hijas. La hija, quien no quería irse de la casa, al convivir con un hombre que no amaba, entra en depresión y muere al dar a luz a un varoncito. Pedro para evitar cualquier tipo de confrontación, toma el atajo de la decadencia e inicia una serie de infidelidades. En pocos meses a Leticia la consumió una tristeza que le apagó la luz de los ojos y llevó a escala de grises todos los colores del arcoíris. Hasta que a finales de 1985 a Leticia se le paralizó el corazón. Año en que el M19 se tomó el Palacio de Justicia, el Nevado del Ruiz hizo erupción y borró a Armero del mapa. Año en que la enfermedad del SIDA apareció como una amenaza para la humanidad.
El segundo trabajo que encontró Marta fue con una parejita que se hacían llamar “los gringos”. Ambos, nacidos en Antioquia, habían viajado a Estados Unidos por el sueño americano. Germán logró la jubilación y volvieron a Colombia. Compraron un terreno en la vereda Travesías donde edificaron una casa. Adoptaron varios perros que cuidaban como hijos ya que no habían podido concebir los propios. Margarita, la esposa de Germán, medía 1,40 metros, era adicta al bisturí y se operó los senos, las cejas, las mejillas… no obstante, en vez de verse más joven parecía una película de terror que no se podía dejar de ver. Su piel colgaba como orejas de perro; su rostro, en perspectiva, exhibía una belleza conceptual, digna de una mala imitación de un Picasso. Germán se vestía como un vaquero del Lejano Oeste con gafas oscuras, pero sin sombrero, revolver y caballo. Se teñía el cabello de amarillo y buscaba seducir a cuanta muchacha se encontraba. Se pavoneaba por la carretera destapada como un gallo llamando a las gallinas, pero producía el efecto contrario. Hablaban de él como si fuera un lamento envuelto en papel periódico —como los aguacates—, o un rumor de mal agüero en las cocinas de Ligia, Rubiela, Marina y de otras tantas mujeres de la vereda.
Germán y Margarita se odiaban con toda la sangre y sonrisa fingida. Pero estaban juntos e infelices. Y para esta pintoresca pareja Marta trabajó, en un principio, medio tiempo, luego tiempo completo (con salario de medio tiempo) durante diez años sin recibir cesantías ni prestaciones sociales.
Luego, la finca la compró Luis Mesa, un negociante que tenía supermercados en la central mayorista y en varios municipios de Antioquia. Con este empleo Marta se enteró de que un trabajador tenía un sueldo digno y empezó a recibir primas y subsidios. Ella cocinaba, jardineaba, aspiraba la piscina y hacía otras funciones que, a veces, a los hombres les quedaba grande. Con Don Luis se trasladó hacia El Poblado-Medellín. Marta y sus hijos se instalaron en el municipio de Girardota.
Después trabajó de niñera en el Retiro y El Poblado. El sueldo lo distribuía en el mercado, servicios públicos y en sus hijos que empezaron a estudiar en la universidad. El hijo mayor se graduó en la Universidad de Antioquia en la Facultad de Comunicaciones y la hija de nutricionista, de la misma universidad. Más tarde, Marta se retiró del trabajo, sin posibilidad de jubilarse.
—Me dije, qué sí mis hijos estudiaban, iba a estar al lado de ellos hasta que se graduaran. Gracias a Dios he tenido la fuerza para acompañarlos. Además, han sido ellos la luz de estos años. Por ellos es que trabajé. Ahora, puedo pensar en mi otro gran sueño que es estudiar, abrir un restaurante y comprarme una casita para pasar mi vejez —dice Marta.
Durante más de 30 años, Marta ejerció como madre cabeza de familia. Una figura que, según la Ley 1232 de 2008 (Artículo 1), puede ser soltera o casada, a cargo de hijos menores o personas incapacitadas. Cabe aclarar que “soltera” abarca también a viudas o divorciadas, como Marta, quien asumió la responsabilidad del hogar cuando Ángel se abstuvo de sus obligaciones paternales
Empero, la madre cabeza de familia cuenta con mecanismos de protección como La Constitución Política de Colombia que le brinda acompañamiento, tal como lo estipula en el artículo 43. Pero, al parecer, las madres cabeza de familia, por desinformación o falta de gestión, no acuden a estas garantías.
Marta fue una de esas mujeres madres solteras. Y su historia, como la de millones, revela una fortaleza apenas reconocida. Una fortaleza capaz de desestabilizar incluso los engranajes del poder. Es que las mujeres cabezas de familia danzan y danzaron con la dificultad sin parejo, sin apoyo; solas ante las injusticias laborales y sociales. Ellas son el eje central de las familias. Por eso, imaginar que entren a un paro nacional sería un acontecimiento tan revolucionario como el auge de las Inteligencias Artificiales. Le darían otro giro a esta sociedad que vive inmersa en una tormenta informativa poco confiable. Y en contraste con la silenciosa lucha de estas mujeres, la sociedad colombiana, miope, se regodea en falsos ídolos y olvida las heridas que la desangran día a día. Una sociedad que exhibe monstruos como Pablo Escobar en camisetas, llaveros, ruanas… Una sociedad que insiste en la inocencia de Álvaro Uribe Vélez. Una sociedad que ya olvidó el asesinato de Sara Millerey González, mujer trans brutalmente atacada; el abuso sexual de pastor José Ramírez, en Caldas, a su hijastra; el violador Freddy Castellanos, profesor en el barrio Villa Javier, en la localidad de San Cristóbal, Bogotá, quien cometió abusos sistemáticos contra menores en un jardín infantil. Una sociedad que lee pero no entiende, una sociedad que cuida más el perfil de Instagram que la salud mental; una sociedad que mide el contenido en likes y no en veracidad.
La crisis de la casa
Después de la muerte de Leticia, Marta cuidó a Pedro. Y Pedro le escrituró la casa por si él llegaba a faltar, sus hijas, en especial una, no dejaran a Marta en la calle. Cuando ella firmó las escrituras reformó el baño, la cocina, el techo, construyó un lavadero y le echó piso de cemento y baldosa a toda la casa. Además, se dedicó, cosa que hacía de pequeña, a cultivar flores.
Diez años después, Pedro conoció a Ligia y se casó por segunda vez. La madrasta, como en los cuentos infantiles, empezó a hacerle la vida imposible a Marta. Ligia no había pasado por la escuela, tenía una fuerza animal y quería las escrituras de la casa. Para obtener lo que deseaba Ligia acudió a la brutalidad, tal vez el único recurso que conocen los débiles de espíritu. Ejemplos: cierta mañana degolló una gallina de Marta y la dejó en una horqueta de un árbol de naranja con las tripas afuera; se cagó cerca de la cocina para que los alimentos se llenaran de moscas y Marta abandonara la casa; escondía la panela, el aceite, el chocolate, el pan… y al preguntarle miraba para el techo en busca de telarañas.
Cuando Ligia arremete contra los hijos de Marta, Marta la enfrenta y Pedro, el hombre más hombre de la vereda, se instala en una casa diagonal. Él no quería confrontar a Marta porque sabía lo que ella hizo por él. No obstante, las circunstancias actuales era otras: ya estaba acompañado y tenía quién le cocinara y le lavara la ropa.
La casa, por un tiempo, permaneció cerrada. Cada tanto el hijo de Marta le daba vuelta. Pero Marta, interna en Medellín, estaba intranquila. Algo en ella le decía que las cosas no andaban bien. Y una tarde, cuando su hijo fue a la casa se encontró que Pedro y Ligia se habían posesionado del lugar. Cuando el hijo hizo el reclamo, Pedro rastrilló el machete en el suelo y manifestó que lo sacara si era tan hombre. Aunque fue una hija de Pedro, a la que su exesposo amarró de la pata de la cama para que su coño siempre estuviera disponible, la que buscaba apoderarse de las escrituras de la casa. Esta mancha familiar a la que Marta consideraba hermana le ofreció a Pedro el coste del abogado para recuperar la casa y lo persuadió de habitarla.
El pleito pasó a juzgados y el abogado que asesoraba a Marta hizo un trato bajo cuerda con el abogado que representaba a Pedro y su hija. Y por una negligencia eficazmente calculada, Marta perdió la casa y se le atribuyó el costo de los dos abogados. Entonces, Marta se vio obligada a exiliarse de su pueblo, como lo hicieron, claro bajo otras circunstancias como el conflicto armado, los habitantes del Meta, Urabá, Caquetá, el Putumayo… o los de Venezuela, Siria, Ucrania, Palestina, Gaza…
En el 2017 muere Pedro. Lo encontraron tieso, solo, en un potrero, lejos de su casa. Las escrituras quedaron a nombre de la hija más parecida a Pedro. Sin embargo, ella no puede hacer mejoras ni posesionarse. Antes de morir, Pedro dejó una cláusula que decía que nadie podía sacar a Ligia de la casa, pues ella lo había cuidado en sus últimos años. Sin embargo, Ligia, una mujer con una salud física casi anormal, abandona la casa porque decía que había fantasmas. La casa la rentan.
En la actualidad, en la casa vive una pareja que no tiene ningún vínculo familiar. Ligia, pese a su buen estado físico, sufre de demencia senil y vive con su hermano que le administra la casa y disfruta de la herencia de 100 millones que dejó Pedro en el banco. Mientras que la dueña legitima de la casa, aunque tiene las facultades mentales, ha sobrevivido a dos canceres y está frágil de salud. Y la casa, para el resto de los hermanos de Marta, es como una película a blanco y negro, sin sonido. Más que una película sin gracia, la casa es como un silencio pintado de negro en un cuarto oscuro.
El poder de las flores
Aunque le gusta cultivar cebolla de rama y cilantro, su gran amor son las flores. Una de las cosas que más lamentó Marta, al perder la casa, fue abandonar los cuernos y begonias.
Una de las terapias de sanación que Marta utilizó para el perdón fue cultivar flores. En las cinco casas en que ha vivido, algunas sin patio, destinó un rinconcito para sembrar novios, besos y primaveras.
Ahora vive en una casa rentada en la vereda Manga Arriba del municipio de Girardota. En las noches se sienta en una banca y contempla las flores. Si ve que alguna se marchita se acerca y le habla con dulzura y en voz baja.
“¡Hermosa qué te ha pasado! No te preocupes que mamá llegó”, dice.
Espera unos días a que la flor se reponga. Si sus métodos no la resucitan acude a lo más práctico, sembrar otra flor.
Ahora, a los sesenta y cinco años, Marta siente que ha sanado. Dice que no necesita de nada y de nadie para ser feliz. Con Dios y las flores le basta.
Años atrás, Marta buscó a Pedro, sin importarle lo que él le había hecho. Estuvo en la casa que fue suya, vio sus pertenencias que ya no le pertenecían. Antes, tomó dos rones con Coca-cola para armarse de valor y confrontar a su padre. Le dijo todo lo que sentía. Él tartamudeó, alzó la voz, gritó. Luego, sonrió, sin saber más qué hacer. En ese momento, Marta trascendió el perdón. Alzó el perdón como bandera para contrarrestar el olvido de la víctima y para que el agresor se destete de la víctima atontada. Marta entendió que el perdón era más para ella que para su padre. Y el perdón, enseña Marta, no es para quien lo recibe, sino para quien lo da. Y liberada de su pasado, Marta liberó a sus hijos.
Con menos cargas, Marta retomó los estudios. Esta vez, sin la sombra de Pedro, se graduó de bachiller en el 2020 en la Institución Lucas Tadeo, en Bello-Antioquia.
En el 2022, después de la pandemia, Marta abrió un restaurante en Girardota. Aprendió las recetas en programas de cocina de Teleantioquia o en videos de YouTube. Las anotó, las ensayó hasta dominarlas. Ahora, cuenta con más de 20 preparaciones, además de la comida típica: sudado, fríjoles y sancocho. Aunque el restaurante duró poco más de seis meses, fue el entrenamiento para su último trabajo.
Marta es jefa de cocina en una finca rentada por un alemán en la vereda El Limonar de Girardota. Lo que gana lo ahorra para comprar su propia casa, un lugar con tierra para la huerta, el corral de las gallinas y un vivero para sus flores. Una casa para ella y sus hijos. Una casa en la que no ronde la desazón de que en cualquier momento deba abandonarla. Una casa para vivir de manera digna su vejez y recibir en las mañanas, con el corazón en alto, el sol que se asoma todos los días, sin falla.
[1] El nombre se cambió por petición de la fuente.












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