Opinión Política

El gran Burundún-Burundá ha vuelto

En nuestra maltrecha tradición política se ha visto de todo: siempre hay algún acontecimiento que resalta y deja tristemente rezagado a los demás. Pero esa cúspide, por lo general, no se alcanza, como podría pensarse, debido a las buenas acciones de nuestra clase gobernante, por el contrario, son sus malvadas y truculentas operaciones bajo las sombras, las encargadas de recordarnos la triste y corrupta realidad que desde hace años sufrimos los colombianos.

Es así como en el país se ha vuelto natural encontrar, en cualquier esquina, a funcionarios que se convierten en millonarios de un día para otro; a hijos de esos mismos funcionarios dilapidando, en fiestas y carros lujosos, los mal habidos dineros que sus padres logran escamotear de las arcas públicas; a congresistas que, tramposamente, se adueñan de grandes extensiones de tierras baldías en Vichada; a directoras de agencias de desarrollo rural, con méritos para trabajar en sus puestos realmente dudosos, que llegan al poder gracias a sus buenas relaciones, pero que, al rato, salen expulsadas o suspendidas por la Procuraduría cuando se les prueba que, en sus visitas al Municipio de Sativanorte, aprovechaban para hacer proselitismo político en favor del candidato a la Gobernación de Boyacá de sus afectos.

Lo anterior tan solo pretendía ser una muestra brevísima de los numerosos hechos de corrupción acontecidos durante los pocos meses que lleva el Gobierno del presidente Duque. Sin embargo, como lo advertí, aquello no lo es todo, por eso quisiera detenerme, antes de acabar con este breve memorial de agravios, en una situación insólita para nuestro país, en un problema que, entre todos, en este momento me preocupa más que ninguno, visto que, sus posibles implicaciones podrían ser trágicas para todos los colombianos.

El problema al que estoy haciendo alusión es el de la creciente intromisión del expresidente Álvaro Uribe –nuestro eterno Burundún-Burundá- en las decisiones políticas del “presidente” actual. Es que, plagiando la escritura del gran Jorge Zalamea, “¡Tan extenso sigue siendo el poder del expresidente que da pavor! ¡Y son tan diversos los signos de su mandato!”

En rigor, ya no es necesario pertenecer al círculo íntimo del expresidente para saber quién es el jefe. Ya no es ni siquiera necesario, para ellos, mentir a la opinión pública, ya que todos sabemos que el antifaz construido con retazos de solapamiento fue derribado por el mismo que ingeniosamente supo construirlo, esto es, por el propio expresidente. Ya sabemos, entonces, que el gran Burundún-Burundá ha vuelto y se erige, ante los colombianos, con todo su esplendor, con toda su política de seguridad democrática, su mano firme y su corazón grande, como reza el conocido eslogan. En efecto, se erige como una estatua que la vejez y el tiempo no lograron derribar de su pedernal.

De otra forma no podríamos explicarnos la negativa, desde el inicio del Gobierno, de seguir las negociaciones de paz con las guerrillas del ELN. Y, tampoco, nunca podríamos alcanzar a comprender por qué este Gobierno decidió, con tanta beligerancia, dedicar sus esfuerzos y su capital político a destruir el proceso de paz con las FARC.

Y la explicación más factible para comprender esa errática conducta es que el antiguo régimen gamonalista sigue vigente, y vigentes están aún sus doctrinas, que se reducen básicamente a la combatividad y al férreo rechazo a ofrecer concesiones. El mismo Burundún-Burundá resumía su filosofía política en uno de sus más recientes trinos a propósito de la Minga indígena: “Es preferible cerrar esa carretera dos años, mejorar y cuidar la alterna que firmar acuerdos con la minga apoyada en el terrorismo”.

De modo que, para las huestes de su excelencia y para su excelencia, es preferible la guerra, el sufrimiento y la muerte (de los otros) antes que la negociación y el diálogo. Es preciso, pues, que los otros pierdan la vida luchando por sus derechos, largamente negados, largamente olvidados, antes que ceder siquiera una de las muchas prerrogativas que durante años han tenido; eso es preferible, antes que dar el brazo a torcer.