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Hace un tiempo, cuando me gradué del doctorado —ese rito moderno de paso que promete certezas, pero deja, paradójicamente, más preguntas que respuestas—, un amigo, o mejor, mi mejor amigo, Andrés, me regaló un libro: El hombre duplicado (2019), de José Saramago. No fue un obsequio cualquiera. Andrés sabía —porque los amigos verdaderos lo saben sin necesidad de explicaciones— que Saramago es uno de mis escritores predilectos. Ese día insistió, casi con una certeza inquietante, en que debía leerlo. “Te va a gustar”, me dijo. No lo dijo como quien recomienda una novela más, sino como quien entrega una advertencia disfrazada de regalo.
Yo agradecí el gesto, prometí leerlo pronto y lo dejé, como solemos hacer con tantas cosas importantes, en esa repisa invisible llamada pendientes. Pasaron los meses. Y cada vez que me encontraba con Andrés, volvía la pregunta, insistente, casi acusadora:
—¿Ya lo leíste?
Con una mezcla de vergüenza y evasión respondía que no, que aún no, que pronto. Siempre pronto. Hasta que esta semana, finalmente, lo leí. Y entonces entendí por qué la insistencia. Algunos libros llegan cuando deben llegar, no cuando uno los compra ni cuando los recibe, sino cuando está dispuesto —o vulnerable— para leerlos.
Mientras avanzaba por la historia, algo empezó a desacomodarse. Al comienzo me pregunté qué había visto Andrés en ese libro para pensar que me interpelaría. No soy de exhibir mis gustos literarios ni de ofrecer pistas tan evidentes sobre mis obsesiones intelectuales. Sin embargo, página tras página, la sospecha fue tomando forma. Luego apareció el protagonista: un profesor de Historia, solitario, metódico, aparentemente común. No pude evitar pensar que ahí estaba una de las claves. Tal vez Andrés pensó que me reconocería en él. Tal vez acertó más de lo que imaginaba.

Saramago, como suele hacerlo, no cuenta una historia para entretener; cuenta una historia para incomodar. El hombre duplicado no avanza a través de grandes giros narrativos, sino mediante una tensión lenta, casi claustrofóbica, que va acechando al lector. Sin revelar la trama —porque hay libros que merecen ser descubiertos sin interferencias—, la novela conduce a un cuestionamiento profundo sobre la identidad. ¿Somos realmente únicos? ¿O somos, en buena medida, el resultado de nuestros miedos, nuestros egos, nuestros narcisismos cuidadosamente maquillados?
La pregunta no es inocente. Vivimos aferrados a la idea de singularidad como si en ella residiera nuestra dignidad. Decimos: nadie es como yo, nadie piensa como yo, nadie ha vivido lo que yo. Defendemos esa supuesta esencia irrepetible con una vehemencia que roza el desespero. La novela pone el dedo en una herida incómoda: el rechazo casi visceral a aceptar que alguien pueda parecérsenos. O, peor aún, que nosotros podamos parecernos demasiado a alguien más.
¿Por qué nos resulta tan perturbador? Porque no queremos compartir nuestros rasgos —ni los físicos, ni los psicológicos, ni los morales, ni los intelectuales— con nadie. Creemos que ahí reside nuestro valor, nuestra diferencia, nuestra razón de ser. Sin embargo, como he conversado tantas veces con estudiantes en el aula, la identidad no es una pieza pura ni aislada: está atravesada por condicionamientos biológicos, históricos y socioculturales. Somos, en gran medida, lo que otros han hecho de nosotros: la familia, la escuela, la universidad, las instituciones políticas, el entorno, los discursos, los afectos. Incluso —y esto incomoda aún más— somos, a veces, aquello que otros quisieron que fuéramos.
Saramago nos obliga a mirar de frente una verdad que preferimos esquivar: nuestros egos y nuestras interpretaciones del mundo no son tan originales como creemos. Se parecen demasiado a las de otros. Pensamos con palabras heredadas, sentimos con emociones aprendidas, reaccionamos según guiones sociales que rara vez cuestionamos. Y en ese parecido emerge la duplicidad. Alguien se nos asemeja. O nosotros nos asemejamos a alguien. Entonces la individualidad se desdibuja, el pedestal se tambalea y el espejo devuelve una imagen que no siempre queremos reconocer.
El doble, en esta novela, no es solo una figura narrativa; es una metáfora brutal de la modernidad. En un mundo de copias, rutinas, instituciones que normalizan y clasifican, la singularidad se vuelve frágil. El hombre duplicado nos enfrenta al miedo más profundo del sujeto contemporáneo: no ser imprescindible, no ser único, ser reemplazable. Y esa posibilidad no genera solidaridad, sino angustia, competencia, violencia simbólica. El otro deja de ser semejante y se convierte en amenaza.
Por eso este libro desarma los egos con los que crecemos y sobrevivimos. Nos confronta con esa costumbre de mirar el mundo desde arriba, creyéndonos únicos o superiores —por dinero, por títulos, por razón, por nación, por saber—. La novela nos arranca de ese lugar cómodo y nos devuelve a una condición más honesta: la de sujetos situados, condicionados, atravesados por fuerzas que no controlamos del todo. No somos dioses de nosotros mismos; somos, más bien, el resultado precario de múltiples determinaciones.
Hoy entiendo que el regalo de Andrés fue algo más que un libro. Fue una interpelación silenciosa, de esas que no se anuncian ni se explican, pero que llegan cargadas de sentido. No hubo advertencias explícitas ni discursos previos; solo un objeto aparentemente inocente que, al abrirse, se convirtió en una pregunta incómoda. Un gesto que me obligó a mirarme al espejo sin filtros ni excusas, sin la posibilidad de refugiarme en los relatos complacientes que solemos construir sobre nosotros mismos. Leer a Saramago, fue aceptar una confrontación: la de descubrir que la identidad no es un territorio firme, sino un campo de tensiones, fisuras y contradicciones.
Ese espejo no devolvía únicamente mi rostro, ni siquiera mis ideas más reconocibles. Reflejaba también todo aquello que había contribuido a darles forma y que, sin embargo, suelo olvidar cuando hablo de mí en primera persona. Me vi atravesado por la familia que me nombró antes de que pudiera nombrarme, por el colegio que disciplinó mis gestos y mis palabras, por la universidad que legitimó ciertas formas de pensar y despreció otras. Me vi, también, como el resultado de los libros leídos —no solo los que recuerdo con orgullo, sino los que se filtraron silenciosamente en mi manera de comprender el mundo—, de la música que acompañó mis derrotas y mis entusiasmos, de las personas amadas que me enseñaron a mirar y de las personas odiadas que me enseñaron a defenderme.
En ese reflejo aparecieron, además, los miedos heredados: aquellos que no elegí, pero que aprendí a sentir; los temores transmitidos como advertencias, como consejos bienintencionados, como silencios familiares. Y junto a ellos, las expectativas ajenas, siempre presentes, siempre pesadas: ser de determinada manera, alcanzar ciertos logros, cumplir con modelos de éxito que rara vez nos preguntamos si realmente deseamos. Comprendí entonces que mucho de lo que creo propio no me pertenece del todo, que mi individualidad es menos un punto de partida que un resultado provisional, una construcción siempre inacabada.
El libro, sin proponérselo explícitamente, me llevó a aceptar que la identidad no se posee: se negocia constantemente entre lo que otros han depositado en nosotros y lo que, con mayor o menor lucidez, logramos transformar. Esa fue, quizás, la mayor lección del regalo de Andrés: recordarme que mirarse al espejo no es buscar confirmaciones, sino atreverse a reconocer las huellas de los otros en uno mismo. Y que solo desde ese reconocimiento —incómodo, a veces doloroso— es posible pensar de manera honesta nuestra identidad.
Referencia bibliográfica
Saramago, J. (2019). El hombre duplicado. Penguin Random House.












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