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“Es importante señalar que, desde una perspectiva política, distraer no es un accidente fortuito, sino una estrategia deliberada y calculada. En Colombia, el denominado “gobierno del cambio” ha elevado este tipo de arte a niveles preocupantes. Mientras el país se ve inmerso en problemas estructurales de evidente visibilidad, la narrativa oficial se empeña en construir una realidad paralela donde todo parece avanzar, donde las decisiones se justifican desde un punto de vista moral y donde las consecuencias carecen de existencia.”
Se ha convertido en una práctica habitual que cada error, ya sea uno o varios, sea abordado con un nuevo anuncio, una nueva polémica o una nueva narrativa que desvíe la atención pública. La gestión no se centra en la búsqueda de soluciones, sino en la distracción. Como resultado, el ciudadano se ve inmerso en una discrepancia entre la información que recibe y su propia experiencia vital. Sin embargo, la realidad, invariable en su curso, termina imponiéndose.
El levantamiento de órdenes de captura a cabecillas de estructuras criminales en el marco de procesos de paz regionales es un ejemplo de la complejidad del asunto. En principio, se trata de una medida destinada a facilitar el diálogo; sin embargo, en la práctica, constituye una muestra más de la conexidad del progresismo con los actores al margen de la ley. Esta señal, que aún genera ambigüedad en algunos, transmite un mensaje inequívoco a los antioqueños, que se puede resumir en intimidación, fortalecimiento de actores ilegales y materialización del odio y resentimiento de una apuesta política por esta región. La construcción de la paz no puede fundamentarse en el miedo ciudadano o en el debilitamiento del Estado de derecho.
La estrategia política de la izquierda ha demostrado ser sumamente arriesgada. En el departamento del Cauca, se ha observado un incremento en la agresividad de los grupos indígenas. En la región llanera, se ha registrado un fortalecimiento y revitalización de las guerrillas. Además, se ha permitido la expansión del narcotráfico y actualmente se está impulsando la liberación de los delincuentes de los centros penitenciarios. El inconveniente no radica únicamente en la decisión en sí, sino en el mensaje que transmite, el cual es que todo se justifica bajo el discurso de la negociación, incluso cuando las comunidades perciben que quedan desprotegidas. En el contexto de un proceso electoral en el que se decide la continuidad de un proyecto progresista, el debate público se centra en la intención, en lugar de en el impacto real.
Otro episodio que evidencia esta lógica es la tensión constante es el acaecido con el Banco de la República. Cuestionar su independencia o promover cambios en su estructura organizativa no es un asunto de menor importancia. Se trata, en esencia, de intervenir en uno de los pilares fundamentales que sustentan la estabilidad económica del país. Cuando las determinaciones de carácter económico comienzan a estar influenciadas por factores políticos en lugar de criterios técnicos, no se está poniendo en riesgo únicamente a una institución, sino que se está comprometiendo la credibilidad del sistema en su conjunto.
Y una vez que se ha perdido la confianza, es difícil recuperarla.
La narrativa económica del “gobierno del cambio” ha comenzado a establecer una serie de alusiones cuyo objetivo es mitigar las señales preocupantes que se vislumbran en el horizonte futuro. Una disminución temporal en el precio de la gasolina, como la experimentada en marzo, fue percibida como un alivio para el consumidor. Sin embargo, en el mes de abril se produjo un nuevo aumento como medida reactiva a un acto de irresponsabilidad del “economista” que dice ser su presidente. Sin una planificación a largo plazo, las consecuencias resultarán más onerosas. La situación presente suscita incertidumbre con respecto al futuro. La economía no se rige por anuncios, sino por la coherencia y la estabilidad.
Es preocupante constatar que estos no son sucesos aislados. Estos datos forman parte de un patrón que debe ser analizado con detenimiento. Se ha observado un patrón en el que cada “embarrada” se cubre con una nueva cortina de humo. La búsqueda de un culpable externo es una constante en la política nacional, ya sea señalando a gobiernos anteriores, a la oposición, a los empresarios o a los medios de comunicación. Todos menos quienes hoy detentan el poder de decisión. Gobernar conlleva la asunción de responsabilidades, no la distribución de culpas.
El problema fundamental radica en la desconexión entre el discurso y la realidad. Mientras que la narrativa progresista se centra en una visión épica de transformación, los ciudadanos experimentan inseguridad, incertidumbre económica y decisiones que parecen carecer de una planificación adecuada. No existe una congruencia entre las promesas y las acciones llevadas a cabo.
Esta estrategia de distracción, si bien puede resultar efectiva en un primer momento, conlleva el riesgo de perder su eficacia con el tiempo. Es importante comprender que las personas pueden ser tolerantes con los errores, pero no con la sensación de engaño constante. Es capaz de comprender resoluciones complejas, pero no admite la ausencia de claridad en el proceso decisorio. Es posible aceptar modificaciones, pero no la improvisación constante. Es importante entender que la realidad no puede ser modificada o distorsionada.
Colombia no necesita un relato. Requiere resultados. Resulta innecesario crear enemigos ficticios, siendo preciso implementar soluciones prácticas y viables. Es esencial evitar distracciones y enfocarse en el liderazgo. El “arte de la distracción” puede ser una estrategia para ganar tiempo, pero no necesariamente resuelve problemas de manera efectiva. En un país con tantas urgencias, el tiempo se convierte en un recurso escaso.
El interrogante no radica en la equivocación del gobierno, ya que es común que los gobiernos incurran en errores, sino en su disposición a reconocerlos y corregirlos. La respuesta hasta el momento es negativa. Y ese, más que cualquier error puntual, es el problema fundamental. Cuando el ejercicio del gobierno se convierte en la narración de hechos, el país experimenta un cese en su progreso. Cuando la política se manifiesta en una realidad paralela, los ciudadanos que viven en la realidad concreta son los que sufren las consecuencias.
La solución a este problema no radica en discursos vacuos, ni en la presencia constante en redes sociales, ni en la queja permanente. La solución reside en las manos de los ciudadanos. En las urnas. Por lo tanto, es esencial evitar la indiferencia. En este momento histórico, la abstención no puede ser considerada como una actitud neutral, sino que conlleva una implicación y una complicidad que debe ser debidamente evaluada. Es importante ejercer el derecho al voto, ya que cada sufragio ausente puede ser utilizado por otros intereses que no reflejan la voluntad de la mayoría. Colombia no puede seguir siendo un país donde la indignación se queda en conversaciones de café, pero no se traduce en decisiones electorales. En el contexto actual, ejercer el derecho al voto no se trata únicamente de una elección personal, sino que se convierte en una responsabilidad colectiva que incide en el futuro de la sociedad.
Lo que se avecina no es una elección trivial. Esta decisión implica un compromiso con una dirección estratégica específica. Según el escenario actual, con Iván Cepeda Castro liderando las encuestas y una derecha fragmentada entre Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, el país se enfrenta a tres posibles resultados claros: la continuidad de un proyecto de izquierda cada vez más radicalizado, un giro abrupto hacia una derecha de confrontación o una alternativa de centro-derecha que intente mediar entre extremos. La determinación que se tome en este momento será crucial para definir el rumbo del país, la solidez de sus instituciones y su trayectoria económica futura. La falta de determinación también implica una elección. En esta ocasión, mantenerse al margen podría acarrear consecuencias significativas.













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