El idolo de barro

Vaciaba los escupideros en los sanitarios de un viejo gimnasio antaño gloria del boxeo. De allí salieron incontables campeones, superestrellas que luego se prendieron fuego a si mismos y no dejaron nada.

A lo lejos se escucha perceptible los guantes de piel de cabra golpeando el saco; el balanceo de la argolla oxidada que sostenía el saco; los nudillos desnudos presionando la arenilla de las peras de golpear; el rechinar de la suela de goma de los zapatos especiales deslizándose sobre la lona.

Escuchaba las junturas crujiendo ante las combinaciones:

1…2…1…2

Mientras limpiaba los orinales del gimnasio recordaba la pelea de la película de Escorsese Raging bull, las cintas viejas con pelas de Marciano y la cinderella Jack Dempsey.

Mientras la veía imitaba el movimiento hipnótico de los brazos del boxeador en la lona del ring; sabía que él, igual que otros chicos, y los que habían venido antes, los que lo lograron y los que terminaron con una pipa de crack, buscaban escapar de la miseria a golpes.

Había llegado al gimnasio escapando de un grupo de bravucones que iban a golpearlo, de hecho, lo habían golpeado ya un par de veces. Se había vuelto costumbre que lo esperaran detrás de la escuela.

El gimnasio lo había abierto un italiano regordete que solía dejar la puerta abierta; un viejo ultra del Cagliari que había tenido que venir a América para escapar de las amenazas de muerte de las disidencias de su grupo.

No había muchos clientes, pero la constancia de los pocos lavaperros que asistían era la que lo mantenía a flote. Le gustaba enseñar a los niños a defenderse. Encontraba cierta honra en inculcar la dignidad de resistir la soberbia de quien se cree más fuerte, de anteponer la inteligencia de los movimientos coordinados a la fuerza bruta del torpe bípedo.

Infinidad de ídolos de barro habían pasado por su polvoriento cuadrilátero.

Se repetían las combinaciones.

1…2…1…2

Las manchas de sudor secadas en el piso de madera rajado de repetir el ballet violento del boxeo. Las zapatillas desgastadas de cuero duro contraído por la absorción de sudor, las cuerdas pendientes sobre el ring para estimular la comunicación cuerpo-mente, el cuerpo habitando sus músculos en movimientos precisos, medidos.

Escapando de sus verdugos se había escondido tras los sacos de golpear; las luces intermitentes, propias de burdeles y cabarets, de chicherías y prostíbulos. Estas luces cubrían intermitente los cuerpos, las siluetas cobraban vida, imposible la distinción entre el cuerpo vivo y animado y la sombra que avanza desde la oscuridad; entre los ojos de cazador, hinchados los pómulos de los golpes recibidos, las cicatrices de los cortes.

El baile solitario y silencioso con la evidencia del combate, aquello que ha dejado su impronta para siempre en la carne; la violencia retenida que se escapa en los movimientos coordinados, la violencia retenida para siempre en el hipotálamo.

1…2…1…2…jab…gancho…recto…jab…jab

Se metió en problemas con frecuencia, mejor dicho, no había nada mejor para hacer que meterse en problemas: vivía vagando por el barrio.

El italiano lo había visto salir disparado luego de que los truhanes perpetraran su alevosía. Lo había visto con los mismos ojos de perro con sarna tras la niebla de humo que hacía con la cusca de pésimo tabaco que apretaba entre los molares, de ese tabaco que jamás dejo y que le había manchado los pelillos del bozo y dejado en el dedo pulgar un molesto olor a ceniza y hacho.

Se acercó y le extendió la mano, informándole de la partida de sus perseguidores y ofreciéndole un poco de agua. El muchacho pálido, con la boca morada por los golpes recibidos, sostuvo el vaso, como bogándose el alma para meterla de nuevo en el cuerpo.

Joe Lewis se enfrentaba a Rocky Marciano; el bombardero de Detroit, con su inconcebible potencia, se enfrenaba contra el inamovible y resistente Marciano. Veía las películas con el italiano, y desde ese día no había salido del lugar.

Llevaba las pesas oxidadas, los cabezales que vomitaban la espuma -mero alambre y cuero-, los cinturones sucios, manchados de sangre y sudor, las vendas apestosas.

Veía a los púgiles moviéndose bajo la luz como Fred Astaire, moviéndose gráciles, ligando el instinto y la inteligencia en cada paso, en cada finta, en cada posición defensiva, creando una sublime danza con su sombra y los demonios que allí habitan; cada golpe que lanza aparta a los demonios de su mente, repite el mantra:

. -Dame poder para vencer a mis demonios, no a mis enemigos, si venzo a mis demonios, seré invencible para mis enemigos.

El sparring, búfalos que se embisten, machos cabríos chocando para probar sus cornamentas; crías que juegan al asesinato desde abrir los ojos, desde la oscuridad de su cascaron a la tibia luz del sol; animalidad represada que sobrepasa el borde que la contiene y se extiende, contagiando su fuego a los músculos; caprípedos feroces embistiendo estatuas de sal.

Si las bailarinas rusas lanzaran golpeas como los púgiles, seguramente hace mucho hubiesen conquistado al mundo. Enviarían batallones de bailarinas preparadas para la guerra, sería algo insospechado y contundente, pensaba el chico, mientras veía desde afuera de un salón de baile a una compañía de ballet rusa que había venido a la ciudad.

Un Sugar Ray, un Jack Lamota, se mueven con la misma gracia, con la elación, de un bailarín, su cuerpo es arte y con él ejecutan su más grande obra: la victoria sobre el rival.

Su función es la dulce ciencia, es pegar y no ser golpeado; su objetivo es excavar en los intersticios del cuerpo, golpes claves, someter a su rival. Cuando se fundían en el baile del sparring, ese baile era una forma de arte y de lucha.

Desempolva los poros mientras observa al prospecto y tararea una canción de Willie Colon:

. – Todo depende del color, del cristal con que se mire.

El terrible tiene pelea en unos días con un negro macizo que viene knockeando a todos sus oponentes, los deja en el país de los sueños.

Se llevará a cabo en el recinto, se prepara el plan de combate, es un zurdo, propondrá el inside fight, manejara la distancia, va a pelar a la contra; los guantes nuevos, el olor de la piel de cabra que se quema en los poros del parental de quien recibe el golpe; los cortes, el ojo cerrado, los parpados caídos, la cuenta:

. -1…parpadea…6…7…8…9…10

El suspenso, el ring IQ, todo es una fiesta donde el baile de la guerra acapara la atención. Suena la campana, el ring se acorta, chocan las cabezas, se agachan, el réferi los separa

. -a pelear señores

El peso corporal se acrecienta, se descubren los flancos, se cuelan los golpes

6…7…8…9…10…no va mas

Ganador por K.O, el perro de las sombras, papito -el cámara- Moore.

Recoge las toallas tiesas de sangre y gloria, vacía las escupideras, los shorts del prospecto invicto. Lleva las prendas usadas al lavadero para empezar nuevamente con su labor, cuando de repente, como en otras tantas ocasiones, se abre la puerta del gym, partiendo la oscuridad en dos con un haz de luz desde la calle, un nuevo soñador quiere pelar por sus anhelos

Vicente Rojas Lizcano

En mis inquietudes esta la búsqueda de una forma autentica y novedosa de retratar las problemáticas sociales (conflictos armados, emergencias ambientales, actualidad política, la cultura). Ello me ha llevado a incursionar en la novela de ideas, el cuento, y demás formas narrativas como herramienta de teorización sobre la política y la sociedad.

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