La caída de Jameneí no es solo el fin de un régimen; es la prueba forense que autopsia una ficción geopolítica: la del eje CRINK como contrapeso real a Occidente. Mientras los misiles caían sobre Teherán, Moscú y Pekín miraban hacia otro lado. Y en ese silencio cómplice, Colombia debería estar tomando notas.
El 28 de febrero de 2026 amaneció con una noticia que hará temblar los cimientos de Oriente Medio durante décadas. La Operation Epic Fury, el ataque coordinado entre Estados Unidos e Israel, no se limitó a penetrar las defensas aéreas iraníes: alcanzó también el corazón mismo del poder teocrático. El ayatolá Alí Jameneí, junto a la cúpula militar y de inteligencia, fue eliminado en una ofensiva de precisión quirúrgica que había sido planeada durante meses.
Doce horas después de la primera oleada, Donald Trump confirmaba lo que nadie en Teherán quería creer: el Líder Supremo había muerto en su propio complejo, oculto a plena luz.
Pero más allá del drama humano y la inmediata escalada bélica —cierre del Estrecho de Ormuz, con la consiguiente amenaza de incendiar todo buque que intente cruzarlo—, lo ocurrido encierra una lección geopolítica que trasciende las arenas del Golfo. Una lección que países como Colombia, a menudo espectadores distantes de estas tormentas, harían bien en internalizar.
Porque lo que Irán acaba de demostrar, sin pretenderlo, es que la multipolaridad no existe. Al menos no como la imaginamos.
La jugada estadounidense fue magistral en su crudeza. Al declarar explícitamente el cambio de régimen como objetivo, Washington aplicó el célebre dispositivo de Schelling —la estrategia del “quemar las naves” que Cortés ejecutó en Veracruz—: cuando la retirada es imposible, el adversario sabe que le quedan a lo sumo dos opciones, ambas letales.
Para Irán, la ecuación era existencial. Ceder significaba el colapso interno. Escalar, la destrucción militar. Y en esa trampa perfectamente calibrada, los reflectores se volvieron hacia los teóricos aliados de Teherán: Rusia y China.
La respuesta llegó en forma de condenas retóricas y un silencio estratégico atronador. Moscú, que apenas semanas antes había suscrito un pacto trilateral con Pekín y Teherán, activó lo que los analistas llaman “caos calibrado”. Cada semana que el Estrecho de Ormuz permanezca cerrado, el precio del petróleo se dispara y Rusia —el mayor vendedor de energía después de Arabia Saudita— ingresa miles de millones extras para financiar su maquinaria de guerra en Ucrania.
China, por su parte, convirtió la crisis en una ficha de negociación para su cumbre con Trump: silencio sobre Irán a cambio de concesiones en aranceles y Taiwán. La prensa estatal china lo expresó con una honestidad brutal que pasará a los anales del cinismo diplomático: “Irán no tiene apoyo real”.
La tinta del pacto trilateral aún estaba fresca.
CRINK vs. OTAN: la diferencia se mide en sangre
El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) acuñó el acrónimo CRINK para designar al eje China-Rusia-Irán-Corea del Norte, ese bloque que supuestamente desafía el orden unipolar. Sin embargo, el caso de Irán revela que CRINK es una red transaccional de conveniencia: una asociación sin compromisos vinculantes donde cada cual caza su liebre mientras abandona al ciervo común.
En teoría de juegos, esto se llama un “fallo de coordinación” en el dilema de la Caza del Ciervo. Rusia gana con el caos (petróleo alto); China gana con el orden (flujo comercial estable). Sus funciones de pago son incompatibles. Y cuando las bombas caen, la credibilidad de las alianzas se mide en un criterio muy distinto: el Artículo 5 de la OTAN ofrece un 95 % de certeza; los pactos de CRINK, apenas un 5 %.
La “larga cola” de asociaciones estratégicas que no implican defensa mutua vale exactamente cero en el momento de la verdad.
Y Colombia en medio de la tormenta: las ventajas silenciadas
Aquí es donde el análisis debe descender del Himalaya geopolítico a la realidad sudamericana. Porque mientras los reflectores apuntan a Oriente Medio, Colombia enfrenta una oportunidad histórica que nuestro debate público ignora por completo, y al parecer con especial dedicación nuestros candidatos presidenciales.
Primero, lo evidente: el cierre del Estrecho de Ormuz —por donde transita alrededor del 20 % del petróleo mundial— tensará las cadenas de suministro energético global. Los precios del crudo, que ya mostraban volatilidad, experimentarán un repunte sostenido mientras dure la crisis. Para un país como Colombia, productor de petróleo aunque no miembro de la OPEP, esto se traduce en ingresos extraordinarios por exportación que podrían aliviar las presiones fiscales y financiar la transición energética.
Pero hay más, y es más profundo…
La desintegración fáctica del eje CRINK como bloque cohesionado reconfigura el tablero de inversiones. China, que ha mirado con interés los recursos minero-energéticos de Colombia —desde el carbón hasta el cobre y el potencial de litio y tantalio—, necesitará diversificar sus fuentes de suministro ante la creciente inestabilidad en sus socios tradicionales. Irán, sancionado y en crisis, deja un vacío que países estables como Colombia pueden ocupar.
Además, la estrategia estadounidense de contención del eje CRINK —lo que algunos analistas llaman el “cinturón medio euroasiático”— pasa por fortalecer alianzas con países productores fuera del perímetro de influencia china y rusa. Colombia, con su larga tradición de cooperación en seguridad con Washington y su ubicación geoestratégica en el patio trasero americano, se convierte en un socio energético privilegiado en un momento donde EE. UU. busca desesperadamente reducir su dependencia de regiones volátiles.
El peligro para Colombia no es la crisis, sino la lectura ingenua de ella. Durante años, cierto discurso progresista ha mirado con simpatía al eje CRINK como un contrapeso imprescindible al “imperialismo norteamericano”. La realidad que acaba de revelarse en Teherán es que ese contrapeso no existe. Lo que hay son cálculos egoístas, transacciones de conveniencia y, en el mejor de los casos, indiferencia estratégica.
Irán termina de comprobar que la multipolaridad sin mecanismos de compromiso no es equilibrio de poder, más bien un fallo de coordinación con consecuencias mortales.
Colombia, en cambio, tiene la oportunidad de navegar estas aguas con inteligencia. La crisis del Golfo, lejos de ser una catástrofe lejana, puede traducirse en:
- Diversificación de mercados para nuestros hidrocarburos, aprovechando la reconfiguración de flujos energéticos globales.
- Fortalecimiento de la relación con EE. UU. en materia de seguridad energética, en un momento donde Washington valora más que nunca a los proveedores confiables.
- Atracción de inversión china que, ante la inestabilidad de sus socios tradicionales, buscará activos estables en América Latina.
- Posicionamiento como hub energético regional, capitalizando la demanda de contrapartes no alineadas pero confiables.
El realismo necesario…
La muerte de Jameneí no es solo el epitafio de un régimen. No. Es el epitafio de una ilusión: la de que existe un “mundo multipolar” donde potencias como China y Rusia ejercen de dique solidario frente a Occidente. Lo que Irán ha demostrado es que, cuando las bombas caen, cada cual vela por sus intereses y los compromisos se disuelven como azúcar en té.
Para Colombia, la lección es doble. Por un lado, el imperativo de diversificación inteligente que no ponga todos los huevos en la canasta de alianzas retóricas sin respaldo real. Por otro, la urgencia de aprovechar las oportunidades concretas que esta reconfiguración ofrece en el campo minero-energético.
Porque mientras Irán quema sus naves en el Estrecho de Ormuz y China cuenta sus yuanes en la distancia, Colombia tiene la posibilidad de construir las suyas propias. Con los pies en la tierra, los ojos abiertos y la convicción de que, en geopolítica, la única multipolaridad que vale es la que se demuestra con hechos, no con discursos.
¿Coincide usted, estimado lector? ¿O cree que, pese a todo, el eje CRINK puede aún consolidarse en un bloque con verdadera capacidad de respuesta? La historia, como siempre, se escribe con sangre, oro, energía y petróleo.














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