Sergio Molina Pérez lleva más de dos décadas pensando Colombia desde la filosofía. Ahora quiere pensarla desde el Congreso.
Hay algo desconcertante en un hombre que dedica sus estudios postdoctorales al amor, la dignidad y la esperanza, y al mismo tiempo decide meterse en la arena más hostil de la vida pública colombiana: el Congreso de la República. Pero quizás eso sea, precisamente, lo que hace de Sergio Molina Pérez un candidato difícil de clasificar.
Nacido en Medellín en 1971, criado en Envigado — donde hizo la primaria en la Escuela Darío de Bedout y el bachillerato en el colegio Manuel Uribe Ángel —, Molina no es un recién llegado a la política ni un filósofo que mira el país desde la torre de marfil. Fue concejal de Envigado durante doce años consecutivos, tres periodos en los que se ganó la fama de ser una de las pocas voces de oposición en un municipio dominado históricamente por el Partido Liberal. En 2023, se lanzó a la Alcaldía y terminó tercero con el 12% de los votos, detrás de la maquinaria que lleva medio siglo en el poder local. Perdió la elección, pero no la convicción.
Ahora, con el aval del Centro Democrático, aspira a la Cámara de Representantes por Antioquia en las elecciones de 2026. Y lo hace con una promesa que suena casi anacrónica en tiempos de algoritmos y campañas digitales: volver a la calle, conversar, escuchar.
Un filósofo que investiga lo que más falta nos hace
La hoja de vida académica de Molina es, por decir lo menos, inusual para un político colombiano. Doctor en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana, su trayectoria intelectual ha estado marcada por una trilogía de investigaciones postdoctorales que parecen más un programa vital que una carrera académica: el amor como modo primordial, explorado en la Universidad Autónoma de Madrid a partir del pensamiento de Jean-Luc Marion; la dignidad humana como concepto que trasciende la subjetividad, en la Universidad Pontificia de Salamanca; y la esperanza como algo más que un modo contingente, investigación que actualmente adelanta en la Universidad de Algarve, en Portugal.
Amor, dignidad, esperanza. Tres palabras que en boca de cualquier político sonarían a eslogan vacío. Pero Molina las ha convertido en objetos de estudio riguroso, en preguntas filosóficas con las que ha dialogado durante años en aulas, conferencias y páginas de revistas académicas. Es también administrador de empresas, especialista en Economía, magíster en Gobierno Público y magíster en Filosofía. Esa combinación extraña entre lo práctico y lo contemplativo define su perfil: un hombre que puede hablar con igual solvencia de infraestructura exportadora — tema de su tesis de pregrado sobre Antioquia — que del fenómeno erótico en la fenomenología francesa.
Ha escrito tres libros — Razonamorate, Me voy y Ellas —, es columnista de La República y El Colombiano, colaborador de Filosofía&Co y Ethic, y ha publicado en El Espectador y en revistas especializadas. La revista El Malpensante lo describe como un “retratista de lo obvio que por ser tan obvio no se cuenta”. Tal vez esa sea la mejor definición de lo que Molina intenta hacer también en política: señalar lo evidente que nadie quiere ver.
El legislativo como lugar para pensar la condición humana
“El legislativo es una oportunidad de incidir en los problemas del país y, específicamente, en la condición humana y la realidad de los colombianos”, dice Molina cuando se le pregunta por qué quiere llegar al Congreso. La respuesta no es un lugar común: es una declaración de principios. Para él, legislar no es un ejercicio de poder sino un acto de reflexión aplicada.
Sus propuestas revelan esa mirada. La que más le importa — la que aprobaría si solo pudiera aprobar una ley en todo su periodo — es una Ley de salud mental específica por grupos etarios. No se trata de crear más programas genéricos, sino de particularizar la atención según el momento vital de cada persona, sus influjos vividos y por vivir. La idea es dejar de tratar a quien llega a consulta como “un paciente más” y empezar a reconocerlo como un ser humano con una historia y unas expectativas concretas. Es filosofía convertida en política pública.
También impulsa una Ley de accesibilidad y cobertura digital completa para 2030, convencido de que sin conectividad no hay democracia real en los municipios más apartados; un bono estudiantil para que los jóvenes accedan a instituciones privadas o concesionadas; un programa de formación digital incluyente en cualquier etapa de la vida; y un nuevo estatuto docente para las universidades públicas. Lo que indigna a Molina de Colombia son los concursos públicos y la contratación estatal, problemas que atribuye a la “laxitud legal y la idiosincrasia”.
Personalismo frente al pragmatismo vacío
En un país donde los principios políticos suelen ser intercambiables según la coyuntura, Molina se define desde el personalismo y el humanismo. “El único satisfactorio terminado en ‘ismo’ que vale la pena es el personalismo y el humanismo”, afirma. Y agrega que en el gobierno debe primar “el orden, el respeto, la libertad y la persona”. Su metodología es casi fenomenológica: observar, discernir, actuar, verificar. Decisiones con celeridad, escuchar a la gente pertinente, sin dilaciones ni postergaciones.
Cuando se le pregunta qué haría si tuviera que votar una ley que va en contra de su partido pero favorece al país, la respuesta es inmediata y sin matices: votaría por el país. Y su decisión impopular — esa que pocos políticos se atreven a decir en voz alta — es la no reelección de alcaldes y gobernadores.
Admira a Álvaro Gómez Hurtado, y su último libro leído es ¿Qué es la locura? de Darian Leader, una elección que dice más de él que cualquier discurso de campaña: un candidato al Congreso que en sus ratos libres lee sobre los límites entre la razón y la sinrazón.
El callejero
Quienes lo conocen en Envigado lo llaman así: el callejero. Un hombre que hace política caminando, tocando puertas, conversando en las esquinas. En tiempos de redes sociales y campañas virales, Molina promete una campaña a la vieja usanza por todo el departamento de Antioquia, con especial énfasis en el Área Metropolitana del Valle de Aburrá.
La apuesta es arriesgada. Pero hay algo en ese gesto — el de un filósofo que estudia el amor y la esperanza y decide bajar a la calle a buscar votos — que resulta, al menos, refrescante. En un Congreso donde abundan los abogados, los ingenieros y los empresarios, la llegada de un doctor en Filosofía que escribe columnas sobre lo obvio y que investiga la dignidad humana podría ser, si no una revolución, al menos una conversación distinta.
Colombia necesita muchas cosas. Tal vez una de ellas sea que alguien en el Capitolio se detenga a pensar antes de votar. Sergio Molina lleva toda la vida preparándose para eso.













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