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Cuando nos enfrentamos a procesos de cambio, en especial si estos implican grandes transformaciones, son muy diversas las reacciones que se suscitan. Muchos perciben el cambio como algo transgresor que afecta la estabilidad de las organizaciones, las realidades sociales o las condiciones culturales, así que su oposición se debe a que al poner en riesgo el statu quo pueden generarse efectos indeseables. Otros le temen al cambio porque sus cerebros son incapaces de navegar en la incertidumbre y esto los hace resistir la innovación, en especial si esta es disruptiva, por el miedo a las consecuencias que traen las grandes transformaciones. Algunos observan el cambio como algo que hace parte de los procesos sociales, pero cuya adaptación requiere un gran esfuerzo y no creen que valga la pena asumir las nuevas demandas que este implica, así que se pueden mantener al margen o al menos esperan que las transformaciones no los afecten de forma sustancial. En otro extremo, se encuentran quienes identifican el cambio como algo inexorable que se relaciona con las mutaciones de un universo definido por la irreversibilidad de la entropía y, por consiguiente, es poco lo que se puede hacer en contra de un orden caótico de las cosas y por consiguiente asumen posiciones anárquicas (existe una revolución en cada transición). Pero hay otros, entre los cuales me inscribo, que consideramos el cambio como el resultado de un proceso evolutivo que no solo está determinado por las leyes de la física, sino también por los procesos biológicos y sociales que han conducido a la aparición de seres racionales y, por tanto, el cambio debe ser asumido como algo propio de nuestra naturaleza. Esta última visión del cambio puede ser usada como un modelo para que, mediante transiciones reguladas, demos respuesta a los desafíos ambientales, sociales, económicos y culturales que nos impone un mundo cada vez más complejo.
¿Por qué es urgente abordar el tema del cambio en la actual situación de la Universidad de Antioquia?
Se puede afirmar que la transformación de la universidad está en la raíz de los conflictos que afectan no solo a la Universidad de Antioquia, sino a todas las instituciones de educación superior en el mundo. Permanentemente estamos sometidos a situaciones impredecibles como consecuencia de un contexto cambiante y en muchas ocasiones desfavorable. Esto produce tensión a nuestras instituciones y, por tanto, es necesario desarrollar estrategias no solo de adaptación a tales circunstancias, sino, sobre todo, respuestas anticipatorias a potenciales condiciones futuras.
Aunque la universidad ha sido una institución esencialmente conservadora, resistente a los cambios, también es cierto que ha sufrido grandes transformaciones a lo largo de su existencia milenaria, no obstante, estas han sido el resultado de las presiones políticas, religiosas, económicas, científicas o sociales que la han obligado a adaptarse a las circunstancias del contexto. Sin embargo, puede verse como algo paradójico, la mayoría de las transformaciones sociales, científicas y tecnológicas que ha conquistado la humanidad en diferentes momentos del último milenio se han originado por individuos o comunidades formadas por las universidades o por nichos académicos que hacen parte de estas instituciones.
Podemos afirmar que Universidad de Antioquia vive un momento de tensión similar a esos que han sufrido muchas instituciones universitarias a lo largo de la historia, que además mantiene la riqueza intelectual y la capacidad de gestión propias de las universidades en todo el mundo. No debemos esperar a que las transformaciones necesarias para superar el trance actual nos sean impuestas por actores externos, de manera que la mejor alternativa debería ser cambiar nuestra universidad desde adentro. Por tanto, es clave mantener y promover nuestros propios nichos académicos, porque estos se convierten en los escenarios o contextos donde pueden surgir las mutaciones anticipatorias frente a las necesidades futuras de un entorno incierto.
Dicha respuesta frente al cambio no debe implicar una aceptación ciega a las demandas de ciertos actores que pueden exigir una alineación con una determinada posición política o ideológica o que, por otro lado, pretenden que la universidad se convierta en una institución eficiente para la formación de profesionales o técnicos como respuesta a las necesidades del sector productivo y del mercado. De igual manera, la Universidad de Antioquia no puede mantenerse amparada sobre tradiciones académicas y administrativas arcaicas, determinadas por una autonomía sin responsabilidad y que conducen a la oposición sin fundamento frente a procesos transformadores que pretenden construir una institución nueva. Por tanto, la tensión entre las demandas sociopolíticas, la eficiencia y las barreras internas genera conflictos que nuestra institución debe transitar mediante una gestión estratégica del cambio.
La evolución biológica ha tardado miles de millones de años para dar origen a seres vivos bastante peculiares a partir de un proceso de anticipación a los entornos cambiantes. Así que hoy podemos asumir una estrategia similar, en la que el análisis racional de las incertidumbres propias del futuro nos permita ir adaptando, modelando o moderando alternativas de cambio, frente a las condiciones cambiantes de nuestro entorno.
Abogar por una transformación institucional basada en una evolución racional que mantenga como fundamento la universidad como el referente político y cultural de una sociedad basada en principios democráticos, pero que al mismo tiempo tenga en cuenta los cambios tecnocientíficos y sus efectos sociales y económicos, debería ser el camino de tal gestión estratégica para una nueva institución. Es fundamental aceptar que se requiere una universidad diferente en muchos aspectos, pero también debemos velar por los principios que muchos consideramos deben mantenerse incólumes aun en los tiempos convulsos que el país y el planeta afrontan hoy.
Mediante tales procesos transformadores la Universidad no solo logrará su sostenibilidad financiera, sino que además mantendrá su relevancia social gracias a su misión de formar ciudadanos capaces de integrarse a la complejidad del siglo XXI, mediante la convergencia con la investigación y la transferencia del conocimiento a la sociedad. En este sentido, las universidades del futuro deben ser ecosistemas dinámicos que permitan que sus espacios sean laboratorios para integrar la sostenibilidad y los principios éticos que devienen del mundo digital en la cultura organizacional y, por tanto, asuman la transformación como una condición permanente y necesaria para el progreso de la humanidad.
En resumen, la gestión del cambio en las universidades requiere una síntesis entre la inspiración de una visión de largo plazo y la capacidad para gestionar procesos administrativos complejos, de manera que sea posible resolver la tensión entre la innovación disruptiva y la continuidad institucional. Por tanto, si mantenemos y adoptamos procesos de cambio orientados por una visión humanista, nuestra universidad asegurará que sus misiones académicas sigan siendo relevantes en una sociedad que exige nuevos procesos de formación ante la obsolescencia de las habilidades técnicas, pero al mismo tiempo mantendrá la capacidad para producir un conocimiento pertinente a las condiciones sociales y productivas de nuestro país. Esta es la urgencia del momento.












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